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Relatos para la Navidad

Paco Acosta. 20.12.06 

Repasando las noticias de Alhaurín.com, con la preocupación de encontrarme con más de lo mismo, esto es, enfrentamientos y denuncias entre todos y contra todo, me ha sorprendido gratamente leer un título, “Recuerdos entrañables”, que da  pie a una pequeña y sencilla narración de una joven nieta sobre su anciana abuela. Esta narración, en su sencillez, rompe un poco la tensión acumulada a causa de tanto antagonismo entre gente que en otras circunstancias son excelentes personas. Como quiera que estamos a las puertas de la Navidad no sería malo que, como Isabel Cueto  González, autora de esta historia, nos decidiéramos a escribir algunos relatos, ya sean vivencias personales, ya cuentos propios de estas de fechas, por si con ello fuera posible reducir aunque sea ligeramente la patente tirantez entre muchos de los asiduos colaboradores de este medio digital y despertar entre nosotros aunque sea un pequeño asomo de sonrisa. Yo, siguiendo el ejemplo de esta joven escribo el mío. Seguro que alguien nos seguirá.                                               
                                                               EL GOLFILLO 


El libro de la Historia adorna sus páginas con los nombres, escritos con letras mayúsculas y doradas, de hombres y mujeres que se hicieron importantes o llegaron a ser famosos protagonizando hechos que quedaron para siempre impresos en los anales históricos; nombres gloriosos, conocidos y respetados mundialmente, y que son reivindicados orgullosamente por los pueblo que los vieron nacer. Pero hay otro segmento humano, humilde y anodino, cuyo protagonismo no pasó de los límites estrechos de una casa de vecinos o, a lo sumo, de la longitud, nunca excesiva, de una calle de barrio y cuyas historias, al ser relatadas, nunca se sabe qué tienen de verdadero y qué de imaginativo, quizá porque están compuestas, a partes iguales, de ambas cosas.
    Pepe, un pequeño golfillo y principal protagonista de estas conmovedoras historias fue un niño condenado, a causa de una prematura orfandad, a ser acogido, “por turno”, en casa de distintos familiares que, bien que mal, lo atendían según sus posibilidades, hasta que su maltrecha economía les obligaba a “prestarlo” a otro familiar, el cual lo recibía como una carga impuesta a su también precaria situación económica, pero obligado moralmente a aceptarla por un más o menos próximo parentesco con el chiquillo. Y es que a Pepe, como a tantos otros niños de la posguerra, le tocó vivir una situación demasiado prolongada y excesivamente dura, que le hizo crecer más aprisa que muchos otros niños de su edad, robándole la infancia y convirtiéndolo en adulto antes de tiempo para, perdida su condición de niño, enfrentarse a la vida y sufrir penalidades y cargas demasiado pesadas para la fragilidad de sus aún no bien formados huesos. Pero al igual que tantos grandes hombres escribieron su historia de heroicas hazañas, fabulosos viajes o revolucionarios inventos, llenando con tales gestas las páginas del gran libro, Pepe también escribió la suya aunque esta, por humilde, no fuera lo bastante importante para ser tenida en cuenta, ni tan siquiera recordada.
     A Pepe, durante su eventual estancia en casa de uno de aquellos familiares, y para contribuir de alguna manera a la exigua alimentación que recibía, lo hicieron vendedor; un vendedor callejero cuyo negocio era de lo más prosaico y artesanal. Cualquier negocio ambulante, por pequeño que sea, tiene al menos dos ruedas en las que reposar el peso de la mercancía, dos ruedas que no dejan de ser un alivio para quien tiene que patear las calles durante horas con la carga a cuestas. Pero la mercancía de Pepe, por mísera, era liviana y fácil de llevar: los pertrechos de su modesta industria se reducían a un pequeño cajón de madera mal labrada, recogida de algún embalaje desechado y torpemente fabricado por alguien con más voluntad que maña. Una guita, más negra por los diversos usos soportados que por su color de origen, partía de los laterales de la bandeja y, pasando por el delgado cuello de Pepe,  hacía que el cajón se mantuviera en un plano horizontal sobre el esquelético pecho de un niño que era ejemplo de la desoladora y colectiva miseria de los años cuarenta y pocos, que sufrió en sus  carnes con demasiada frecuencia el hambre urgente y despiadada que en aquellos aciagos años podía empujar a cualquiera a cometer delito por saciarla.
    A la sazón Pepe podía pasar por ser un chiquillo travieso, al que se le creería desaseado y con la ropa en mal estado debido a sus juegos y travesuras si la realidad no fuera otra: esa cruel realidad que lo había convertido a la fuerza en un pequeño gran hombre de siete años obligado a aportar, en forzada renuncia a sus juegos infantiles, una mezquina ayuda económica a un hogar en el que los  recursos  no eran precisamente abundantes. Y su desaliño no era sino la consecuencia de la profunda y desoladora falta de higiene de aquellos viejos y promiscuos corralones, hoy felizmente desaparecidos, donde se hacinaban numerosas familias y en los que Pepe pasó su bastante accidentada infancia.
    Hora es de decir que la mercancía de Pepe, de fabricación casera, consistía en medio kilo de almendras, compradas al fiado junto al escaso cuarterón  de aceite, apenas suficiente para freírlas, y que el chiquillo estaba obligado a vender con tiempo de pagarle al tendero para que éste les volviera a fiar la materia prima necesaria para la venta del día siguiente.
    Nos encontramos, pues, a Pepe, con el cajón colgado sobre el pecho, en cuyo fondo se  extendía el medio kilo de almendras parecidas a pequeñas y redondeadas virutas arrancadas por el escoplo del tallista a la amarilla  madera del roble, a las cuales  hubieran acabado de dar una capa de brillante y transparente barniz. Sobresaliendo del bolsillo de su tantas veces remendada camisa, los cucuruchos de arrugado papel de estraza, fabricados artesanalmente con la envoltura recuperada de los garbanzos o judías compradas en el ultramarino suministrador a crédito para nutrir la siempre escasa olla.
    Con el hambre a todas luces insatisfecha por el solitario y duro mendrugo de pan y la taza de cebada tostada y rehervida en que consistía su frugal desayuno, no es difícil comprender el desasosiego de Pepe aspirando el aroma, caliente y dulzón, de las almendras recién fritas. Si cualquier tentación es difícil de vencer para un adulto, imaginaos  un niño al que se le prohibe comer de la golosina que tiene bajo los ojos y al alcance de la mano. Y, naturalmente, Pepe sucumbió a la tentación. Primero fue acabando con las almendras partidas por aquello de que no se podía vender un producto defectuoso. Luego, insistiendo en su honestidad para con el cliente, Pepe fue apartando y comiendo las que se habían abierto en dos mitades, que no eran pocas, alegándose así mismo idénticas razones. Y pronto se encontró con que la mercancía había mermado bastante sin que la caja hubiera registrado ninguna entrada monetaria. 
    Para su mala suerte, aquel era uno de esos días en que la inestabilidad de la bolsa provoca que el comercio se tambalee: pasaban las horas sin estrenarse siquiera. Y como Pepe no entendía de esos complejos altibajos de la economía, vino a pensar si no sería que las almendras estaban demasiado o insuficientemente tostadas, o si era tal vez que les faltaban o sobraba sal, llegando a pensar, incluso, en alguna anomalía no detectada en la casera fabricación, que propiciara el rechazo de una, hasta ahora, hipotética clientela. Y de “esta almendra parece estar demasiado tostada”, a “esta otra puede que le falte sal”; de “hay algunas que bien necesitaban más tueste”, a “estas están saladas de sobra”, Pepe vino a dar buena cuenta  de más de la mitad del sabroso género, el cual había descendido del endeble cajón a su no menos endeble estómago. Y se asustó de las terribles consecuencias que el celo puesto en su trabajo podía acarrearle. Pero hacía rato que el chiquillo se deslizaba por una cuesta abajo en la que era muy difícil detenerse. Como el fumador empedernido que no puede dominar sus ansias de fumar, él no podía sustraerse, hambre ayudando, a la tentación agridulce de las almendras. Y por aquello de “a lo hecho, pecho”, o aquello otro  de “después de perdío, al río”, el caso es que Pepe terminó de comerse el tan ya mermado resto de las almendras. Y tardíamente arrepentido, con fuertes retortijones de vientre y más sed que un campo de secano, deshizo los kilómetros andados, demasiados para sus febles piernas, preparándose para lo peor en la temida pero obligada vuelta a casa. Y lo peor llegó en forma de desmesurada paliza, propinada más por una sorda y mal contenida rabia, que por un justo castigo. Pepe aún no estaba en edad de comprender la causa que le llevó a cometer tan “atroz delito”, al que nadie encontró el más leve atenuante. Quien le pegaba despiadadamente si lo comprendía, pero era incapaz de reconocerlo; quien le pegaba era un adulto que sabía perfectamente que era el hambre, atrasada y largamente insatisfecha la que le había empujado a comerse aquel pobre capital junto a las escasas ganancias. Pero le siguió pegando, no tanto por maldad, como por desahogar su propia angustia ante la miseria de los suyos, desfogándola innoblemente en las carnes del más indefenso. Y allí terminó para siempre la aventura empresarial y por cuenta ajena de Pepe, al que jamás se atrevieron a instalarle otra industria del género comestible.
     Entre las muchas aventuras que protagonizara nuestro pequeño pillastre, no fue la menos dramática la que vivió con su manera de desplazarse en sus continúas correrías. A los niños de la posguerra, que carecían prácticamente de todo, se le multiplicaban las ideas hasta límites insospechados. Donde más se les agudizaba el ingenio era en inventar nuevos instrumentos de juegos, fabricados las más de las veces por los mismos chaveas, algunos de ellos bastos y mal hechos, pero que al no conocer otros juguetes colmaban con creces todos sus deseos y expectativas. Y uno de los inventos que más desarrollaba la industria infantil eran aquellas plataformas rodantes, con las que se deslizaban a tumba abierta por las pendientes calles del barrio, con la consiguiente alarma de algún peatón obligado a incrustarse literalmente en el más próximo portal ante aquella diabólica aparición, o forzando a la rápida dispersión de coros y tertulias callejeras por el pánico general producido ante la amenaza de accidente por atropello.
    Aquel peligroso ingenio era por lo general, como hemos dicho anteriormente, fabricado por el mismo usuario; éste se proveía de tablas y planchas de madera recogidas casi siempre de algún solar o derribo de la zona, que cortaba y ensamblaba más o menos bien a medida, con medios tan rudimentarios que la obra se saldaba casi siempre con algún dedo chafado por inexpertos golpes, o los gritos provocados por el miedo a la escandalosa sangre manando de algún que otro corte superficial. Las ruedas, elemento indispensable a todo vehículo terrestre con poder de desplazamiento, eran cuatro cojinetes usados, adquiridos en cualquier garaje mecánico cuyo aprendiz los limpiaba y reservaba sabedor de la gran demanda que de ellos había. El pago de dichos cojinetes se hacía con las pocas pesetas conseguidas con la venta del botín de vieja chatarra, compuesta  de clavos mohosos y pequeños hierros inservibles rebuscados en vertederos y escombreras. Pese a los pocos y rudimentarios medios, los niños acababan su obra sin que los padres ayudaran o aportaran lo más mínimo a la construcción de aquellos artesanales medios de locomoción; antes al contrario, se echaban a temblar temiendo los posibles estropicios provocados por la creatividad de sus hijos.
    Nuestro pequeño amigo Pepe, pese a que contribuía activamente con su trabajo manual a la expansión del negocio y aportaba su parte alícuota de chatarra a la financiación del mismo, jamás dispuso en propiedad de uno de aquellos bólidos deslizantes. No porque no abrigara deseos de tener el suyo propio, no: lo que Pepe no tenía, al vivir de prestado y por pequeños periodos en casa de distintos familiares, era un lugar fijo donde poder conservar cromos, canicas, cometas y tantas otras cosas, engorrosas unas e inservibles otras, que los niños acopian como valioso botín adquirido en sus aventureras correrías infantiles. Obviamente, mucho menos podía pensar en que le permitieran disponer y guardar uno de aquellos grandes y molestos artilugios en la ya pequeña habitación que la familia al completo tenía que compartir día y noche. Pero no por eso Pepe renunciaba al placer de sentirse transportado por alguna fuerza motriz otra que la desarrollada por sus enclenques piernas de niño famélico. Cuando a causa de la multipropiedad de la dicha plataforma no se le permitía usarla, su medio de desplazamiento preferido eran los metálicos estribos y “topes” de los tranvías que circulaban el centro y los barrios periféricos de Málaga mediante los cuales, con sus constantes viajes de ida y vuelta, podía tener amigos prácticamente  en los rincones más apartados de la ciudad con quienes compartir juegos y travesuras. Aquellos emocionantes y repetidos desplazamientos representaban para él una atrayente aventura, sobre todo por el carácter prohibitivo de aquel medio de locomoción al que castigos y sopapos no le hacían renunciar.
    Pepe no sólo conocía todas las líneas recorridas por el tranvía, sino las horas de salida, la duración de cada viaje, las paradas, etc. Y lo mismo que el ejecutivo utiliza su coche para asistir a sus reuniones profesionales, él utilizaba “su tope” para ir al encuentro de otros pillos como él, con los cuales llevaba a cabo mil acrobáticos viajes a bordo de aquellas bamboleantes naves amarillas que tantas satisfacciones le deparaban de forma gratuita. Y cuando el airado cobrador se asomaba a los pescantes o plataformas increpando a los parásitos colgados de la parte trasera del tranvía, Pepe saltaba con la agilidad de un pequeño mico y volvía a tomar billete de “tope” en el que hacía el servicio en sentido contrario, porque lo que menos importaba a Pepe era el lugar donde el tranvía lo llevara. 
    Pero si es verdad que cada niño tiene su Angel de la Guarda que lo protege, el de Pepe, desde que éste abandonaba el hogar de turno con la primeras caricias del mañanero sol, hasta que en las calles barrían las sombras la escasa luz artificial de las aún más escasas farolas callejeras, se veía obligado a hacer horas extraordinarias para evitar que aquel chiquillo desprotegido que se enfrentaba diariamente a tentaciones difíciles de vencer se descarriara con las muchas oportunidades con que se topaba en su constante deambular por lugares y en compañías, si no peligrosas, cuando menos, indeseables. La prematura pérdida del cuidado materno, y la forzosa desatención del padre atado a sus obligaciones laborales habían hecho de Pepe un niño de la calle, en la cual vivía una atrayente y anárquica vida sin apenas nadie a quien dar cuenta de sus actos. Hay que decir en honor a la verdad, que si bien vivía su libertad como un pájaro escapado de una jaula nada cálida ni educativa, jamás cometió acto reprobable que mereciera ser castigado con dureza. Era, eso sí, un poco golfillo y algo capitán de un grupo de descamisados como él que escandalizaban allá donde iban como jauría de perros sin amo; pero lo que era mala intención en algunos niños con los que compartía juegos y travesuras, en él era inocente picardía; el premeditado mal comportamiento en otros era, en Pepe, una infantil malicia que no impedía que a veces acabara recibiendo los golpes merecidos por otros compañeros de fechorías.
    Ya hemos dicho que Pepe tenía verdadera pasión por aquellos emocionantes viajes que no le llevaban a ninguna parte, pero que le hacían vivir oníricas aventuras ya solo, ya acompañados de sus incondicionales prosélitos. Por lo mismo, llegó a ser un experto en subir o bajar del tranvía en marcha, no importaba a la velocidad que marchase, que si bien no era de vértigo, si lo suficiente para romperse algún hueso en una caída desafortunada. Esa agilidad le evitó ser cogido por algún miembro de la Policía local,  de quienes Pepe huía como de las almas en pena nada más atisbar a lo lejos sus azules y engalonados uniformes. Hasta que un día...
    Tuvieron que emplear, si no la cómplice nocturnidad porque brillaba un espléndido sol de mediodía, si una descarada alevosía: empleados municipales vestidos de paisanos y bastante mal trajeados para mejor pasar desapercibidos en su “innoble tarea”, se apostaron en una de las paradas con la malsana intención de “pescar” algunos de aquellos viajeros sin billetes. En la desbandada general, Pepe se vio sorprendido por uno de aquellos “esbirros a sueldo”, que cortándole la ya emprendida y prudente retirada, lo cogió por su no muy robusto cuello mientras otro lo sujetaba fuertemente por los delgados tobillos para elevarlo entre los dos como un vulgar saco de patatas e introducirlo, sin el más mínimo respeto a los “derechos humanos”, en el coche policial que desde lejos había seguido atentamente la “caza del hombre”, y que se acercó rápidamente al lugar de la detención con gran despliegue de psicodélicas luces y escandalosas sirenas. Y como si de un peligroso ratero se tratase, se lo llevaron para ingresarlo en el correccional donde se hacinaban pilluelos de todas las edades, descarriados como él. Puesto a disposición del comisario de guardia, Pepe se negó obstinada y sistemáticamente a contestar a sus reiteradas y amenazadoras preguntas; ni tan siquiera nombre o domicilio consiguieron arrancarle, por lo que quedó a buen recaudo y bajo “estricta vigilancia” a la espera de la decisión del juez de menores.
    Entre tanto, y porque tales eran los hábitos de Pepe, los parientes que en ese momento eran responsables de su “atento cuidado” y “esmerada educación”, no estaban ni mucho menos inquietos por la ausencia del travieso chiquillo. Pero cuando fueron pasando las horas y la soleada claridad de la tarde fue desplazada por las inquietantes sombras nocturnas, la prolongada desaparición del niño se hizo preocupante. Fueron preguntados diferentes familiares por si el chiquillo hubiera decidido pernoctar en otra de sus ocasionales residencias, lo cual no era raro; y al ser negativas las sucesivas respuestas la alarma fue sincera y general. Diferentes miembros del vasto clan familiar, dispersados por la ciudad, indagaron en comisarías y centros hospitalarios del posible ingreso del menudo elemento, ya fuera detenido por algún acto vandálico, ya herido en alguna batalla campal o accidente callejero. Empero, la lenta burocracia del correccional había alertado tarde a la policía, la cual tampoco se dio mucha prisa por esclarecer los hechos, por lo que la familia pasó una espantosa y accidentada noche.
    A la mañana siguiente, y seguramente agradecido a las “autoridades penitenciarias” por lo que a él le pareció copioso desayuno recibido en su “celda purgatoria”, Pepe acabó confesando su identidad así como uno de sus varios y transitorios domicilios. Hasta el mismo se desplazaron dos fornidos agentes de la autoridad custodiando férreamente al “peligroso delincuente”, al cual dejaron bajo la custodia de los ocasionales deudos con la clara amenaza de incruentos castigos y multas para él y su familia caso de reincidir en tan “horrendo delito”. La única condena recibida y cumplida por Pepe, y eso debido a su falta de “antecedentes criminales”, fue un rapado al cero que le dejó la cabeza como un globo terráqueo, casi transparente, de donde podía colegirse que lo tonsuraron con el fin de llegar a sus más ocultas intenciones, y sorprender así posibles ideas de luterianas fugas o violentos motines carcelarios provocados por tan inquietante inquilino.
    Como es natural, después de la alegría de acoger al hijo pródigo sano y salvo en su felisísimo y anhelado retorno al dulce hogar, vinieron las atropelladas preguntas y demandas de explicaciones; Pepe era por entonces un chaval bastante introvertido, quizá por la falta de verdaderos afectos familiares. Y al igual que con los empleados del reformatorio, se negó rotundamente a abrir la boca máxime cuando aquí no le ofrecían manjar o golosina que le incitara a abrirla. Y más se mantenía en silencio, más cogotazos le arreaban. Pero a la hora de cobrar, cosa que ocurría con harta frecuencia, Pepe se convertía en un avezado y encajador sparring capaz de recibir los más duros golpes sin que las fuerzas le flaquearan. Estoicamente aguantó la lluvia de palos y pescozones sin verter una sola lágrima ni lanzar el más mínimo gemido. Nada. Y cuando se cansaron, porque antes se cansaban de torturar sus mínimas carnes que él de soportar los a veces crueles y desproporcionados castigos, el asunto quedó relegado a un segundo plano para atender a la solución de algunos de los muchos y urgentes problemas de supervivencia que sufrían la mayoría de aquellas humildes gentes, aunque no sin antes tratar de arrancarle la promesa formal de no reincidir en aquellos peligrosos y problemáticos viajes gratuitos. Mas como Pepe, encerrado en su mutismo no podía prometer nada, a los pocos días volvía a lo que era su pasatiempo favorito: transitar por toda la ciudad sentado en los incómodos y peligrosos “topes” de los tranvías, que a él se le antojaban los más seguros, confortables y mullidos sillones. Pero esta vez luciendo la rapada cabeza como una gloriosa cicatriz de guerra en lucha con un “intolerante y feroz enemigo”. Aunque a decir verdad, de poco hubiera servido su solemne promesa ya que Pepe, a tan tierna edad, no tenía el sentido del honor que luego ha sido una constante en su honrado proceder a lo largo de su vida.
   Con el paso de los años, sin familiares más o menos responsables que le impusieran arbitrarios comportamientos a seguir o injustas abstenciones que respetar, Pepe emprendió el camino de su propia vida en el que, como Don Quijote, tuvo que afrontar otras muchas aventuras que no siempre le depararon situaciones agradables. Pero no creo que olvide jamás aquella en la que pudo mostrar antes sus compinches, con verdadero orgullo, su cabeza rapada al cero, inevitable consecuencia de su “valeroso enfrentamiento con la fuerza bruta”; o aquella otra en que le molieron los huesos por un puñado de almendras fritas. Porque medio kilo no es más que un puñado, así de pequeño, del producto que sea, menos de palos, en los que cada uno de ellos pesa más de una arroba cuando se reciben sobre los lomos.
Aquel pilluelo era mi querido y hoy desgraciadamente desaparecido hermano Pepe.

Paco Acosta. Navidad de 2006

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