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Tu diario. Libertad de expresion

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La historia de Kiti
Basada en un hecho real

Fº Miguel López Jiménez. 06.09.14 
Como todas las mañanas, desde hace cuatro años, Sebastián pasea  su bulldog francés, Pepa, por la urbanización de Capellanía.
Sale de su casa, abrochándose la camisa, baja por calle Balandro, cruza calle Arriete y atraviesa hasta Avenida de la música, en la Zona de Capellanía.  Se detiene, en época de zarzamoras, a comer las que sobresalen por el alambrado metálico de las pistas de pádel. A veces, precisa  un palillo, de los que encuentra tirados en el suelo, para coger las que no alcanza con la mano y traerlas hacia la valla. Tanto a Pepa como a Sebastián les encanta el fruto silvestre. Aunque sea dañino para el animal y, al hombre, se le introduzcan las semillas por la prótesis dental.
Hasta aquí todo es normal y habitual en la ruta diaria, matutina. Es consciente que dentro del alambrado hay muchos gatos vagabundos y se alimentan de los contenedores de  basura que están apostados al otro lado de la calle. Los animales rompen las bolsas de plástico y rebuscan en su interior, hasta encontrar algún resto de comida o charcutería, ya pasada de fecha y  tirada al cubo, en algún hogar de los alrededores.
Ha visto, en muchas ocasiones, como las almas caritativas de los vecinos les traen agua y comida. Se la introducen por un roto que hay en la malla. En algún momento Sebastián ha discutido con estos benefactores de gatos vagabundos por alimentarlos. No entienden que  con ello aumentan la población felina. Cuando hay abundancia de alimento las camadas son más frecuentes y en mayor número de cachorros. Además que está prohibido por ley. No tienen ninguna vacuna puesta y pueden transmitir muchas enfermedades, incluso la rabia. Son un peligro, para los niños del colegio Algazara, situado en la acera de enfrente.
Aquella mañana no va a ser como las demás, Pepa está inquieta y nerviosa. Quiere retroceder unos metros más abajo de donde el hombre está comiendo las moras.
-¿Qué te pasa, Pepa?- le pregunta. Dejándose llevar por el tiro de la correa.
Y allí, tumbada, entre los matojos secos, sobre la tierra roja y árida se encuentra una gata chartreax en francés. De raza cartuja, un animal doméstico originario de Siria. El pelo gris azulado y el color miel de los ojos  le da una apariencia hermosa. Es un animal muy bello. La mirada se clava, intensamente, en los ojos  de Sebastián. Cómo es posible que esta preciosidad de gata se encuentre en este lugar, con el resto de gatos comunes, famélicos y zarrapastrosos.
Sebastián no puede resistir la pena interior ante aquellos ojos, brillantes y acuosos, que intentan decirle algo. No se puede resistir y…
-¿Dime, preciosidad, qué haces tú aquí?- pregunta. Ve tan tierna, melancólica y triste la expresión en la mirada de la gata.
El felino dalea un poco la cabeza, inclinándola hacia la izquierda y…
-Me llamo Kiti y esta es mi historia-
Un día…
-¡Mamá, la gata de la vecina ha tenido gatillos! ¿Nos podemos quedar con uno?- pregunta Raúl a la madre. La familia vive en un bloque de siete plantas en la capital malagueña. El niño está muy ilusionado.
-Mi madre Sofi, acaba de parir cuatro hermosos gatitos-cuenta la gata.
-Tres hermanos machos y yo, una gatita distinta. Mis hermanos son menos auténticos,  han perdido algo de pedigrí, en cambio, yo soy de propia estampa cartujana- dice ella.
Y continúa contando a Sebastián, sin dejar de mirarlo a los ojos. Así se mira, cuando se cuenta la verdad. Con orgullo y la cabeza alta.
-No sé, tengo que preguntárselo a tu padre- responde la madre de Raúl - ¿Se lo has pedido a la vecina? Lo mismo los tiene comprometidos- dice Encarna, madre del niño. No muestra mucho entusiasmo por la idea, sabe que es un capricho más y el trabajo, de cuidar al gato, será para ella. El niño no ha aprendido a cumplir  responsabilidades.
-Ha sido ella, quién me ha dicho si quiero quedarme con uno- responde el pequeño.
Raúl tiene once años, es un crío consentido y caprichoso, pero se muestra tierno y muy sensible con los animales. Por un momento consigue engañar a la madre y se siente predispuesto a ser responsable.
A la hora de la cena, Raúl pregunta a su padre, si le permite el nuevo capricho, petición que el padre le concede. No hay nada que pueda negarle, son de los que piensan “a los hijos hay que dárselo todo”.
-De entre los cuatro, de la camada, el niño me eligió a mí, soy igual que mi madre, de pura raza cartuja- y sigue contando- Mi madre, Sofi, fue comprada en una tienda de mascotas y accesorios, hace cinco años. En una de sus salidas nocturnas, improvisadas, conoció al gato de su vida, de tan sólo una noche y, aquí, en este mundo incierto, aparecimos nosotros-
Y sigue su historia.
-El niño no deja de besarme y apretujarme contra su pecho, me lastima y no se da cuenta, yo maúllo, pero no me entiende. Tiene las manos sucias de jugar por la calle y me está manoseando sin piedad. Con lo relamida que me tiene mi mamá, limpia y aseada como una flor. Me ha puesto un nombre ridículo “Kiti” ¡qué absurdo y feo!  Es tan bobo el nombre como lo es el niño. Eso sí, me han comprado una cestilla con el cojín de terciopelo, muy cómodo. Unos cuantos juguetitos de plástico. Pero lo que más me divierte y será para siempre, es una ratita blanca de peluche. Tiene los ojos rojos con el iris negro y un punto blanco, resulta gracioso el entretenimiento.
Han pasado los años, y ya me he convertido en una señorita gata, guapa y hermosa, y no es que yo me lo diga a mí misma, lo dicen todos aquellos que me miran. Ando con mucha elegancia y me aseo muy a menudo, procuro tener el pelo impoluto de limpio. Ya he cumplido los dos años y me tratan …,  bueno, simplemente, me tratan. Me sirven el agua y la comida en mi propio cuenco y algún que otro empujón con el pie, cuando estoy debajo de la mesa maullando. Se creen que les estoy pidiendo comida y es, simplemente, que me alegro y estoy contenta que todos se hallen sentados a la mesa. Últimamente los papás apenas están, mucho tiempo, juntos. Hay algo raro en la pareja, no sé si es que piensan en el divorcio.
Tengo la sensación que les estorbo de alguna manera. Si Raúl me encuentra tumbada en su cama me tira algún objeto o grita, antes no lo hacía y me dejaba dormir con él en la cama. Tampoco sé que mal le he causado a la mamá que me deja encerrada en el balcón mucho tiempo. No tiene en cuenta si hace calor o frío, o esté lloviendo. No me porto mal, hago mis cositas en el cajón que hay en la terraza con arena. Me bañan en la pila del patinillo de la cocina y no protesto, ni les araño por echarme jabón en los ojos. Se lo permito todo y es que los quiero tanto, son mi familia.
A mi madre no la he vuelto a ver, tampoco, sé nada de mis hermanos ¿Qué habrá sido de ellos? Me pregunto muchas veces. Habrán tenido la misma suerte que yo y habrán dado con una familia tan maravillosa como la mía.
Hay mucho ajetreo en la casa, desde hace días. La madre grita, Raúl le grita aún más. El padre asoma poco por la vivienda familiar y cuando lo hace, todos ponen malas caras. Algo está pasando y no averiguo de qué se trata.
Esta mañana, muy temprano, apenas si ha amanecido hay ajetreo. La luz de las farolas, aún, están  encendidas. La mamá de todos me ha quitado la cama y el cojín y lo ha introducido en una bolsa, grande y negra, de basura. Ha tirado el agua y junto al plato de la comida los ha metido, también, en la bolsa. Creí que dejaría los juguetes, pero no, ellos y la ratita blanca, de peluche han corrido la misma suerte, ir a parar a la bolsa. Me doy cuenta que, en los gestos, con los que ella está recogiendo todas mis pertenencias, hay rabia, intenciones dudosas, y me está produciendo miedo.
Raúl no ha llegado del colegio, posiblemente, cuando vuelva me ayude a entender este desbarate. Ahí está, he oído el ascensor en el rellano, se acerca a la puerta del piso, conozco sus pisadas, siempre estoy atenta cuando él viene, para saludarlo. No importa que me aparte con el pie, en el fondo de su interior sé que me quiere, pero es su forma de ser y yo lo acepto, es mi pequeño y siempre lo será-
Raúl entra en casa, la madre ha abierto la puerta al tocar el timbre. Está nerviosa y vocea demasiado.
-¡Venga date prisa y mira si ha quedado, por algún sitio, algo de la gata! Tenemos que irnos- insiste la madre, rozando el genio de la estupidez.
-Mi pequeño no me ha saludado como lo hace siempre, a su manera, dándome una patada, pero es que su madre lo pone nervioso- dice kiti y sigue contando…
-Una vez que han recogido todas mis pertenencias abandonan la casa. Los dos se montan en el coche, aparcado en la puerta del bloque y lo ponen en marcha. A mí me han metido en el maletero con las bolsas, está oscuro, pero no tengo miedo. Sé que me llevan de paseo como otras veces. Será muy divertido ver de nuevo el campo.
Después de un recorrido en coche, muy largo, hemos llegado a un lugar que desconozco, no es el campo de siempre. Pero qué hace la mamá con mis cosas, las ha tirado al contenedor y mi ratita, también. ¡Qué pena con lo que me divierto con ella! Será porque ya está vieja la ha tirado. ¡Cuántos gatos hay aquí y qué sucios y feos son! – Piensa Kiti. Cada vez lo entiende menos.
 -Me han metido por este agujero en la malla metálica y se marchan, sin decirme adiós. Seguro que se han enfadado conmigo, pero, por qué- Está más confusa si cabe.
- Los gatos del lugar se acercan a mí y huelen mal, están sucios. No quiero quedarme aquí, si he cometido algún error o me he portado mal, cosa que no lo sé, por favor no me castiguéis así-dejando correr unas lágrimas.
-Vi cómo el coche había desaparecido de mi vista y me senté a esperar. Creo que me han castigado por algo, pero pronto vendrán a por mí. Mi pequeño niño me quiere, lo sé. La mamá no es mala, aunque tiene mucho genio y el papá, bueno el papá casi nunca está.
Llevo mucho rato aquí, está oscureciendo y estoy cansada y no tengo mi cama. Cómo voy a dormir en el suelo de tierra, me pondré sucia. También tengo hambre y no me han dejado el plato con la comida-
Los grillos no dejan de cantar y están asustando a Kit.
- Esos bichos que chillan qué serán, no los he escuchado nunca, serán peligrosos. Llevo mucho rato aquí y mis dueños no vuelven y…
La gata se queda completamente dormida, agotada y hambrienta.
Al día siguiente.
-¡Puff, me he quedado dormida¡ ¡Anda, pero si es de día¡ He pasado aquí toda la noche y Raúl no ha venido. Su enfado conmigo debe ser muy grave y no consigo averiguar qué travesura habré hecho. Vendrá ahora de día, es posible que la madre no lo haya dejado salir de noche. Tengo hambre y no sé qué voy a comer. Estos gatos están saliendo por el roto de la malla y traen restos de comida ¡qué asco¡ estará contaminada, van a enfermar todos. No sé cómo pueden comerse esa porquería-
Uno de los gatos comunes, negro de verdad y no negro de sucio, aunque está machado de aceites y tierra. Se acerca a Kiti y le ofrece una rodaja de embutido.
-¡Toma y come si quieres sobrevivir¡- le dice muy galantemente-Yo de llamo Rody- le dice.
-¡Gracias buen gato¡ No pienso comerme eso, está asqueroso. Mis dueños me tienen prohibido comer nada de la basura, Incluso más de una vez me han tirado el zapato, hasta que lo entendí- le explica Kiti.
-Tú misma guapa.  Ya tendrás hambre y no serás tan relamida- le dice.
Pasaron tres días con sus correspondientes noches.
-No quiero pensar en lo mal que me habré portado, para que me castiguen de esta manera. Los echo de menos  a todos- se lamenta de algo que, posiblemente, no haya ocurrido.
-Al final, tengo que comerme esta basura que Rody me está trayendo todos los días e insiste tanto en que me la coma. Cerraré los ojos y no la miraré, pensaré en una de las sobras que  alguna vez me dan mis dueños- No le queda otra opción, si no come morirá irremediablemente. Después de todo, estos gatos vagabundos se lo comen todo y no se mueren de posibles infecciones tóxicas.
-Han pasado más de tres semanas y no ha venido nadie de mis dueños. El castigo dura demasiado tiempo, sí que debió ser grave mi travesura- se pregunta Kiti.
Al cabo de cuatro semanas, aparece repentinamente el niño, apoyando las manos sobre la tela metálica. Un silbido, ya conocido para la gata, deja salir el pequeño por la boca. El animal abre los ojos y lo ve allí mirándola y silbándole. Parece indiferente y no sonríe.
-No no me moveré de aquí, seguiré tumbada hasta que me perdone. Cuando acaricies mi lomo y me sonrías sabré que estoy perdonada y que me quieres. Pero, ¿por qué no me acaricias? Te limitas a silbarme y no haces nada. Seguro que no me has perdonado ni levantado el castigo. ¿Hasta cuándo me vas a tener aquí, encerrada? No ves que estoy sucia, más delgada, y  sobre todo, triste porque os tengo en falta todos los días.
-No, no te vayas, no me dejes aquí, por favor. Perdóname por lo que te haya podido hacer, no ha sido con intención. No te marches, por favor-
Nada consigue con sus lamentos, el niño no se da cuenta de las lágrimas de Kiti, ni de la tristeza de su corazón que se agita acelerado por el dolor.
-¡Raúl! Llevo mucho rato llamándote. No quiero que te acerques a los gatos, es muy peligroso- le riñe la abuela.
Los abuelos viven,  justamente enfrente, en la otra calle, en  calle Bizet, pero Kiti no lo sabe, no ha visitado nunca a los abuelos del niño.
-No lo veo, dónde va- dice la gata cartuja - Seguro que ha ido a por mis cosas, para llevarme con él. No tardará mucho. Ya me habrá levantado el castigo y perdonado. He sido muy mal pensada en creer que no me quiere-
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