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ETA sólo teme a la pólvora y a los jueces independientes | | Juan Carlos Sanz de Ayala. 26.11.06 | | Trabajando en la revista EPOCA de Jaime Campmany, me tocó cubrir las actuaciones del GAL, recorriendo las provincias vascas y el sur de Francia, recabando datos en los mismos lugares en los que poco antes había asesinado el GAL, del PSOE que no del PP, a varios etarras salvapatrias. Estuve en el cuartel de Inchaurrondo, en Hendaya con Chistian Fandó -la abogada de ETA- en los bares donde las balas del GAL habían dejado sus visibles agujeros, hablé con Tirios y Troyanos. Y puedo decirle, señor Ortega, que saqué dos ideas concluyentes: que lo que hacía el GAL era una barbaridad, mucho más cuando nos enteramos que estaba financiado por el Estado, y la más inmportante, que POR PRIMERA VEZ (y última) EN LA VIDA DE ETA, SUS TERRORISTAS ESTABAN ACOJONADOS. Les estaban hablando con su propio lenguaje.... | Mi titular fué claro: "Eta sólo teme al GAL". En aquel entonces nada se sabía de Amedo, de las implicaciones de Rafael Vera, José Barrionuevo y el SEÑOR X, de las cloacas de Estado en plena efervescencia intentando acabar con la sangría de ETA que tenía al Ejército altamente cabreado y a las Fuerzas de Seguridad del Estado impotentes a punto de estallar viendo cómo les pegaban un tiro en cuanto se descuidaban, ó destrozaban a sus hijos con una bomba en un Cuartel. Nuestra memoria es frágil, pero aquella fué una mala época para la Paz, la verdadera Paz. Y al PSOE no se le ocurrió otra cosa que enviar a los chicos de Amedo a la caza del terrorista, ó a comprar cal viva por palés para enterrar lejos del País Vasco, en Almería, a etarras ajusticiados, ó secuestrar a un pobre hombre como Segundo Marey y tenerlo encerrado y torturado a sabiendas de que se habían equivocado de persona. ESE ERA EL PSOE DE ENTONCES. No era, señor Ortega, el PP de Irak ni era el ingnominioso Bush del que usted tanto abomina. Puedo decirle que cuando cubrí la información de los Gal en sl sur de Francia, yo iba sólo, acojonado. Hacía texto y fotos. Me metía en un bar y veía en cada una de las caras de los allí presentes un etarra que iba a dispararme en la nuca al salir, ó un pistolero del GAL que podría empitonarme por el hecho de estar allí. Me tomaron por chivato, por "ojeador", por policía en el mejor de los casos. Y yo pregunté. Pregunté hasta cansarme, para poder escribir la verdad, MI verdad claro, de lo que allí estaba pasando, de lo que allí había visto. Nada se sabía entonces de que detrás de las balas asesinas del GAL se encontarra el PSOE y todo el aparato del Estado, con el SEÑOR X a la cabeza. Sólo se sabía que unos tipos llegaban a un bar, y disparaban a los etarras con gran frialdad, dejándoles allí más secos que una mojama. Y eso, Ortega, LES ACOJONABA HASTA MEARSE. Hasta entonces pululaban a sus anchas por las calles del sur francés, santuario de la banda durante decenios, como Federico por su casa. Sin depredadores a quién temer. Sin el miedo de tener que mirar atrás continuamente, sin el pánico de que te pueden tirotear mientras te tomas unos "txikitos" en la barra de un bar. Por primera vez, los etarras probaban su propia medicina con olor a pólvora, tenían el pánico escénico de sus víctimas, con el miedo metido en el cuerpo. Y se escondieron como conejos en sus madrigueras mientras su abogada, la Fandó, tan chiquitita como peligrosa, se me quejaba amargamente de la mala suerte de sus pobrecitos gudaris. Yo metí el dedo en el agujero de una de las balas del GAL en la barra de madera de un bar de la zona vasco-francesa, mirando a la puerta y analizando los movimientos de cuanto me rodeaba con la adrenalina a tope y el instinto de supervivencia a mil por hora. Allí era un sospechoso, no un periodista. Y pude constatar los sentimientos contrapuestos que me embargaron entonces: alegría por el MIEDO de los etarras y horror por la escalada de violencia que se estaba desatando. El 14 de julio de 1986, ETA asesinó a 12 guardias civiles con una bomba que les destrozó en el microbús donde viajaban en la Plaza de la República Dominicana, a doscientos metros de la redacción de la revista EPOCA. Yo estuve allí. Ví cuerpos mutilados, jóvenes destrozados, sangre, sesos, trozos de brazos y pies... todavía recuerdo a un chaval que yacía sin vida sentado en su sillón con los ojos y la boca abiertos chorreando sangre por todas partes. Hasta muerto parecía asombrado y confuso. "¿Por qué?" parecía preguntarme. La verdad, no supe qué contestarle. Sólo pude llorar y rezar por su alma. Consigan su Paz, señor Ortega, pero no cuenten conmigo para hacerlo a su manera. Se lo debo a aquel chaval cuyos ojos vidriosos todavía se clavan en los míos. Y sigo sin saber qué decirle. |
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