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De la OTAN al TTIP (y 2) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.05.15 | | Mucha gente ya está con la mosca detrás de lo oreja. La mosca no se la destruyen ni los más afamados insecticidas de las multinacionales. La mosca universal, sin denominación de origen, se queda detrás de la oreja, porque es un lugar seguro por donde pasan los rumores y a donde no llegan los silencios. Ahí se queda, muy queda, a ver lo que pilla de novedad. Hace poco nos comentaba un campesino: “Yo lo que sé es que antes no había tantas plagas ni tanto bicho en las plantas. A mí me mosquea mucho que haya tantos avioncitos que se dedican a fumigar. Podrían ser de los que traen no solo insecticidas sino también de los que en sus pasadas lo mismo nos traen bichos para que estemos más entretenidos con las nuevas plagas”. | Hace años nos hicieron el chantaje de la OTAN. Una chica hispana, que había sufrido la dominación del Tío Sam, porque el Tío Sam se había hecho amigo de su dictadura, nos contaba que su gobierno no miraba por los intereses del pueblo, sino que estaba por agradar al Tío Sam y sus amistades, tan peligrosas para su propio pueblo. Hoy, visto lo visto y sin ser futurólogos, podemos constatar que mientras más gatos más ratones, es decir, mientras más defensas tenemos, más nos tenemos que defender. Nuestras defensas más que disuasorias son provocadoras o, al menos, más atractivas para estar en el punto de mira de aquellos a los que no se ha tratado bien ni con justicia. La OTAN no nos ha defendido hasta el presente de nuestros enemigos, pero nos ha honrado con su inteligente ofensiva hacia otros pueblos, como veíamos el sábado pasado, ya que somos unos simples mercenarios, o lo que es peor, unos mercenarios simples.
Ahora, sin abandonar la manida defensa de Europa que dice facilitarnos la OTAN, no se nos cambia el compromiso por otro más cívico y pacifista, sino que, siguiendo el rigor de una cruel economía de guerra, se nos quiere añadir un nuevo tratado, que, por cierto, lo están consensuando a nuestras espaldas los adalides de la transparencia.
Dicho tratado, el TTIP (Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión), más que un tratado o una asociación, es un trato de lo más vulgar, al menos para el vulgo. Veamos a qué nos puede sonar el que se desregule y se eliminen derechos sociales y laborales, ya que el imperio nos impondrá sus leyes que invalidarán las nuestras, las de cada Estado soberano de la vieja y sabia Europa. Intentarán privatizar servicios públicos, como salud, educación, transportes, para hacer negocios, en los que primará su ánimo de ganancias sobre la atención a las personas. Imperará la agricultura en manos de multinacionales, que hoy esperan el asalto a Europa, y con la proliferación de cultivos transgénicos, que no solo no han quitado el hambre del mundo, sino que la han aumentado, reducen a monocultivos la diversidad de producción de los pueblos que podrían autoabastecerse, bajando los salarios y subiendo los precios de los productos autóctonos, además de cargarse la autonomía y soberanía alimentaria de cada lugar. Queda olvidada la negociación colectiva y no se atiende el derecho de asociación y organización de los trabajadores, porque se rebajarán los derechos laborales y sindicales, como ya sucede en EE.UU. No se ratifica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y se obvian los derechos conseguidos sobre el trabajo doméstico, permisos de maternidad, permiso de lactancia... También, si la Unión Europea firma el TTIP, el mundo rural y el medio ambiente sufrirán las consecuencias de las dentelladas del capital sobre las personas y sus medios de subsistencia. También se eliminaría el “salario mínimo”, cuando lo que habría que hacer es establecer el “salario máximo”.
Como muestra un botón. En estos días hemos sido testigos de una sentencia española que obligaba a una multinacional a readmitir a los trabajadores expulsados por un ERE. Pues bien, el TTIP se cura en salud y, con el subterfugio del “lucro cesante”, no porque la multinacional sufra pérdidas, sino porque no consiga los beneficios previstos, el Estado, encima de condenar al paro a sus trabajadores, le tendría que indemnizar a la empresa. Y el Estado somos tú y todos nosotros. Con “El Cabrero” cantamos: “Dejan lana en los alambres / los borregos cuando pasan. / Dejan lana en los alambres / y los hombres cuando cazan / dejan huellas imborrables / en los de su misma raza”. josemª |
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