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Protocolos políticos y clínicos
Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.10.14 
Todos hemos escuchado alguna vez lo que más o menos decía el famoso médico Letamendi: “Quien sólo medicina sabe, ni medicina sabe”. Con todo nuestros respetos, no estamos exigiendo que  todos tengamos que ser hombres y mujeres del Renacimiento, que sabían de todo. Lo que si podemos pedirnos es que entre todos podemos saber más cositas que antes, teniendo siempre en cuenta el saber de los especialistas, por supuesto.
En estos días, en los que se nos ha llenado el espacio informativo con dimes y diretes de la excelencia de los protocolos a seguir para la atención de la infección por ébola -para que no se nos escape  este pequeño virus que nos trae a maltraer- hemos podido reflexionar sobre el tema de los protocolos. A estas alturas parece que ya está todo dicho, sin embargo, como siempre, suelen quedar flecos que se nos han escapado de las manos y, además, quizá, sin darnos cuenta.
Todos sabemos que el protocolo político que se  siguió, cuando se trajeron a los misioneros enfermos, más que protocolo, era una simple gestión política, un gesto, si queremos, de propaganda, que nada tiene que ver con el seguimiento de un protocolo clínico ya establecido. Una improvisación, aunque sea a lo primero que se acude, no es un protocolo. Todos sabemos que las prisas son malas consejeras y que algunos consejeros y asesores tampoco están en condiciones para poder llevar a cabo gestiones que sean exitosas. Tampoco nos sirve que un consejero sea médico, si la política le ha creado una segunda piel, que le aleja de la sensibilidad de Hipócrates.
    Sabemos que en África, en pleno ciclón del ébola, hasta niños, hijos de padres que han muerto por la epidemia, han superado la enfermedad, porque sus organismos han creado anticuerpos. Sabemos que hace unos siglos los americanos enfermaron por contagio de los descubridores y conquistadores y fallecían a las primeras de cambio. El primer protocolo es estudiar “in situ” la epidemia, que como la misma palabra indica es la enfermedad que se desarrolla en un “pueblo” o una “población”. Para colmo, la enfermera que contaba con los anticuerpos se quedó arriada y sólo se trajeron a los misioneros enfermos, como ya sabemos.
    Ahora hemos podido ver, además, por el caso de Teresa, que lo mismo que no es bueno lo de “café para todos”, tampoco es fiable el indicador de la fiebre de un paciente según un protocolo establecido. Hoy se sabe que la Medicina es salud y que, debido a que cada uno tiene su constitución, su metabolismo, sus defensas... hay que gastar cuidado con los indicadores globales o universales. Hay personas a las que les sienta divinamente el vino tinto y hay otras que les sienta como un veneno. Es más, como los venenos y las enfermedades funcionan según las dosis (Paracelso) que se pueden asumir, es raro tener delante dos enfermos iguales. Si Teresa no tenía fiebre alta, quizá sea porque con poquita fiebre ya le bastaba para avisar de la infección. Sin ir más lejos, hace tiempo nos enteramos que un compatriota famoso había fallecido, en el extranjero, por una sobredosis y nadie se explicaba  el suceso, ya que esa persona era muy estricta y se controlaba muy bien. Nadie, que sepamos,  cayó en la cuenta de que el ambiente influye psicológicamente en la dinámica de nuestras respuestas a los estímulos. Cuando cambian las condiciones ambientales, hay estímulos (Ed) que, siendo neutros al parecer, pueden condicionar que una misma dosis se encuentre con modificaciones psicosomáticas en un organismo y puede aumentar su toxicidad y llegar a ser letal..
    Otro “protocolo” que se ha seguido aquí, éste curiosamente endémico, es sacrificar al perro de la paciente. Parece que es un principio científico en nuestra piel de toro lo de “muerto el perro, se acabó la rabia”. Además, con los recortes, para qué vamos a investigar: “que inventen ellos”, se decía antes, y ahora podemos aprovechar la crisis para seguir este protocolo, o sea, que investiguen los americanos que, en este caso, han puesto en cuarentena a otro can que pululaba por aquellos lares, domésticos, como siempre. Se dirá que es que los USA tienen más cariño a sus animalitos domésticos que a los humanos de otros sitios, para así descargar nuestras conciencias..
    Ahora, ya sólo nos queda esperar que no sigamos los protocolos “americanos” del Tio Sam, y nos traguemos que los soldados que van y vienen para ayudar a Äfrica en este asunto del ébola, descansen en Canarias para llegarse de paso ni “pernocten” en nuestro suelo patrio de Rota para pasar la cuarentena. Al parecer los médicos cubanos han ido directamente sin hacer escalas, y no porque no tengan dólares, ya que se trata de un detalle de hospitalidad. Como es de comprobar, ese es el beneficio que tienen los USA por poseer una segunda residencia-base militar en la playa.
    Todas estas reflexiones nos la hacemos nosotros que no tenemos, como dice la canción, ni  “una casita en Canadá”.

Josemª
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