|
Ciudadanía y humos | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 23.11.14 | | Todo el mundo sabe, desde hace bastante tiempo, que las ciudades tienen sus luces y sus sombras. Las ciudades no son desiertos, planos como la palma de la mano, en donde la luz se derrama hasta su plenitud desde que la aurora les concede sus dones. Las ciudades no son cuevas, oscuras, que devoran cualquier luz que se atreva a meterse más allá de sus bocas y que se alimentan de todo sombras. Las luces y las sombras no son monocultivos y no nos sirven para abastecernos todos ni para alimentarnos equilibradamente. Ayer mismo, sin permitirnos la nostalgia del “parece que fue ayer”, nos contó un amigo algo sorprendente para él y que le acababa de pasar. “Esta mañana, a eso de las doce y pico, cuando iba yo por una acera estrecha, un hombre, que estaba fumando apoyado en el muro de la citarilla, se desplazó hacia el bordillo de la acera. Cuando me di cuenta que se desplazaba, le dije: ‘Da igual, da igual’. Cuando pasé por su lado, me dijo: ‘Es para que no te lleves el humo, por si te molesta’. Espontáneamente me salió del alma: ‘pues entonces: ¡Muchísimas, muchísimas gracias!’. Y nos reímos los dos con muchísimas ganas”. | El sol, por lo visto y lo oído, siguió su curso por esta ciudad de luces y sombras y humos y sonrisas. “Qué gran día”, podemos decir, sin habernos gastado ni un duro ni el hombre ni nuestro amigo ni nosotros. Ahora, ante la escasez de los afectos, hay, sin embargo, buena gente que no renuncia a sembrar para que otros recojan, a concedernos frescos brotes verdes, a vivir con una ética desinteresada que no necesita tantas leyes. Ahora podemos ver que las luces se pueden expandir, precisamente cuando nos rodean las tinieblas de los insultos y de los malos humos, de los botafumeiros autopropulsados por los políticos, que ignoran, o no quieren saber, que “humus” también significa tierra y es la semilla de nuestra palabra “humildad”. La sencillez no tiene precio y por eso vale tanto. La sencillez no tiene precio y por eso a mucha gente les cuesta tanto. Cuando hablamos de los humos, nos acordamos de la palabra hipocresía que además de tener “h” es como la tinta del calamar que esconde al verdadero animal humano, que no queremos llamar persona, porque también nos lo esconde tras la máscara. Nos vemos obligados hoy día, por la costumbre, a llamarnos ciudadanos, porque la ciudad se ha constituido modélicamente, como lugar de encuentro y no de dispersión, como unidad de convivencia y no como punto de supervivencia. La verdadera ciudadanía sabe darnos lecciones de ciudadanía, sin discutir si mi ciudadanía es mejor que la tuya, si mis lecciones son las únicas posibles para transitar por las estrechas aceras de nuestro estrecho y pequeño mundo. La verdadera ciudadanía sabe respetar los límites y entender las limitaciones, sin coches oficiales, sin guardaespaldas, a pecho descubierto. La verdadera ciudadanía puede decir con Voltaire: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero pelearía para que usted pudiera decirlo”. Ese mismo talante tendría “el hombre del humo” con el que se cruzó nuestro amigo ayer: “Yo no puedo quitarme el humo de encima, pero procuro que no te contamine”. A nosotros, como a nuestro amigo, también nos ha llegado esa bocanada de aire puro que le brindó a él “el caballero del humo”. Eso es lo que nos quiso decir con la propiedad de su humo: la propiedad privada es la que procura no molestar a nadie y la propiedad pública es la que beneficia a todos. La acera era para compartirla, aunque él se quedara al borde de la calzada, como demostraba con ese excelente gesto. Entre tantos humos envenenados, a lo mejor no necesitamos deshollinadores; nos bastaría con que nadie molestase a nadie con sus humos. Por eso podemos ya pensar que, en medio de esta barbarie, más que de gestos, de aspavientos que nos rodean; en esta jungla de malos humos, que nos ahogan hasta los cívicos agradecimientos; en estas aceras, que no son de nadie y son de todos y que por eso nos las podemos administrar, puede brillar el buen humor, la simpatía, y, en una palabra, la ciudadanía: la ciudadanía del “ciudadano del humo”. Por él seguimos teniendo motivos para pensar, y hacerlo, por supuesto, cívicamente. Por su noble gesto, podemos ver con más claridad (no con transparencia, que ha sido en estos días, convertida en otra cortina de humo) que no está todo perdido.
Josemª
|
|
| | <-Volver |
|
|