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Tu diario. Libertad de expresion

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Relato: Caso cerrado
Lydia Tapiero Eljarrat. 13.09.14 
La luna llena delataba las huellas en la tierra húmeda. Julio avanzaba con grandes zancadas, en soledad y con un solo objetivo. Tuvo que coger aliento cuando llegó a la verja forjada de hierro. La mano que aferraba el cuchillo empujó las rejas que se abrieron con el quejido del metal, y el libro que agarraba con su otra mano se tambaleó al avanzar. Atravesó decenas de piedras grabadas con inscripciones mudas, quedando rodeado entre pinos que apuntaban al cielo desafiante regalando su aroma a los muertos. Los pasos de Julio se hicieron cada vez más pequeños y mas lentos hasta parar frente a una lápida. Luchó por no desmoronarse y leyó: ‘Ana Villalba, el sentido de mi vida’, aun con la mirada fija en aquellas letras sintió el aliento de su mujer envuelto en un viento frío que le despeinó la melena, como a ella le gustaba, y escuchó el susurro de las hojas al moverse dándole la bienvenida. Julio volvió su mirada hacia la lápida de al lado, una mucho más pequeña, en la que leyó: ‘Susana Villalba 2004-2007, fruto de un amor’. Se sentó temblando entre ellas, acarició el libro sin abandonar el cuchillo y sus ojos viajaron muy lejos mientras leía la primera página, el día que conoció a Ana. Siguió envolviéndose de palabras vividas, volvió a casarse y volvió a llorar de felicidad cuando fue padre. 
Las páginas siguieron avanzando como la noche, hasta llegar al abismo que envolvían decenas de hojas en blanco. Su negación le perturbó la mente y empezaron a surgir frente a él palabras que encabezaban el año 2008, y volvió a ver a su pequeña y volvió a celebrar aniversarios de boda y fiestas de cumpleaños. Así estuvo largas horas hasta que la claridad de la mañana volvió a borrar las palabras. Se levantó dejando el libro abierto en el suelo, apretó el cuchillo y con un rápido movimiento se rajó la muñeca pintando la tierra de rojo, sabía que no tenía mucho tiempo y rodeó las dos tumbas hasta formar un círculo con su sangre. El conjuro se completó cuando su cuerpo cayó como una piedra entre ellas, boca abajo.

Avanzada la mañana el cementerio perdió su calma con el ruido de las sirenas y un enjambre de curiosos intentando acercarse. El detective De la Torre siguió el camino de la sangre mientras se ponía los guantes, observó el cuerpo de espaldas, con los brazos estirados tocando las lápidas que lo limitaban, se agachó para registrar sus bolsillos y encontró un carnet de identidad. ‘El caso Villalba’, murmuró. Cogió el cuchillo que yacía al lado del cuerpo y lo puso en una bolsa de plástico, después de revisar los cortes de las muñecas, le dio la vuelta al cadáver. La cara estaba manchada de tierra, aun así era visible la calma en su rostro, nada que delatara una muerte traumática. El detective cogió el libro del suelo y lo hojeó hasta llegar a la última página, donde leyó: ‘La venganza será mi descanso’. Se volvió a agachar y remangó la chaqueta del muerto, encontrando lo que buscaba, el tatuaje de un rayo negro.

La muerte de Villalba, le dio un nuevo impulso al caso, sin embargo un año después en su oficina el detective De la Torre descargaba su furia contra las paredes: ‘¡Cerrar el caso por falta de pruebas, cuando la evidencia te escupe en la cara, la ley es una mierda!
El detective cogió una bocanada de aire en un intento fallido por calmarse y cuando fue a sentarse vio una carpeta abierta en el escritorio con la foto de la familia Villalba, y encima de este un rayo de color negro. Recordó las palabras de la última página del diario de Julio: 'la venganza será mi descanso'. Empezó a pasar página por página encontrando en cada una de ellas el mismo símbolo. El teléfono le sobresaltó, en la otra línea le informó su ayudante de la misteriosa muerte de los tres sospechosos del asesinato de los Villalba. Los encontraron en sus respectivas casas, desnudos, y rodeados por un círculo de su propia sangre, con los ojos fuera de sus órbitas, la mandíbula desencajada y un insoportable olor a podredumbre. Nadie escuchó nada, nadie vio nada. El detective colgó, cerró la carpeta y obedientemente puso el sello de caso cerrado, mientras se repetía complacido ‘Julio Villalba descansa en paz’.

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