
El debilitamiento de la unión política de Europa, coincidente con la crísis económica y del euro, tiene como primera consecuencia el debilitamiento de la Europa social. Se ha argüido que el Estado de bienestar y las políticas igualitarias se deben sacrificar para salvar el euro, como si las conquistas sociales (pensiones, seguridad social, asistencia a los desfavorecidos, etc.) fueran las responsables de los despilfarros y la mala gestión que inflaron las burbujas financiara, inmobiliaria o de infraestructuras.
La realidad, demostrada desde el siglo XIX, es que el proceso en la
igualdad favorece el crecimiento económico de Europa, mientras que el
crecimiento de la desigualdad y la permisividad con la exclusión social
no sólo son fenómenos injustos, sino que terminan afectando muy
negativamente a la economía por varias vías, como la caida del consumo
y el aumento de la conflictividad social y laboral.