Todos los años la misma historia, muchas cosas que me propuse hacer se quedaron en el tintero. No cambié de trabajo, sigo apañándome con el mismo dinero, con mi novio las cosas no han mejorado mucho, del tabaco mejor no hablar, intenté dejarlo pero del mal rato ahora fumo más que antes. Con mis padres siempre acabo enfadada, siguen tratándome como su niñita y ya estoy harta de que no valoren lo que he conseguido. Para mí, que estoy al borde de la crisis de los treinta. No tengo las ilusiones que antes tenía, las cosas no han salido como imaginaba y la vida parece que me lleva.
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El otro día, volvía a casa después de terminar de trabajar, algo más tarde de lo habitual, porque al jefe se le ocurrió la brillante idea de plantear los proyectos del año 2007 a última hora del día, pues bien, puse la radio del coche para evitar así que mis pensamientos siguieran martilleando mi mente, escuchar otras cosas a veces ayuda. Buscando una emisora que dijera algo interesante me encontré con un programa que no esperaba, dos psicoanalistas tras el micrófono hablaban de lo que a mi me pasa. De esta indecisión que me está quemando. Decían que psicoanalizarse ayuda a plantearse la vida de otra forma, más hechos y menos fantasías, algo así creí entender. En el instituto ya me habían hablado de un tal Freud, aunque yo siempre me confundía y lo escribía tal cual sonaba, Froid, con lo que siempre acababa creyendo que se trataban de dos personas totalmente distintas. Pues ese personaje era el inventor del psicoanálisis. Desde entonces esa palabra ya me llamó la atención, entre otras cosas porque el profesor nos dijo que había ido un par de veces a un psicoanalista. Con los años me fui olvidando de ese impacto. Pero esta noche volvía esa palabra a mis oídos. ¿Voy a dejar que este año pase sin yo darme cuenta?
Subí el volumen de la radio y reduje la velocidad, poco me importaba ya llegar temprano o tarde a casa, mi novio que esperara, tampoco me iba a aportar nada nuevo. Quería escucharlas, que me dieran una solución a mi vida. Parecían tan convencidas de lo que hablaban, tan llenas de vida. Yo quería sentir algo así, hablar con la boca llena de mi trabajo, que la gente me mirara orgullosa. Aproveché el rojo de un semáforo para buscar un bolígrafo en mi bolso, casi no lo encuentro con tanta emoción, quería apuntar ese teléfono que repetían a lo largo del programa, que no se me escapara. De esta noche no pasaba que yo diera algún paso. He de reconocer que tenía miedo. Una cosa es decir que uno quiere cambiar y mejorar, pero otra muy distinta es ir a la consulta de un psicoanalista. Alguna vez he visto a Woody Allen en sus películas, pero parece algo tan raro, pensarán que estoy loca o enferma. Lo mejor, no se lo digo a nadie, será algo mío, sólo mío. Ya es hora que tenga algún secreto que me haga bien.
Muy nerviosa aparqué a casa, tras un buen rato de dar vueltas buscando aparcamiento, siempre igual. Subí al ascensor, metí la llave en la cerradura y, allí estaba él, en el sofá viendo uno de esos programas que suele ver. Apenas me miró, no se podía imaginar lo que yo había vivido esa noche ni lo que iba a vivir dentro de dos días cuando fuera a la consulta de la psicoanalista con la que me había citado. Sentía unos nervios en el estómago, estaba impaciente, este nuevo año lo voy a conseguir.
Helena Trujillo Luque Psicoanalista de la Escuela Grupo Cero www.htpsicoanalisis.com
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