Pero hay otras cosas en el día de hoy, que leo en estas páginas y también me inquietan de mis conciudadanos: los muertos de la guerra civil se están aireando con demasiado entusiasmo. Ellos son un triste recuerdo y una vergüenza para todos, de uno u otro bando, muestran lo peor que llevamos dentro, lo mismo que hemos visto en Sarajevo, o lo que está pasando en este mismo instante en Irak y Palestina. El horror de hermano contra hermano, de vecino contra vecino, del que ayer fue tu amigo y hoy, acude a tu casa para ponerte ante un pelotón de fusilamiento. En el mundo animal no tiene parangón. Sin embargo en nuestro país ocurrió, los vencedores eran católicos, pero tampoco eso les dio benevolencia, la religión una vez más no actuó como freno, sino que justificó aquella demencia y la venganza.
Hoy, si recordamos a los muertos debería ser para pedir perdón los unos a los otros, y para decir aquello, de NUNCA MÁS. Las duras lecciones ya aprendidas, que no vamos a permitir que se repitan. Si la sangre vertida no consiguiera pacificar nuestros ánimos, haciéndonos extraordinariamente comedidos, prudentes y conscientes del enorme precio; el sacrificio de todos ellos, no importa de qué bando, habría sido inútil.
Por último quiero deciros que me alegro por los hijos sanos de todos nosotros y por los enfermos también, estos últimos, son el precio que pagamos cuando decidimos ascender del mundo de las bacterias y elegimos el camino de la evolución. Los errores genéticos son consustanciales a ella, no hay una sin la otra, las bacterias llevan replicándose a si mismas con absoluto éxito, y sin ningún error, más de tres mil millones de años. Nosotros elegimos otro camino bien diferente que nos ha traído hasta este momento, pero la evolución es en realidad una mutación genética, por lo tanto esos mecanismos de prueba y error que nos han llevado a ser lo que ahora somos, crean también esos niños especiales, hijos no tan perfectos, que unos pocos padres adoran, soportan y sufren en solitario, pero que son hijos de todos nosotros, de la especie en su conjunto, hijos de nuestra evolución.
Yo espero que esa evolución, nos acerque a algo parecido a los ángeles, haciéndonos salir por fin como especie del oscurantismo, el desconocimiento y la ignorancia. Personas buenas enferman y mueren cada día o tienen hijos con dificultades. Nadie conoce cuando, como o de qué forma saldrá de este mundo o se irán aquellos que más ama, es tan impredecible el momento y tan grande el dolor que causa su partida, que yo estoy segura que nadie piensa con seriedad, que la enfermedad o la minusvalía de alguno sea algo merecido, como tampoco es merecida ni comprada, la muerte temprana de nadie. Son palabras que se escriben con poca meditación y bastante ligereza, y estoy segura de que una persona inteligente, pese a todo, como el que las escribe, no puede pensarlas, sencillamente porque sabe que mañana podría ser él, o cualquiera de nosotros, los que tuviéramos que pasar por semejante experiencia.
No estamos tan separados ni somos tan diferentes unos de otros, si compartimos el 99% del código genético con un chimpancé, qué diferencia real habrá entre los de la misma especie. Pocas son las cosas que tienen un valor absoluto, depende del ambiente donde cada uno haya crecido, en otras circunstancias podríamos ser pro-nazis, integristas mahometanos o adventistas del séptimo día. Bien podríamos haber nacido en una aldea de África y nuestra piel sería negra como el betún, fácilmente podríamos estar en la silla de nuestro oponente y defender sus tesis. Otra educación, otra cultura unos padres distintos y estaríamos en su lugar. Es un juego ilusorio el de las circunstancias, todas las abandonaremos aquí con nuestro último aliento.
En realidad solo somos minúsculas partículas de carbono, en un rincón perdido de la galaxia, fuera está muy oscuro y nada es azul. Este pequeñísimo rincón es nuestra única casa, un maravilloso y único lugar para los árboles, las montañas, el agua, los animales y para nosotros. Las fronteras entre nuestra piel y todo lo demás, solo existen en nuestra mente, pequeña luciérnaga perdida en un mar proceloso e infinito. |