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Muelas de piedra | | Francisco Miguel López Jiménez. 17.09.14 | |  La policía detiene a unos presuntos delincuentes por el expolio en las excavaciones de unas ruinas romanas. Se trata de una almazara de aceite del siglo I después de Cristo. Las piezas se conservan en buen estado y tienen un valor arqueológico e histórico considerable. Son piezas que forman parte del patrimonio histórico de un pueblo de Jaén. Dos muelas de piedra y una piedra de molino. La Junta de Andalucía no tiene contabilizadas ni catalogadas todas las piezas de molino halladas en Andalucía, de aquella época, por la falta de comunicación y omisión, supuestamente, entre Junta y Patrimonio con Medio Ambiente de todas las alcaldías. Los efectivos de la patrulla de Medio Ambiente de la Policía Autonómica descubrieron en los últimos días el expolio durante una inspección rutinaria y comenzaron con la investigación. Noticia aparecida en el periódico El País en febrero de 2004. | Ramón lee curiosamente el periódico El País sentado en la terraza de la cafetería de Seba. Hace un poco de frío en las mesas de fuera, por haberse roto el toldo con las aguas de la última lluvia. Un fuerte aguacero de más de cincuenta litros por metro cuadrado, en menos de quince minutos, lo destrozó. El café caliente aviva el ánimo del hombre, últimamente, está depresivo por los acontecimientos que se desarrollan en Debate ciudadano, hay demasiados animales de compañía, considerados de raza peligrosa sueltos por las páginas de Facebook. La verdad es que la noticia no deja de ser curiosa, pese a lo absurdo que Ramón lo considera. Justo en la carretera de enfrente de donde se encuentra sentado, Avenida de la Democracia, hay un despliegue palmeral, a dos filas, que recuerda a cualquier país del Próximo Oriente, Libia o Turquía. Incluso, parece una vulgar y mala copia de Miami Beach, para catetos engominados. Palmeras que sirven de sostén alimenticio al picudo rojo y, simulan, que dan sombra a muchas de estas valiosas piedras arqueológicas. Colocadas a lo largo del recorrido encerado, algunas cogidas con basto cemento, a las rocas, formando parte de la decoración urbanística como simples rocallas. Otras, tiradas, a voleo, sobre el abandonado césped de la cuneta. Es probable que no sea un delito contra el patrimonio el que estén abandonadas a su suerte. También, puede ocurrir que, debido a la considerable cantidad de este material, en los pueblos andaluces, carezca de valor cultural. Lo curioso es el contraste de la noticia del diario con la visión de Ramón, no cuadra en su ajuste. Lo seguro es que, por no haber espacio en las dependencias municipales, para albergar este valor patrimonial, se le considere mobiliario urbano, así queda protegido y expuesto. Eso es lo que trata de imaginarse Ramón, mientras se toma el café, en pequeños sorbos, quema demasiado. -¡Buenos días!- le saluda un transeúnte, conocido de Ramón. -¡Vaya usted con Dios!- responde el que está sentado y piensa-¡Menudo marujo!- -¿Qué le debo, Juan?- pregunta al camarero. Un hombre de setenta y tantos años, lento y pausado que arrastra los zapatos al andar y fuma demasiado. Paga el café, con el dinero justo, para no dejar propina. No le agrada demasiado el servicio del camarero, tiene siempre las manos sucias de tabaco y ceniza. Se marcha por la paralela, a la avenida, sorteando los agujeros de la acera, por falta de ladrillos, arquetas rotas y levantadas, molestos matorrales, junto a la concurrida y peligrosa circulación. Al no poder caminar por la acera está obligado hacerlo por la carretera exponiendo su vida al tráfico. A la altura de una rotonda, con una fuente de absurdas bolas, donde el agua se revienta contra ellas, tontamente. Hay una bola central, enorme, y es origen de cachondeo en todas las navidades, por la decoración Noel- lera con la que le atavían. Un gorro de papa Noel la cubre, ridículamente. Ramón se sienta sobre una de estas piedras arqueológicas, precisamente, hay dos que sirvieron de conducción del aceite, desde el molino a la balsa. Están expuestas sobre la hierba, a su deterioro, irremediable. Llevan años sufriendo la polución ambiental. Sentado sobre una, contempla la belleza arqueológica, tallada a mano, de la otra pieza y… -¡Acáchate, no levantes la cabeza!- dice Marcos a Severino. Atrincherados sobre unas rocas los dos hombres se esconden de las huestes romanas. Marcos es un joven hispano de las sierras de Cazorla. Alto y rubio de ojos castaño claro. Es el menor de tres hermanos y está en la edad propia de enamorarse. Así lo ha hecho, se ha comprometido en amor con Otilia, hermana de Severino. Una joven quinceañera de pelo cobrizo que empieza con su primer juego de amor y ha puesto los ojos, verdes claros, en Marcos. Ella es de la sierra Granadina, concretamente, de la Alpujarra baja. Tanto Severino como Otilia son diestros pastores de ovejas y andan de unos lugares a otros, durante la trashumancia. Así se han conocido los jóvenes enamorados. En uno de los viajes a Segura y las Villas, Jaén, realizado por los hermanos, haciendo trueque con un comerciante, coincidieron con Marcos. Es el hijo de Seflo, el comerciante. -¡He dicho que te acaches, estamos en peligro¡- repite Marcos. Por un momento, todo es tan real. Ramón ha visto con claridad las imágenes en la otra piedra, como si se tratara de una pantalla de plasma. Marcos y Severino están siendo perseguidos por la curia romana, para hacerlos esclavos. Corre el Siglo II antes de Cristo y la península ha sido ocupada por Roma pasando a ser una provincia de la misma, bajo la denominación de Hispania. Los romanos están construyendo oleoductos, calzadas, puentes y edificios en Mérida, Malaca, Denia y tantas otras provincias o comarcas peninsulares con los propios nativos de Iberia, en calidad de esclavos. Los esclavizados son explotados como manos de obra, incluso, hasta la muerte por agotamiento. De momento están sometiendo a los hombres más fuertes y jóvenes a partir de los catorce años, para los trabajos forzados. También a las mujeres jóvenes y bellas, para esclavas y meretrices de los burdeles y termas. Los muchachos esclavizados son invertidos en complacientes efebos sexuales de centuriones, prefectos, nobles y pretorios, para llevar a cabo las bacanales, tan prolíferas en esta época. Otros esclavos menos agraciados, por decir algo, corren otra suerte más lamentable físicamente. Son conducidos a las canteras de piedra, situadas en el desfiladero de los Gaitanes, donde extraen las enormes placas y modelan los adoquines y los grandes bloques, para la construcción. Igualmente se tallan otras piezas, para molinos, las muelas, conductores de aceite, balsas y recipientes. Otras piedras, son para los talleres de los artistas en la talla de bustos y estatuas. El peligro de muerte que corren estos esclavos es extremado, los derrumbes causan la muerte por aplastamiento. La fatiga y la desnutrición terminan con otra mayoría de esclavos. La tarde es hermosa y los dos hermanos se detienen con las ovejas en un barranco de Pozo Alcón , Hinojares en la actualidad. El agua discurre generosa y cristalina por entre los cantos rodados y el arenal, hasta juntarse con el río Tader, Segura. Los animales pastan y beben hasta saciarse, para emprender el camino de regreso a Las Alpujarras. Otilia y Severino aprovechan y chapotean en el agua, fogando la juventud en juegos ingenuos de adolescentes. Marcos los observa desde una distancia prudencial, para no ser descubierto. Ha quedado prendado de Otilia desde el primer instante en que la vio. El corazón le palpita a gran velocidad, a un ritmo no habitual. Allí está ella, preciosa, metida hasta la cintura en el agua, con su melena rojiza empapada. Se baña con un camisón largo, de lino blanco. La tela mojada se pega al cuerpo como una segunda piel, transparente, sensual. Se aprecian los pezones de color canela erectos por el frío. Otilia repara en Marcos, lo visualiza detrás de las ramas de unos tejos. Agazapado como una escurridiza liebre. -¡Sal de ahí, te he visto!- grita ella. Marcos no sabe qué hacer, si salir a dar la cara o echar a correr y perderse por entre el espeso follaje. -¡Te ordeno que salgas inmediatamente!- vuelve a repetir, enojada. Al final se decide a enfrentarse al bochornoso trance. Ha quedado como un repulsivo mirón. Aunque no es esa su intención primera, su idea principal era buscar el momento oportuno, para hablar con la muchacha y por eso la siguió. Ahora, la tiene delante de él y no sabe qué hacer. -Disculpa, lo siento no es mi intención espiarte-dice tímidamente. -¿Entonces qué estás haciendo?- pregunta ella. Ramón no da crédito a las visiones que extrae de la piedra, aquello no es real, tampoco está dormido, para que sea un sueño ¿entonces? -¿Tú quién eres?- pregunta Severino. -Soy Marcos, hijo del comerciante Seflo- responde. -¿Por qué nos sigues, di?- vuelve a preguntar. -Yo sólo quiero hablar con Otilia, quería presentarme y conocerla. La he visto en casa de mi padre y me ha picado la curiosidad de saber- responde, torpemente. La muchacha sale del agua, para vestirse. Bajo el camisón trasluce toda la piel desnuda y deja ver que no lleva ninguna prenda interior. -¡Date la vuelta¡ voy a vestirme y no mires- le pide, cubriéndose con la manos los pechos. -He traído un poco de alimento, por si os apetece comer algo- dice Marcos, muy amable. Desde ese instante ya existe un halo de atracción entre los dos jóvenes, ella ya lo había sentido en casa de Marcos, en cuanto lo miró desde lejos, pero fingió no haberlo visto. En cambio Marcos sí se quedó mirándola descaradamente, esperando que le devolviera la mirada, cosa que no sucedió. Los tres muchachos se sientan bajo la sombra de los tejos, no han necesitado muchas explicaciones y presentaciones, para descubrir el filin que hay entre ellos. Comen, despreocupados de todo, un poco de fiambre y pan. La pieza de piedra está templada, Ramón puede sentir el calor a través de la tela del pantalón. Es posible que la temperatura de su cuerpo se haya transferido a la roca. De todas las maneras la composición poliminerálica de cuarzo, granito y feldespato está alcanzando una temperatura elevada, aunque, no molesta de momento. Sigue mirando a la otra piedra de enfrente, la percibe como un poderoso talismán que le muestra unos conceptos y visiones, sin sentido aparente. Los jóvenes han terminado de comer y Severino se pone de pie, para alejarse de allí y dejarlos solos. Con el pretexto de vigilar las ovejas. -Voy a echarle un vistazo al ganado, quiero reunirlo, para emprender el regreso a nuestras tierras- dice. Los dos se han quedado solos y se miran melosamente. Con las miradas se transmiten las burbujas amorosas que bullen en los corazones y se buscan con las bocas. Los labios se encuentran en el primer filo del amor y sellan un pacto de fidelidad y compromiso de por vida. Se puede oír los latidos acelerados de los corazones en un solo tic tac. Continúan atrincherados en las rocas, Marcos y Severino, ocultos de los perseguidores romanos. No sólo intentan salvar la vida, sino que, tratan de seguir los pasos de los que han secuestrado a Otilia, para rescatarla. Todo ocurre tras la separación de los tres jóvenes. Marcos lo hace con un beso en los labios y la promesa de ir buscarla, se despiden jurándose amor y reencontrarse por tierras de Granada, pasados unos meses. Los hermanos, también, se disponen a marchar, para la provincia de Granada. Cada cual toma su rumbo sin saber la suerte que les aguarda. Severino reúne el ganado y Otilia recoge los enceres, para emprender el regreso. Marcos camina feliz y contento a casa de su padre Seflo. El corazón enamorado se impacienta por dar la noticia a su progenitor. Ha conocido a la mujer de su vida. Severino está alejado de la hermana, reagrupando el ganado, cuando oye los gritos de Otilia. Corre a socorrerla, sin importarle las ovejas. Al llegar cerca del lugar se detiene bruscamente, observa como más de veinte romanos han apresado a la muchacha. Intentar liberarla, enfrentándose él solo a los invasores sería un suicidio. No se esconde por cobardía lo hace por prudencia y se queda quieto, tumbado sobre el suelo. Irá a buscar a Marcos, para que le ayude a recuperar a Otilia, es la idea que bulle en su cabeza. Ramón nota que la piedra está demasiado caliente, apenas puede aguantar el calor, es como si hubiera estado expuesta a un sol de verano, casi de cuarenta grados. Se levanta y se dirige hacia el otro bloque de piedra tallada, para sentarse. Lo hace con sigilo y observando con precaución. Mientras se aproxima a la piedra la persecución se continúa y los dos jóvenes se protegen de ser vistos. El hombre está más confuso si cabe, aquellas visiones reflejadas en la piedra, deben ser producto de su imaginación. Ha leído y estudiado mucho y la mente le está causando una mala pasada, piensa. -¡Marcos, Marcos tienes que ayudarme! Los romanos han secuestrado a Otilia- grita Severino, desesperado. Ha ido al encuentro del amigo, para pedirle ayuda. No tiene otra opción. -¡Quietos, daros presos!- dice uno de los romanos. Los muchachos han sido sorprendidos. Intentan rebelarse y plantar cara a los soldados, pero no tienen armas algunas y es inútil. Son capturados y conducidos campo a través. Atados, como animales, son unidos a otros prisioneros. Más de treinta hombres son llevados a algún lugar desconocido como destino. Los más jóvenes a las termas, el resto a las canteras, es lo más probable. Tres largos e intensos días de penoso camino, sin comida y sin agua suficiente. Apenas un cuscurro de pan duro, para cada uno. El agua la que encuentran de paso en cualquier barranco, si hay suerte. De lo contrario beben de la sobrante de los caballos de carga. El pasado día los prisioneros han sido divididos en dos grupos y los amigos quedaron cada uno en grupo distinto. Sus destinos se separaron y con ello las posibilidades de recuperar a Otilia. A Marcos le sangran los pies, por la penuria del camino y las cuerdas apretadas a los tobillos. Está muy cansado y desea tumbarse sólo un momento, descansar el tiempo suficiente de tomar aliento, para continuar. -¡Vamos, levanta!- grita un romano, dándole una patada en el costado. Hace un sobreesfuerzo y se incorpora nuevamente, para continuar. Tras el cerro siguiente llegan al valle del Guadalhorce, cerca de Ardales. A lo lejos se divisa el Chorro y el desfiladero de los Gaitanes. Descienden, hasta las orillas, en la misma garganta del desfiladero. Los presos se lanzan al agua, sedientos y sucios. Los soldados no hacen nada por impedirlo. Marcos se remoja en el agua tumbado bocarriba y queda perplejo por lo que ven sus ojos. Los esclavos sujetos, por la cintura, con cuerdas, penden de las paredes. Con grandes mazos de hierro golpean la piedra, para arrancarle grandes bloques Marcos se imagina cual será su destino, quedará allí atrapado, a su suerte, rompiendo piedras. Ramón se sienta en el pesado bloque, el mineral está completamente frío. El mismo hielo que le recorre la sien en el momento de tener contacto con la piedra. Un intenso escalofrío le recorre las venas hasta el cerebro y le pone la piel de gallina. Marcos es trasladado a la zona de despiece o lugar donde se tallan y separan los distintos bloques. Unos para adoquines, otros para los escultores y otros se tallan allí mismo. Al muchacho le ordenan que talle una de las piedras, junto a otro joven casi de la misma edad. En un bloque de piedra de varias toneladas con mazo y un cincel abren una zanja de unos treinta centímetros de ancho por quince de profundidad. El muchacho desconocido tiene las manos llenas de llagas y heridas sangrantes. Marcos lo mira sin atreverse a hablar. -¿Cómo te llamas?-le pregunta el desconocido. -Me llamo Marcos. ¿Y tú?- devuelve la pregunta. -Julio, mi nombre es Julio- le responde. -¡Silencio y a trabajar!- interrumpe bruscamente un vigilante. Marcos intuye cual es su trabajo y comienza a tallar la piedra. No deja de pensar en Otilia, qué habrá sido de ella, cree que se va a volver loco si no puede verla otra vez. Piensa en su rostro, el pelo cobrizo, las muecas de su risa, el timbre de la voz. Siente sus labios sobre los suyos, cálidos y suaves. Entretanto, talla a mazo y cincel, sobre un costado del bloque, un bloque destinado a la conducción de aceite en un molino, de los muchos que construyen y controlan los romanos, para exportar aceite a Roma. Golpe a golpe, produciéndose llagas en las manos intenta grabar el signo O, de Otilia, su amor. Qué ingrata es la vida, apenas unos besos han bastado, en su vivencia, para, ahora, desaparecer en la nada. No hay esperanza de futuro, para ellos. La vida queda reducida a la tragedia final. Ramón siente un calambre en el pecho, se lleva la mano al corazón y siente el latido acelerado. Con temor y curiosidad, lentamente, mira los laterales de la piedra, en la que está sentado y, Justo en uno de ellos puede leerse, claramente, el símbolo de la O, de Otilia. Francisco Miguel López Jiménez |
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