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Tertulianos y Parlamentarios (y 2) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 08.03.15 | | Ya que somos mayorcitos, hemos podido recordar sin rubor que no deberíamos llamar cicatriz a una herida o llaga recién abierta. Sin embargo, como una “ekivocación” la tiene cualquiera, somos condescendientes con los periodistas y con los parlamentarios. No hemos querido dejar en mal lugar a los parlamentarios y por eso le hemos concedido, en el titular, la primera letra en mayúscula, aunque no le tocaba después de una conjunción coordinante, de las que tanto estamos necesitados. Sabemos que no todos los tertulianos y parlamentarios son discordantes ni todos nos hacen presenciar el espectáculo de la discordia, pero en algunos momentos se nos antoja querer presenciar un talante, que, aunque no pueda ser conciliador, al menos no nos ponga enfermos y nos provoque más malestar que el que por la naturaleza de cada uno estamos propensos a soportar. | Siempre hemos sido comprensivos con los parlamentarios, en jefe, sobre todo, que han demostrado tanta valía en ser obedientes (incluso hasta la muerte por suicidio de tanta gente), que eran unos bienmandados, obedientes en extremo, que parecen representar a la angelical diosa teutona Fortuna más que al pueblo que les concedió la venia de su representación. Podemos hacer una disgresión etimológica, ya que “teu” significa algo así como “hincharse”, mientras que el pueblo de Hispania se comporta como “escuálida legión” ante un futuro siempre por construir, pero no a bocados, ya sean económicos, sociales o éticos. Ahora, ya queda atrás aquella prisa, al comienzo de legislatura, por hacer leyes como rosquillas, sin salpicarse, y con tanta prisa, que dijimos que parecía que iban a convocar elecciones anticipadas. Como, a estas alturas, el daño ya está hecho, ahora nos ocupamos de la factura de los discursos, porque las otras, muchas están pagadas ya y otras no nos las va a perdonar ni la diosa Fortuna. Como se puede ver, hemos dicho algo para hacer boca, pero como “el que tiene boca se equivoca”, queremos decir las cosas con cuidado, porque si no, vamos a quedar peor parados que algunos parlamentarios. La obediencia, algunas veces, no sólo tiene sus servidumbres, sino también, sus peligros. Eso les puede pasar a muchos, que obedientes a la consigna de que “el que obedece no se equivoca”, se dejan llevar por el principio de “la obediencia debida”. Este tipo de obediencia toma cartas de naturaleza en algunos y parece ser que no puede sufrir ninguna mutación que nos haga más amable o, al menos, más favorable el adusto gesto del jefe. Muchas veces los jefes mandan obedeciendo y no son capaces de comprender que se pueden hacer muchas cosas sin tener que obedecer y menos ciegamente. Además, si los otros días hablábamos de la ósmosis que se produce entre los peores modelos de tertulias televisivas y el mismísimo parlamento, hoy, por lo ya conocido, podemos aun pensar que los poros por los que se cuelan las faltas de educación y respeto están constituidos por la turba de los asesores, que preparan a su entender los textos a algunos diputados, incluidos los jefes. En una escuela infantil no nos extraña que un niño, al que se le llama la atención por algo, nos diga: “me lo ha dicho ése”. Lo que no comprendemos es que el “señor del que usted nos habla” no entienda ni su propia letra, lo que nos desvela cómo es la caligrafía de un asesor, según nos hacía notar una amiga grafóloga. La puesta en escena se completa cuando el actor, que no autor, se considera, para más “inri”, el dueño del teatro parlamentario, al que considera su cortijo. Así se defenestra a otro parlamentario, al que se le imposibilita la vuelta al cortijo. Aquí descubrimos que el lenguaje soez y cortijero se les cuela a los parlamentarios por los poros que están constituidos por el cuerpo especial de los asesores, que, por supuesto,también cuentan con la “obediencia debida” de los parlamentarios. ¡Qué cara de satisfacción presentaba algún jefe, después de haber largado lo que largó, con la conciencia del “deber cumplido”! Mas a nosotros no nos gustan las conjunciones tan subordinantes. Hoy, volvemos a decir que “el país del que usted nos habla” está para ponerle un marco.
josemª |
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