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¿Qué le duele a Europa? | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 11.01.15 | |  Ya llevamos unos añitos en los que no nos llega la ropa al cuerpo en Europa. En 2005 los ciudadanos rechazaban la Constitución Europea y por eso los mandamases acordaron hacer una nueva Constitución, que para que no se notara mucho y para no arriesgar tanto como antes, la llamaban Tratado de Lisboa en 2007. Curiosamente se puso en vigor el 1 de diciembre del 2009, pero apenas la votó nadie. O sea, que de democracia ni la mitad de la mitad. En España salió un “Sí” respaldado por la cifra astronómica del 77%, pero eso sí, de una participación del 42%, o sea, con un asentimiento de poco más del 32%. Con este tratado se nos quería colar una Constitución nueva, pero que, igual que la anterior, sentía un gran respeto por el libre mercado, mucho más que por los ciudadanos y sus derechos. Así, se obviaban las demandas de servicios públicos, la igualdad hombre-mujer, la conservación del medio ambiente, la Europa social, la laicidad... | Europa está triste, no quiere salir de su postración ante los poderes económicos y ante una economía de guerra (José Luis Sampedro), condición “sine qua non”, por lo que le es difícil conseguir que sus ciudadanos puedan ofrecer alegrías y ofrecerse ante una risa contagiosa de educación. Parece que seguimos siendo tozudos en nuestro adusto gesto histórico y nos negamos a aprender de las lecciones que nos ofrece nuestra propia historia. El judeo-cristianismo-islamismo ha troquelado nuestras costumbres de pensar y de vivir y nos sentimos a gusto en la charca del olvido histórico. Hemos asumido el talante patriarcal de que somos los más listos. Nos creemos el mascarón de proa y que nunca se nos va a estar permitido el naufragio. Nos tratamos con demasiada seriedad y nos creemos con derecho a reírnos de todo. Se nos ha olvidado la democracia y lo que supone la autoridad del pueblo, que nos venía de Grecia. Se nos ha olvidado el politeísmo, con todas sus torpezas, pero que dejaban una vía de relatividad que resquebrajaba el pensamiento patriarcal. Se nos ha olvidado que en nuestra tierra la historia se ha mostrado entre nosotros más hostil que conciliadora. Y si no, que se lo pregunten al arcipreste don Juan Ruiz o a don Francisco de Quevedo. No queremos repasar mayores atrocidades. Seguimos necesitando en Europa un pensamiento laico, pero no patriarcal. Podemos recordar que cuando un padre le pegaba a su hijo y éste se ponía a llorar, el padre, con sorna y para evitar que la vecindad se enterara de que le había crujido los huesos a su propio hijo, le decía a voces: “¿Te has caído?”. Todo terrorismo es condenable. Nos merecemos un estado de derecho universal. Es verdad que Europa ha conseguido, dentro de lo que cabe, educar a sus religiones, pero no por ello deja de rendirles pleitesía, y así ha resultado la nueva Constitución, que no renuncia a la heredad religiosa. La “fraternidad”, que se enarboló desde la Revolución Francesa, ha extendido sus ramas y sus raíces por Europa y por el mundo, pero no ha dejado de considerar a muchos países, como parientes pobres, a los que puede explotar y tratar como “primos”, cuando no como esclavos. Hoy a Europa le duele Francia, pero no le duele que Francia y los demás países europeos, sean devorados por el patriarcado del capital, que nos trae a maltraer y que no les importa ni la vida ni la educación de sus hijos. Quizá el capital, una vez que haya hecho acopio de liquidez con la venta de seguridad, se olvide de sus hijos, asesinados en estos días, o a lo más, como ya hizo, en su tiempo, le dedique una tumba, que entonces sería de un español, porque en aquellas fechas no lo conocía nadie. Europa puede escoger libremente el trabajo de la educación y de la convivencia y mostrarse al mundo con un trabajo bien hecho, antes que someterse a la deriva de la pérdida de derechos de los suyos. Europa, con ser tan lista ha tardado bastantes siglos en llegar a este momento. Europa no puede exigir que la respeten, si no hace mucho iba con la cruz y la espada adonde nadie la había llamado. Tenemos, entre nosotros, mucho qué criticarnos y de qué reírnos, pero de los que por su idiosincrasia necesitan tiempo, como también nosotros lo hemos necesitado, y no poco, podemos pensar que no sería en vano el tiempo que le brindemos. Nos ha costado sudores la libertad de expresión, la emancipación de la mujer, el abandono de la gleba, el poner en marcha las débiles democracias que ostentamos, el derecho universal y la superación de la esclavitud, a la que podemos volver, si nos descuidamos.
Josemª
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