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A motor de Alubia | | Eduardo Saez Maldonado. 10.07.14 | |  Hace unos días leíamos en la prensa que casi 250 personas de cierta relevancia social han firmado un manifiesto titulado “Última llamada” donde se reflexiona sobre los límites del crecimiento en el planeta. Fuera de las redes sociales no ha tenido mucho eco, la verdad, pero me parece muy relevante porque es un tema sobre el que el “sagrado” crecimiento económico pasa por encima sin miramientos. Y lo que me parece verdaderamente importante y hasta esperanzador es que vemos entre los firmantes (además de gentes de la universidad, asociaciones y ecologistas) políticos españoles más o menos destacados (o que quizá lo sean en el futuro). Así, de este colectivo, firman el comunicado bastantes militantes de EQUO (lógicamente, ya que el concepto de finitud del planeta forma parte estructural de su pensamiento político), pero también vemos que miembros de PODEMOS (a los que no había oído nunca pronunciarse sobre temas ambientales) también se adhieren, así como relevantes miembros de IU, lo que parece indicar que la problemática ambiental, globalmente considerada, está cada vez más integrada en su ideario. Y por otro lado llama también la atención (aunque no sorprende, la verdad) que nadie del PSOE aparezca como firmante. El PP ni está ni se le espera. | Y es que nos acercamos peligrosamente a una situación inédita en los cerca de 5.000 millones de años de historia de la Tierra: estamos llegando a los límites físicos del planeta en cuanto a población, desarrollo y, por tanto, explotación de “recursos”. No es raro leer comentarios sobre la magnitud de esta explotación y el derroche energético que esto requiere y que los países occidentales mantenemos, pero no es fácil hacerse a la idea de su dimensión. Ocurre como cuando nos dicen que no se quién tiene 1.000 millones en Suiza, o 10.000. Nos da igual: es más de lo que podemos imaginar. Por eso a veces viene bien acercarse a estos datos desde otra perspectiva. Para ello es mejor hacer un símil como ese de que si todos los habitantes de la Tierra tuviéramos en mismo nivel de consumo, se necesitarían dos o tres planetas para sostenerlo. Propongo aquí una reflexión al respecto con un símil distinto y, quizá, más cercano. Nuestra civilización, hasta la revolución industrial, sólo obtenía energía de origen muscular, tanto propia como de los animales de que se servía (“a motor de alubia” le gustaba decir a mi padre), o la resultante de explotar fuentes renovables como quemar madera o aprovechar el viento para molinos o para navegación. El descubrimiento del petróleo como combustible de alta densidad energética almacenado en grandes yacimientos relativamente fáciles de explotar, inició una dinámica que nos llevó a tener una peligrosa capacidad de transformación de nuestro entorno y una dependencia energética cada vez mayor. Se suele medir el consumo energético en unidades que se refieren a la energía almacenada en una tonelada de petróleo (TEP: tonelada equivalente de petróleo). Así, los españoles consumimos por persona y año una media de unas 2 TEP, es decir, la energía que obtendríamos al quemar 2 toneladas de petróleo. Si tuviéramos que tener almacenado ese petróleo para ir gastándolo a lo largo del año necesitaríamos cada uno de nosotros sitio suficiente para guardar 2.000 kg de petróleo. Menos mal que nos lo suministran poco a poco en las gasolineras y a través de electricidad en nuestras casas. No solemos pensar en que los combustibles fósiles son cada vez más difíciles de extraer; el ritmo de descubrimiento de nuevos yacimientos disminuye y hay que inventar métodos dudosos (fracking) para mantener la demanda. Pero se acabará agotando, claro. Y es que el petróleo no es más que energía solar que permitió el crecimiento de plantas que, en condiciones climáticas determinadas durante millones de años se fueron depositando, acumulando y transformando en el suelo generando yacimientos de hidrocarburos. El petróleo, desde un punto de vista termodinámico, no es más que millones de años de energía solar atrapada en enlaces químicos de origen vegetal y enterrada en el subsuelo. Si se tuviera en cuenta, no el coste de extracción, sino lo que realmente ha costado (a la naturaleza) producirlo, nos llamaría la atención que un litro de gasolina valga más barata que un litro de coca cola. El sistema capitalista no tiene en cuenta otros costes que los directamente implicados en la producción de los bienes. Por supuesto no contempla costes ambientales, ni tiene en cuenta que estamos quemando literalmente el futuro. Y es que el precio de la energía es tan barato que las empresas occidentales prefieren fabricar en China porque el ahorro en mano de obra supera ampliamente el coste de la energía usada en el transporte de los bienes desde Asia hasta aquí. Y ahora viene el símil. Un producto muy nuestro, el aceite de oliva, tiene una densidad energética del mismo orden de magnitud que el petróleo. De hecho, dicen que los coches diésel pueden usar aceite mezclado con el combustible sin grandes problemas. Y es que el aceite no es más que energía solar concentrada en moléculas grasas sintetizadas por seres vivos. Como el petróleo. Si en vez de petróleo tuviéramos que depender energéticamente del aceite, necesitaríamos igualmente unas 2 TEA (toneladas equivalentes de aceite, unidad de medida que me acabo de inventar) por persona y año en España. Considerando que somos unos 45 millones de españoles, necesitaríamos unos 90 millones de toneladas de aceite. Sin embargo España, primer productor mundial de aceite de oliva, que exporta casi la mitad de su producción, produce 800.000 toneladas al año. Por resumir, si dependiéramos energéticamente del aceite tendríamos que producir unas 100 veces el aceite que producimos y como el olivar ocupa aproximadamente el 5% del territorio nacional, necesitaríamos convertir en olivar una superficie igual a cinco veces España (España + Portugal + Francia + Italia + Alemania) para abastecer la demanda española. No parece, pues, dicho sea de paso, que los biocombustibles sean la solución. Esto es una fábula, lógicamente, que pretende sólo que nos ayude a hacernos una idea del nivel de demanda energética con el que vivimos los ciudadanos de Occidente. Desde luego, los iluminados ecologistas no pretenden que lo hagamos todo “a motor de alubia”, porque además de los combustibles fósiles estamos usando también otras fuentes de generación eléctrica que el actual desarrollo tecnológico nos proporciona. Así, aparte de la nuclear (sobre la que habría muchas consideraciones que hacer) están también el sol y el viento que son la mar de útiles. El año pasado, sin ir más lejos, el viento generó el 20% de la energía eléctrica total generada en España. Por lo que se refiere a la fotovoltaica, para generar los 2TEP anuales que demanda cada español, se requiere una superficie de paneles solares de unos 120 metros cuadrados. Es decir, que para abastecer la demanda energética de España (no sólo la eléctrica, sino también el transporte) necesitaríamos ocupar unos 5500 km cuadrados de paneles (el 1% del territorio nacional). Teniendo en cuenta que la superficie ocupada por edificaciones (cuyos tejados pueden ser utilizados en este sentido) e infraestructuras es superior al 2%, no parece tan descabellado, por lo menos, estudiar el tema. En definitiva, que para cuando se acabe el petróleo (y obviando consideraciones de contaminación, cambio climático etc.) ¿no habría que ir pensando en otra manera más sensata de obtener energía? O incluso, como se sugiere en el manifiesto al que me refería al principio de este escrito, ¿en otra manera más sensata de organizar nuestras vidas? Porque estos números están hechos considerando la población actual y la demanda actual de energía, parámetros ambos que no han dejado de crecer a lo largo de la historia. Parece claro que nos estemos acercando a los límites de población y desarrollo que el planeta es capaz de soportar. Sin embargo promover el crecimiento demográfico y económico sin límite está en la base de casi todas las políticas defendidas hasta la actualidad, tanto de derechas como de izquierdas. La llegada del ecologismo a la política es pues una necesidad transversal (creo que ahora se dice así), porque más allá de salvar las ballenas (otro día hablaremos de la importancia de la pérdida de biodiversidad) el problema ecológico es ya planetario, y es en ese contexto en el que hay que considerarlo. Es por esto por lo que el hecho de que el manifiesto “Última llamada” haya sido firmado por políticos relevantes de IU, EQUO y PODEMOS, partidos en clara progresión electoral, es esperanzador. Y es también significativo, aunque no tan esperanzador, que los dos grandes partidos hegemónicos que se han repartido el poder (iba a decir el cotarro) en los últimos 30 años no se preocupen lo más mínimo por estos temas. Deberíamos empezar a tomar nota de todo esto porque la crisis del siglo XXI, además de económica y social, va a ser también (y quizá sobre todo), ecológica. Conjugar el crecimiento del tercer mundo (que ya les toca) con el mantenimiento de nuestro nivel de bienestar y evitando a la vez la dinámica suicida del crecimiento infinito (en un planeta que no lo es) es un problema que quizás no tenga solución. Y es que una vez que hemos analizado en profundidad la lamentable eliminación de la selección española de fútbol en el mundial (y hasta la de la selección brasileña) habría que empezar a pensar en el futuro del planeta (y por tanto, en el nuestro) con un poco de perspectiva y altura de miras, para variar. Aunque quizás sea mucho pensar, porque en esto sí que seguimos, “a motor de alubia”. http://www.publico.es/estaticos/htmls/ultima-llamada.html Eduardo Sáez Maldonado
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