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Tu diario. Libertad de expresion

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Nuestras vidas son los ríos
Que van a dar en la mar
Que es el morir*
Eduardo Saez Maldonado. 08.03.15 
En muchas ocasiones, lamentablemente, a estas alturas de la historia ya no estamos en condiciones de dejar que la evolución de los acontecimientos relacionados con temas ambientales siga su cauce natural. Nuestra civilización ha alterado de tal modo el entorno que estamos obligados a intervenir frecuentemente para corregir anomalías que nosotros mismos, con nuestra actuación irreflexiva (o ignorante) hemos provocado. El reciente desbordamiento del Ebro es un ejemplo claro, pero ni mucho menos el único. Pero a estas alturas, deberíamos procurar que las medidas a tomar no fueran agresivas y drásticas actuaciones que nos meten, cada vez más, en una dinámica de huida hacia adelante que nos aboca al desastre. Veamos.
Dicen los afectados por la riada que hay que dragar el Ebro para evitarlas en el futuro. Dragar un río no es como tomar café. El cauce del Ebro tiene casi 1.000 km de longitud , y aunque se dragaran sólo algunas partes (¿algunos cientos de kilómetros?) habría que hacerlo todos los años porque la acumulación de sedimentos es permanente. Independientemente de consideraciones ambientales, el coste económico sería difícilmemente abordable. 
Hay quien defiende, con buen criterio en mi opinión, que hay que tomar las medidas que sean necesarias para proteger los pueblos que están en zonas inundables, pero las áreas cultivadas, habría que permitir que se inundaran cada vez que haya un pico extraordinario de caudal (una riada, vaya) eliminando sus protecciones, liberando al río de sus fronteras artificiales y disminuyendo así la virulencia de la inundación en las zonas habitadas, que son las que verdaderamente hay que proteger. Deberían contemplarse, claro, indemnizaciones para los campesinos que perdieran sus cosechas que, por otra parte, ya tendrían abonados sus campos para el año siguiente (algo de esto sabían los antiguos egipcios). Como se indemniza a los pescadores que tienen que parar de vez en cuando su actividad para no esquilmar (demasiado) los caladeros. En ningún caso luchar contra el río dragando y dragando lo que el río va cegando y cegando. Porque además, ante una avenida excepcional como esta, y a la vista de la enorme superficie anegada, dudo mucho que un dragado previo hubiera evitado el desastre. Nadie repara en las consecuencias de la deforestación de las cabeceras de los afluentes o de los bosques de ribera. Qué tendrá que ver. Y conviene recordar, además, que los científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático llevan ya muchos años diciendo que una de las consecuencias del calentamiento global será que los grandes episodios de fenómenos climáticos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos. Pero nadie repara en esto, claro. Lo importante es buscar una solución rápida, lo más agresiva y expeditiva posible y obviar las causas últimas.
Con los bosques pasa algo parecido. Se dice que hay que “limpiar” el bosque para evitar los incendios del verano (como que hay que “limpiar” los ríos para evitar las avenidas). El concepto de “limpiar” requiere que algo esté sucio, pero en la naturaleza, la suciedad no existe. Con esta excusa, se arrasa el sotobosque sin contemplaciones pues creemos, en nuestra simpleza, que un bosque es sólo un grupo de árboles. Pero al eliminar la vegetación herbácea y arbustiva, eliminamos la mayor parte de la vida del bosque.
Cierto es que la actividad humana no siempre es cuidadosa. Por eso es conveniente eliminar el sotobosque en los márgenes de los caminos forestales para evitar que alguna colilla arrojada por un irresponsable pueda provocar un incendio, pero nada más; las grandes masas forestales (las no dedicadas a explotación económica, al menos) deben ser gestionadas adecuadamente de manera que recuperen su biodiversidad y los bosques vuelvan a serlo minimizando así los daños de los eventuales incendios.
Y es que las soluciones, ni con los ríos ni con los bosques, ni con las minas ni con la pesca, consisten en perseverar en los errores y luchar contra la naturaleza sino, por el contrario, tratar de convivir con nuestro entorno de la manera menos agresiva posible. Esto supondría un cambio importante en nuestra concepción del desarrollo: pasar del desarrollo arrollador y destructivo tradicional al desarrollo sostenible (que se queda siempre en palabras). Pero más pronto o más tarde, este asunto deberá tener que ser tomado en serio.
Y no me resisto a poner un ejemplo local muy de actualidad e ilustrativo. El Guadalhorce, en su modestia, suele desbordarse periódicamente causando grandes destrozos, sobre todo en su desembocadura, donde se urbanizó irresponsablemente (Urbanización Guadalmar). Años después, hubo que acometer la gran obra de encauzamiento del tramo final del río para proteger a una urbanización que nunca debió autorizarse. Ahora, el Alcalde de Alhaurín, pretende hormigonar todo lo que queda de zona inundable en su término municipal para seguir con la desenfrenada carrera del ladrillo (y con la salvaje explotación minera de la sierra, por cierto). Los cultivos, que aprovechan una rica vega para producir alimentos, se verán sepultados por la riada de cemento, y nos iremos hundiendo cada vez más en nuestro sinsentido (“los patos que se vayan a Doñana”). Y una vez que esté todo construido, las comisiones repartidas (las legales y las otras) y los miles de millones de puestos de trabajo creados, lloverá torrencialmente cualquier otoño de estos (como siempre) y se inundará la flamante Ciudad Aeroportuaria. Entonces, las autoridades “competentes” visitarán el lugar de los hechos desde el helicóptero, evaluarán los daños y, con expresión seria y tajante, afirmarán que se tomarán todas las medidas necesarias, y el río será dragado, encauzado (y hasta sancionado si es necesario) para que no vuelva a desmandarse. Hasta ahí podíamos llegar. Para entonces los patos estarán ya en Doñana, los grandes propietarios de los terrenos recalificados viviendo de las rentas del pelotazo, los campesinos en el paro y los supermercados importando los limones de Chile.
 
*De “Coplas por la muerte de su padre” (Jorge Manrique)
 
Eduardo Sáez Maldonado

 
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