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Ojo con las televisiones (1) | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 08.06.14 | | No está de más recordar que “Cuatro ojos ven más que dos”, sin embargo esto no quiere decir que cuatro ojos vean el doble que dos, que es como muchas veces se interpreta el refrán. Siempre hay un espacio común entre lo que ven dos ojos y lo que ven cuatro. Todos sabemos que hay que andar con los ojos como rastros, sobre todo, si tenemos cierta edad, para poder hacer memoria, ya que, si no atendemos a lo que tenemos delante de los ojos, difícilmente podremos tener memoria de la devanadera machadiana de las cosas que nos pasan por delante de nuestra propia cara. Ni que decir tiene que no es preciso tener cara, sino sencillamente bastante vista. | Las televisiones se han hecho para ser vistas y también oídas, pero por su propio nombre, muy internacional (ya que es mitad griego y mitad latino), se insiste en el invento que nos hace ver desde lejos. Quizá para que no nos confundamos, la televisión no es un telescopio, que nos ayuda a mirar a lo que está lejos. Con el telescopio podemos ver, pero como seres humanos, lo que queremos ver; sin embargo con la televisión vemos lo que nos mandan o nos echan. También los perros y los gatos y los periquitos domésticos ven la televisión. La televisión es el artefacto que más trabaja en muchas casas, aunque no haya, muchas veces, nadie pendiente de sus labores. La televisión trabaja y no necesita ningún capataz. Se le enchufa y allá ella. Se toma el trabajo muy en serio, sobre todo si está en pocas manos, que saben manejarla para que los ojos estén ahí, si no pendientes, sí dependientes. La obediencia debida le hace cumplir sus deberes, a veces malsanos, como a algunos políticos. Sabemos que las televisiones no son todas iguales, ya que quien manda manda. Y muchas veces manda razones. Hay televisiones o canales que parecen sumideros, hay otras que parecen niños mimados, hay otras que en vez de canales son sólo canalones, pero recogen el agua natural y pura de la lluvia...Hay televisiones de todos los colores, aunque unas sean más chillonas que otras. Hay televisiones educativas, educadas y otras que se creen con “superioridad intelectual”. En fin, que parece que hay para todos; pero la verdad sea, aunque solo pensada, un suponer, y no dicha, que televisiones que se ofrecían como alternativas a otras, se van acondicionando a modos y maneras que les hace hacerse mayores, van perdiendo flexibilidad y se van desluciendo. Hasta la Sexta ya nos hace pensar en otras cosas, además de pensar de otra manera. Poco a poco se ve cómo el tono juvenil, espontáneo se trastoca en otro tono un tanto maduro, o sea, adulto, aunque algunas veces llega a ser casi adúltero, en el sentido de que adultera el equilibrio que debe existir entre dos bellezas naturales que forman la eterna pareja bien avenida de la palabra y la imagen visual. Desde hace algún tiempo, entre amigos, estamos hablando en la calle de una empresa (gran astro de la galaxia Gutenberg), empresa editorial que nos ha acercado muchos libros a las manos y a los ojos, que se ha caracterizado por haber hecho de la palabra un imperio de la palabra escrita, con tantas ediciones, con tantas fibras humanas, que nos han tejido verdades y ficciones, realidades y sueños, historias y leyendas. También hemos expresado nuestra sorpresa ante el hecho de que los mismos que nos han servido tan dignamente la palabra escrita nos dispensen ahora la palabra hablada con cierta reserva o servidumbre. Podemos explicamos brevemente. De todos es conocido el refrán que se nos clava constantemente y que nos dice que “una imagen vale más que mil palabras”. Pues es ahí donde más nos duele, porque las imágenes visuales que nos prestan en algunos debates, y no es casualidad que sea una manía tan reiterativa, chafan la palabra de la persona que está hablando con la imagen poco agradable de alguien que escucha. Pero es que, además, el que escucha, chupa cámara por un tubo; reinterpreta con sus gestos, con sus mohines, con sus aspavientos, con sus muecas, con sus pucheros, si no llenos de grasa, sí ahítos muchas veces de desprecio, todo lo que dice quien está en el uso de la palabra. Es aquí donde la sagrada palabra hablada queda chafada y fachada, por una imagen que no se aviene con ella y que, por el efecto espejo, nos desarma, nos mete la contradicción en la mente y el malestar directamente en vena. Ojo, ojito, con la televisión que, como ya dijimos una vez, no es una ventana abierta al mundo, sino que, más bien, nos hace ver el mundo por una ventana.
Josemª. |
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