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Tu diario. Libertad de expresion

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Devaluaciones varias
Jose Maria Barrionuevo Gil. 28.01.15 
Nuestra capacidad de sorpresa no tiene límites. Por ello la economía no nos deja de invitar constantemente a su banquete de despropósitos, que un día sí y otro también nos depara una dieta adecuada de sobresaltos. Dentro de la marabunta de noticias, las noticias económicas nos alimentan constantemente para que nuestra hambre capitalista no se quede virtualmente en ayunas.
En estos días hemos asistido a la puesta de largo de la devaluación del euro. En un malabarismo que nos recuerda el “deus ex machina” (“apò mèchanés theós”, en honor a los griegos)   nos han vendido la moto de las excelencias de la devaluación como generadora de crecimiento, de empleo, de la felicidad perpetua.
Antes de la crisis, cuando se veía venir  el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que se había inflado a toda velocidad y sin control, nosotros, que no somos economistas de alto standing, decíamos que la burbuja se podía ralentizar siendo parsimoniosos en la concesión de licencias para construir. Al principio de la crisis, nos permitíamos la libertad de opinar sobre la conveniencia de que el arreglo de los desvaríos capitalistas pasaba por la devaluación de la moneda, el sagrado y sangrante euro. Así, casi todos perderíamos algo, pero los pocos perderían mucho.

    Entretanto se nos preparó, desde Alemania, una ensalada de descrédito y de ruina con el tema de los “pepinos tóxicos”, para ir haciendo boca. El plato fuerte fue que había que darle un toque, de cierta gracia, a la intocable Constitución. Había que hacer una reforma laboral, que permitiera dejar a los asalariados a los pies de los caballos salvajes del capital. Se tenía que destruir al máximo el tejido laboral y social que tanto sudores había costado hilar. Había que precipitar el consumo hasta que el personal fuera perdiendo la costumbre de comer caliente alguna que otra vez al día. Nos vendieron la recuperación rápida, que no se creían ni ellos, y por eso no permitieron una demora de un par de años, según su discurso profético y no según el nuestro, para todos los hipotecados. Con la reforma laboral llenaron aún más sus arcas, aumentaron sus beneficios, y premiaron con creces los servicios prestados por los administradores, que no tuvieron inconveniente en acceder a las puertas giratorias.
    Sin embargo, no quedó ahí nuestra maltrecha economía, sino que podíamos pensar que el dinero que salía de España, en vez de quedarse aquí a un módico interés de Letras del Tesoro o de otros engendros, daba la vuelta y en vez de ir a manos de las familias, de los autónomos y de pequeños empresarios  pasaba por las manos de los banqueros que aumentaban los intereses de los créditos y que se enriquecían sin despeinarse, como hemos podido ver en muchas fotografías.
    Tampoco tenía por qué quedar ahí la cosa (y no la nuestra, precisamente), sino que las ganancias se largaban del país, por el prurito de “la movilidad externa”, a los paraísos fiscales, donde han tenido tiempo, más que suficiente,  para  transformarse o convertirse, por alguna que otra información privilegiada, en otra moneda distinta del euro y salvarse ahora de la quema de la mismísima devaluación del euro.
     A la tasa Tobin o ITF (Impuesto que grava a las transacciones financieras) no la devalúan, porque no la dejan ni de funcionar, para que no pasen hambre o carencia de dinero,  no contribuyendo a la riqueza de los recursos comunes de los españolitos de a pie, a los que le sacan hasta la cerilla de los oídos.
    La gente del pueblo se puede mosquear otra vez, ya que además de la engañosa reforma fiscal, de las subidas del IVA (podemos leer: “Iva y deriva”) que es un impuesto injusto, porque carga más pesadamente a las rentas más bajas, ahora encima la devaluación se ceba con los menos pudientes, que son los que pueden menos.
    Hace falta echarle mucha cara para vendernos las maravillas económicas de la devaluación del euro, porque si es verdad que reactiva la economía, es lo que tenían que haber hecho hace unos años. No hay falta de voluntad política, sino sobra de mala voluntad política.
    No nos queda más remedio que pensar que lo que se ha devaluado en todo este proceso es la ética, que ha quedado a la intemperie, escarchada como los campos, ahora, en invierno. La corrupción, por el contrario, florece en los invernaderos de la política y la economía, al amparo del aire acondicionado que pagamos entre todos.
    La palabra popular ha cambiado hasta su etimología: si pueblo viene del vocablo latino “populu(m)”, con acento en la  “o”, ahora podemos pensar que viene de  “populu(m)”, con acento en la primera “u”, que significa “álamo”, y, por ello, en el invierno económico que padecemos y sufrimos, también ha perdido las hojas, porque las palabras también se las lleva el viento. Y ya no sólo no da ni siquiera techo (ni de paja y hojarasca) a los desahuciados, sino que no nos da ni sombra.

josemª
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