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Un mundo feliz
“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin
de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos
que la componen”. Constitución Española de 1812, Artículo 13.
| | Eduardo Saez Maldonado. 26.04.15 | |  La Revolución Francesa fue un momento singular en la historia de nuestra civilización. Los valores que se afianzaron a partir de la misma, resumidos en el clásico “libertad, igualdad y fraternidad”, representaron la síntesis de nuestra antigua tradición moral judeocristiana (aunque por primera vez con fundamentos laicos) de la que tanto se había ido alejando la sociedad. La Constitución de Cádiz recogía este anhelo de libertad y justicia social que pronto sería atropellado por el absolutismo fanático tan tradicional en estas tierras hispanas. Sin embargo nos dejó interesantes reflexiones, como la del artículo 13 arriba reproducido, que las circunstancias y el devenir de la historia parece que vuelven a poner de actualidad dos siglos después. El despegue de la Revolución Industrial que aconteció a continuación, aceleró el desarrollo del sistema capitalista que, por su propia naturaleza, tendía a alejarse cada vez más de estos ideales. El comunismo, que fue el heredero natural de este pensamiento, no consiguió llevarlos a la práctica con éxito en ninguno de los lugares en los que se intentó, quizás porque no contemplaba que la naturaleza humana podía ser un impedimento serio. Y ha tenido que ser la crisis social, económica y ecológica de principios del siglo XXI la que vuelva a poner de actualidad el artículo 13 de “La Pepa” pero desde una nueva aproximación política. | El sistema capitalista se basa en la competición entre todos para ganar más dinero. No contempla sentimientos. La “competitividad” y “agresividad” se han convertido en valores determinantes en nuestro tiempo. Y esta actitud es, por definición, generadora de infelicidad. Porque para que haya un ganador, debe haber un perdedor. Y cuando el único objetivo es ganar, las reglas morales no cuentan. El liberalismo económico (no confundir con el liberalismo político y social surgido a raíz de la revolución francesa antes mencionado) lo deja todo en manos de la competencia, del mercado. Pero el mercado es cruel y no le importa machacar al competidor. Así funcionan las cosas. Es, quizá, la forma más natural de proceder: cada uno (cada grupo) pelea por sus intereses aunque ello suponga la eliminación del competidor. Cuantas menos reglas haya, mejor. La mano invisible de Adam Smith: darwinismo puro. Se nos inculca desde todos lados: lo importante es ganar, ser primero, el mejor, la excelencia. Las empresas tienen que ser las más competitivas, debemos trabajar más que nadie. Se oyen ocurrentes frases como “no me gusta perder ni al parchís” o “el segundo es el primero de los perdedores”. Pero claro, todos no somos Rafa Nadal, ni tenemos por qué tener un interés particularmente obsesivo en ser los mejores. Las personas normales somos eso, normales. No somos los mejores, ni los más guapos, ni los más listos. Pero tenemos derecho a ser felices. Y es que el ser humano ha desarrollado enormemente un aspecto singular del comportamiento de los mamíferos, y en particular de los primates (que, por otra parte, es lo que somos) relacionado con la empatía, con la compasión. Y estos “sentimientos” (parece que relacionados desde un punto de vista evolutivo con la necesidad de las hembras de los mamíferos de proteger a sus crías, aunque este es otro asunto), son los que nos han hecho desarrollar el sentido de justicia, nuestra moral judeocristiana de hace dos milenios, nuestra “libertad, igualdad y fraternidad” de hace dos siglos. Sin embargo, ahora, si alguien es una buena persona, si no está dispuesto a ganar a cualquier precio, lo normal es que lo tengamos por tonto. Sin embargo, hay cada vez más voces que se cuestionan ese objetivo de ganar caiga quien caiga, que no les gusta medir las sociedades por el dinero que se genera en ellas (PIB), y que nos recuerdan que, al final, a lo que aspiramos es a ser razonablemente felices. Pero el motor de nuestro sistema es el crecimiento ilimitado, lo más rápido posible hacia no sabemos dónde (ni queremos saberlo, porque la cosa no pinta bien) que es ya un fin en sí mismo. Y las reglas que el neoliberalismo económico imperante propone son las de siempre: sálvese quien pueda. Y la única manera de poner freno a esta carrera desquiciada, injusta y suicida es la autoregulación. Para ello hay que cambiar normas universalmente admitidas, lo que no es nada fácil. Hay que incentivar actividades económicas que generen bienestar: ganar más dinero a costa de lo que sea no puede ser el objetivo. Ya vemos a dónde nos está llevando: una vida de carreras, de estrés, para poder ganar el dinero que ni necesitamos ni tenemos tiempo para gastar. Sin embargo, una vez cubiertas las necesidades básicas, muchas personas estarían dispuestas a ganar menos a cambio de tener más tiempo libre. Tiempo libre para vivir. Y por otra parte, muchas otras personas estarían encantadas de poder dedicar algo de tiempo a trabajar para tener algo de dinero que les permitiera vivir, como los parados o, los habitantes del tercer mundo. Se nos ha olvidado que, como decía La Pepa, “el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Hemos perdido dos siglos. O dos milenios. Y claro, en la Constitución de 1978 ya no incluimos “tonterías” como el artículo 13 de La Pepa, que en la actual muy bien podría haber dicho “el fin de toda sociedad política no es otro que el crecimiento económico ilimitado”. Y es en estos momentos, en un mundo globalizado en crisis sistémica (económica, social, ecológica y hasta moral), cuando tenemos la oportunidad histórica de pararnos a pensar en sentar las bases de un nuevo orden social más justo, más solidario, más humano. Pero claro, no tenemos tiempo para pensar: los mercados nos pasarán por encima. Eduardo Sáez Maldonado |
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