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Tu diario. Libertad de expresion

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Elegía a mi amigo Miguel Alarcón Suárez

Paco Acosta. 30.12.06 

Hoy he mantenido la última tertulia con un grande y querido amigo. En el silencio del recuerdo he hablado con él, como siempre, de flamenco, de poesía, de libros, de folklore, de historia...; para ser exactos ha sido él, como siempre, el que hablaba y yo, también como siempre, quien escuchaba atentamente para aprender de su inteligente conversación y seguir sus sabios consejos. De él he aprendido mucho y seguido muchos de sus consejos. Y con su desaparición he quedado, como tantos de los numerosos  amigos que lo trataron en vida, en un una dolorosa orfandad; porque la pérdida de un  amigo de verdad se siente como la del ser más querido.


Nombre de poeta tiene el rótulo de la calle por la que, desgraciadamente, tantas veces, en respetuoso y silencioso cortejo, hemos pasado para acompañar a su definitivo reposo algún inolvidado e inolvidable familiar, o al querido y añorado amigo en un último intento de prolongar su presencia entre nosotros antes de dejarlos solo en su infinita e irremediable soledad entre la encalada blancura de las paredes del cementerio; el nombre del poeta de la romántica y lírica tristeza señala la cuesta arriba que lleva a la última morada, cuesta flanqueada de altos y tupidos cipreses convertidos en rígidos y verdosos vigilantes custodiando la puerta de la eternidad, erguidos en el aire como dedos acusadores e implacables de fiscal que hicieran responsables a los cielos de las cicatrices que en su corteza dejan los ayes de dolor y suspiros de resignación de los deudos, que la suben en volandas de la infinita pena que los agobia.

Porque la muerte de un ser querido es siempre una pendiente tan difícil de remontar como lo fue aquella agónica subida del Calvario, pero sin la esperanzadora alegría de la resurrección, ya que a lado y lado del largo y penoso camino del recuerdo, grabados en nuestro corazón como en los troncos de esos tristes cipreses, van quedando nuestros suspiros de impotencia convertidos en dolorosas cicatrices que nunca dejan de sangrar.
 
Jamás se hace una subida
tan larga, penosa y dura,
que cuando das sepultura
a una parte de tu vida.
Parte tuya, tan querida,
que al dejar el Camposanto,
vencido por el quebranto
desciendes triste la cuesta
con la cara descompuesta
y surcada por el llanto.

Un último descanso antes del reposo definitivo; una última espera sin esperanza; un último adiós que se resiste a ser el último, en la silenciosa y helada soledad del Tanatorio, antesala del “Reino de Irás y no Volverás”. La velada transparencia de un cristal separa definitivamente el pasado y el presente: de un lado la muerte, insensible al dolor de la vida; de otro lado la vida sobreponiéndose al dolor de la muerte. El silencio, espeso de lágrimas y suspiros sólo es alterado por la palabras, apenas susurradas, de deudos y amigos reviviendo la vida del que ahora es muerte. Y con esa pena, tan atenuada por el tiempo que ya no nos produce llanto, recordamos otros parientes y otros amigos que también nos dejaron para siempre, olvidados inolvidables que ayer fueron nuestro presente y hoy son parte de un pasado cada vez más lejano. Indiferentes a nuestros sentimientos, las rígidas manecillas del reloj señalan, inevitablemente, el último paso a dar: devolver a la tierra un cuerpo que era tierra, para que esta lo guarde en sus entrañas. Después, la nada.

La muerte, aunque sabemos su empeño en acudir con odiosa puntualidad a la ineludible cita concertada con su elegido, siempre nos coge desprevenidos. Y hoy lo ha hecho inesperadamente, cuando preparábamos uno de esos entrañables encuentros entre amigos para disfrutar contigo de lo que tanto sabías y amabas: el cante, un cante que hoy se ha quebrado en nuestras gargantas. Descansa en paz, amigo mío.

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