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La parábola de los Alpes | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 04.04.15 | | Había una vez un aeroplano que había conseguido el poderoso título de avión comercial de pasajeros y que confiaba muy mucho en sus pilotos, en sus mecánicos, en sus azafatas, en su personal de carga, sus estibadores, encargados de operaciones de vuelo, en sus bomberos... Pero un día que todo estaba saliendo a las mil maravillas sucedió que, cuando ya el avión se había puesto sus mejores galas de piloto automático, el comandante tuvo que salir de la cabina para llegarse un momento al servicio. Toda la gente iba absorta mirando el paisaje nevado de los Alpes. Nadie sabía desde cuándo los aviones no llevaban un mecánico en la cabina del avión. La cosa fue que el copiloto se quedó completamente solo. No iba en la cabina ningún mecánico. Tampoco entro ningún auxiliar de vuelo en la cabina, cuando salió el comandante o piloto mayor. Entonces el avión se quedó desasistido de su cuidador principal y el trato inoportuno del copiloto, al perder altura de miras, le hizo perder altura. El avión se había quedado en manos de un humano, deshumanizado por cualquier trauma, que no supo superar su soledad y su sola responsabilidad. “No es bueno que el hombre esté solo”, se nos repite desde el principio del Génesis. El resto de la historia ya la sabemos. | Hoy, conociendo los hechos, que muchas veces vienen a remover las conciencias, todos buscamos las causas para aprender, pero más de uno las rastrea para ahuecar el ala y poder encontrar vientos favorables que lo aparten de la ciclogénesis de las responsabilidades. ¡Cuántas palabras también se lleva el viento! ¡Cuántos discursos y leyes de austeridad se llevan vidas, sin reparar si cuentan con pocos o muchos años, sin contar que contienen muchos o pocos sueños, entre otras cosas porque “no les constan” a los dueños del mundo! Lo que sí nos consta es que la gente del pueblo se ha prestado a ayudar, una vez más, a abrir sus casas pacíficamente, porque su poder repartido es más acogedor y eficaz que el poder único que se ceba con los desahucios. Nos consta que, cuando todos contribuyen y ayudan en lo que pueden, nos resulta más rentable que cuando unos pocos acaparan más de lo que deben. Otra vez el panorama se nos abre, pero, esta vez, para que también abramos los ojos. Todos vamos en el mismo carro, pero tenemos que estar atentos a las piedras que tenemos que evitar o incluso apartar del camino. Los pedruscos del camino, que tienen la sensibilidad de un marmolillo, pueden quedar de espectadores, pero no tienen autoridad moral para guiarnos a los demás. Todos vamos en el mismo barco o aeronave, pero no podemos dejar solo a un sistema polifémico, que sólo tiene un ojo, y que no es capaz de percibir el relieve de las personas y sus vidas, y mucho menos todo lo que lleva detrás a sus espaldas. La economía es algo más que un solo sistema económico, por muchos lacayos y asistentes de altos vuelos que, a todo trance, quieren servirnos demasiados platos fríos en el peor de los catering. Es un dolor que decimos sentir todos, porque nos salpican las lágrimas de los demás. Ahora, que precisamente, por desgracia, han salpicado desde el centro de Europa, ¿sería mucho insistir en que Europa no puede permitirse muchos sacrificios inútiles, que se vuelven como un bumerán sobre ella misma? La coartada de la austeridad europea no salva a Europa siempre ni por más tiempo. Ahorrar costes a toda costa, dejando al mando de la nave europea, que está en los aires, a un hombre solo, es fatal. Vemos cómo a pasos agigantados y silenciosos y también, ¿por qué no decirlo?, a altos vuelos y lejos de la vista de los ciudadanos, se ponen en marcha automatismos económicos que son incapaces de sostener las vidas de las gentes. Así, se nos aparece el copiloto, el Capitalismo puro y duro con su TTIP, en solitario, al mando de “la nave que nunca ha de tornar”, cuando el piloto, la ciudadanía, después de dejar su mandato-voto en la urna-cabina, se retira al servicio de su trabajo diario o de su hambre. El suicidio se lleva por delante al pasaje. El suicidio del TTIP se fragua a puerta cerrada, para que la ciudadanía no pueda ver lo que se está cociendo, porque es una verdadera pesadilla. No nos queda más que inspeccionar minuciosamente el terreno de internet buscando las cajas negras de la información de sabios y críticos, que nos vayan dando noticias de los despojos que ya está dejando y que nos dejará, si nos obligan a subir a la mal llamada “Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión”, TTIP, por sus siglas en inglés. Desolador, si no.
josemª |
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