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Humor y religión (Religión aparte XXXVII) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.01.15 | | Hace unos días, en "¿Qúe le duele a Europa?", ya dijimos algo sobre el humor y la libertad de expresión. Fue a propósito de las víctimas provocadas por el terrorismo, que al parecer no tiene mucho sentido del humor. Hay muchos terrorismos y no nos podemos permitir, a estas alturas de la civilización, ni uno más. El terrorismo parece estar sobre el bien y el mal y responde a una matriz mental que es hija de una promesa que viene rodando desde los primeros capítulos de la Biblia. Cuando la serpiente le aclara a Eva que “el día que comiereis de él (fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal) se os abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y el mal” (Génesis 3, 1), quedó grabado para muchos años, y hasta siglos, que los humanos eran los reyes de la creación. | Dentro del espectro de las actividades humanas, el humor casi siempre ha tenido una acogida preferente, porque a nadie le agradan las penas. El humor nos hace más llevadera esta vida con la que nos hemos encontrado. Sin embargo, y aquí vienen los peros, el humor es una fruta que no siempre resulta dulce. El paladar de los humanos no es unánime. Y es que el humor siempre se ha constituido anecdóticamente y no es, ni mucho menos una ciencia exacta ni universal. Es más, el humor, que surge a bote pronto, da más bandazos que una bola de billar. Ni todas las paremias clásicas ni todos los refranes, tan nuestros, siempre cargados de sabiduría y muchas veces llenos de humor, pueden constituir un cuerpo de doctrina, y precisamente, por haber sido fundados debido a anécdotas. El patriarcado, que ha insuflado tantas verdades absolutas, no puede adoptar al humor como si fuera su hijo predilecto que cuenta con un poder absoluto. Por ello el humor encierra un peligro y este peligro es convertirse en una nueva religión. La libertad de expresión es un tema recurrente, pero no es nada sin la libertad de pensamiento (José Luis Sampedro). Además, la mesa de billar a la que llamamos libertad de expresión no puede tener sólo dos bandas; es inconcebible; y por ello necesita más bandas. Si el humor se hace maniqueo y tiene, encima, la maldita costumbre de tomar partido, es difícil que todo el mundo pueda partirse de risa. Es que ya en el mismísimo 68, dijimos que "la imaginación al poder, no, porque también se corrompería". La imaginación y la creatividad y el humor no pueden ser un servidor cómodo para nadie que ostente poder ni para un poder fáctico, que al final es el que "se va de rositas". El humor tiene que ser respetado, pero también tiene que ser respetable y respetuoso. Tan patriarcal es reírse de todo como decir "de mí no se ríe nadie". La laicidad tampoco puede constituirse en una religión, sino que tiene que ser, como hija de la libertad que es, una buena compañera de viaje, que sabe congeniar y convivir. Todos sabemos que el cuarto poder también se puede corromper, sobre todo , ahora que las penurias también le afectan y que , por ello, puede dejar hipotecados sus espacios de libertad. Ahora que sabemos quién puede estar detrás de la llamada "primavera árabe" y que vemos a los más humildes en "caravanas de tristeza", huyendo, y que a la vez se respetan otras dictaduras, se hace humor con la religión. Parece ser que la religión del humor no soporta la competencia. El humor, como el capital, es el patriarca laico, que no renuncia a su patriarcado. Sabemos que amor y humor son consonantes y que el humor y el odio nos chirrían no sólo en nuestros oídos. Condenamos todo terrorismo. El humor que crea odios puede ser, de nuevo, como las clásicas y míticas serpientes, pero que esta vez nos devoren como a Laoconte y sus hijos. Ahora, ante esta ingente manifestación de gentes de todas las religiones, aunque algunos de los hombres religiosos no lo hayan hecho, nos acordamos de Jesús, que tampoco era Charlie, que por el famoso camino de la amargura, les dijo a las mujeres: "No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos".
josemª
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