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Tertulianos y parlamentarios (1) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 28.02.15 | | Cuando éramos pequeños, siempre escuchábamos que algún niño le decía a otro aquello de “eso no me lo dices en la calle”. Poco a poco, este mantra tan educativo se fue extendiendo y ya nos daba la patente de corso para desarrollar una cierta autoestima que cuatro paredes eran incapaces de aguantar. Podemos empezar por lo más usual, ya que a diario se nos presentan los modelos de coloquios y tertulias que hacen furor en la audiencia. Ya dijimos, hace tiempo, que había que tener cuidado con las televisiones, porque, además de plantarnos muchas veces no lo más granado de la palabra hablada, nos deja desarmado con las imágenes contradictorias que chafan la intervención de algún que otro tertuliano, que está en el uso de la palabra, enfocando las caras agrias, o al menos displicentes, de los que parecen escuchar. Sin embargo, a esta impronta se añade una condescendencia más y es que se permite a algunos tertulianos que machaquen las intervenciones de los demás con preguntas constantes, repeticiones y mantras de toda calaña. Claro que queda patente que “eso no me lo dices en la calle” no tiene lugar, porque al salir de la tertulia (suponemos) los que no han podido hablar, porque apenas los han dejado explicarse, se salen con ganas de respirar aire fresco y se largan y se ahorran hasta el verle la cara a los acaparadores del tiempo de los demás..
| Pues sí, y es que resulta que hay tertulianos que se merecen que le digan en el mismísimo plató: “Haz el favor de no repetir más las cosas, porque estás mayor y todos, incluido tú, nos merecemos tu jubilación”. También sería saludable decirle: “No 'interrumpas' tanto, que pareces denotar una añeja actitud y una trasnochada costumbre, que impedía que otra persona pudiera dar a luz, si no a una criatura, sí, al menos, alguna que otra idea”. Incluso, llegado el caso podríamos decirle, con la buena educación que nos caracteriza a más de uno: “Querido colega, interrumpes tanto que no nos escuchas a los demás, que aparte de escuchar hemos venido a ver si teníamos la oportunidad de decir algo en nuestro turno de palabra”. Todavía se podría aprovechar para decirle al locuaz tertuliano que ponga su lengua al amparo del cielo, pero de su boca. Por último, cuando, como es costumbre, algún tertuliano no sólo no deja hablar a los demás ni deja de repetir muchas veces lo mismo que todo el mundo ya sabe desde el primer momento, hay que decirle, como tertulianos que somos todos: “Perdona, por favor, que los dioses nos sean favorables, pero hemos constatado que, además de interrumpir y no escuchar a los demás, repites tanto las cosas que nos das la impresión de que no te escuchas ni a ti mismo”. Hace más de veinte años, un compañero, que acababa de aterrizar en un nuevo destino, nos contó que, después de algún tiempo, otro colega le preguntó que qué le parecía el pueblo, después de tener contacto con los alumnos y las gentes. Nos contó que se le escapó sin querer, que le parecía un pueblo en el que se cotilleaba mucho y se dialogaba poco. Entre risas y bromas se le quitó hierro al asunto, pues los decires decires son. No obstante, con el paso del tiempo, este compañero nos ha aclarado y consolado de su atrevido y espontáneo parecer con aquella definición, pues el tiempo cura todo lo que puede, si le dejamos una oportunidad. Hace poco, al recordarnos aquella vieja anécdota de su parecer, nos ha aclarado que no tenemos por qué preocuparnos, porque hoy en día toda España es un solar (solar de la Institución Libre de Enseñanza, solar en el doble sentido: solar en donde se construyó la Institución y solar por lo que algunos se permitieron dejar de ella después). “Sí, compañeros, España hoy día es un solar en el que se cotillea mucho y se dialoga poco”, nos ha asegurado. Por lo visto, con la ayuda de nuestro compañero, hemos podido acercarnos a la realidad o acercarnos la realidad de muchos medios de comunicación a nuestros “ausentes ojos”. El solar patrio ha sido domesticado en escuchar como el que oye llover y también en dar más importancia a las encendidas atmósferas de rayos y truenos de las trifulcas, que con tanta asiduidad nos sirven. Esta displicente manera de “hablar” y de “escuchar” que está asentando cátedra, un día sí y otro también, nos va a poner a la cabeza de los modos y maneras que van pululando por el orbe. De ahí, que no nos extrañe esa ósmosis ciudadana, que no de ciudadanía, que traspasa la tenue membrana del buen decir y que contagia, endémicamente, incluso a nuestro ínclito parlamento, por aquello de que la “cámara” no sabe comportarse ya como una elegante cutícula que lo proteja de la sequedad ética del ambiente y lo deja penosamente a la intemperie. Como ya dijimos, hace tiempo, que el parlamentarismo se había convertido en lecturismo, ahora podemos contemplar, con toda la redundancia, no sólo psicológica, sino física también, cómo más de uno de nuestros padres de la patria pierde los papeles. (Continuará).
josemª |
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