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Unas dudas de primavera
(Religión aparte XXXVII)
| | Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.04.14 | | “La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido”, nos dijo hace tiempo don Antonio Machado. Es tiempo de primavera, la estación más inquieta de todas. Con la primavera nos asedian las dudas y no sabemos si disponemos alegremente de “aguas mil” o si las detestamos. A veces nos provocan desconsuelos las lluvias, nos produce alergia algún polen y nos instalamos en la cuerda floja de la duda. Muchas veces hasta dudamos de nuestras dudas, no sea que nos deparen alguna certeza. Con el pasar del tiempo y de un sinnúmero de estaciones que nos frecuentan y a veces renuevan, a pesar de su rutinaria presencia, ahora podemos decir que no estábamos tan equivocados cuando empezamos a sacar al aire que la religión, tenga el cuño que tenga, se podía mantener aparte, sin mezclarse ni contagiarse de las penurias y riquezas de la secular sociedad civil.
| Tiempo llevamos sin sacar a colación situaciones, contextos, declaraciones que nos recuerden los lodos en que se suelen fusionar los diferentes poderes con el sólo hábito de la ingerencia mutua, sin poder detectar con claridad quién sirve a quien y quién utiliza a quien. No nos queda claro, aunque lo vislumbramos, quién hace el trabajo sucio y además sin faltarle a veces cierta complacencia. Últimamente, somos testigos de una cantidad de declaraciones de representantes religiosos que se aderezan con un sentido casi exageradamente escatológico, de trabajo sucio, al servicio de unos poderes civiles que quieren imponer a los demás una moral que ni ellos son capaces de sobrellevar. Todo esto nos recuerda aquella otra situación en que Jesús decía: “¡Ay de vosotros igualmente, doctores de la Ley, porque echáis sobre los hombres cargas que no pueden soportar y vosotros ni con el dedo las tocáis” (Lucas: 11, 46 y Mateo: 23,4). Como las Escrituras dan para todo, parece ser que se agarran, como a un clavo ardiendo, a las palabras de san Pablo a Timoteo (2 Timoteo 4,2): «Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina». Pero se dan las circunstancias en que se hace caso omiso de la recomendada “toda paciencia”, se levantan impacientemente fantasmas de la guerra civil, con una interpretación sesgada, amén de interesada, con un comportamiento propio de epígonos del “nacionalcatolicismo”, de triste memoria, histórica también. Para colmo la prédica va jalonada, a veces, de comparaciones desafortunadas, cuando no suenan a insultos. La primavera se ha presentado como un derroche de “flores” hacia una opción política, que como otras, se ha acicalado con las mejores prendas de la mentira, el maquillaje del insulto soterrado, el aval de la apropiación indebida de buenas proporciones de patrimonio público, que alegremente se ha dispensado a más de un amiguete o a más de un club de dudosa filantropía, que nos recuerdan la parábola de “El mayordomo infiel” (Lucas 16: 1-13), pero anclada en la exhortación (9) de “Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”. Ni que decir tiene que esta parábola parece una de las tantas interpolaciones que toman plaza en las escrituras y que contradice “la buena dirección” (ahora sí) del “buen mensaje” (evangelio) de las Sagradas Escrituras. También se saca a colación y se critica la ideología de género, cuando en su propia casa está, en este sentido, más de un rincón por barrer. Es verdad que del papa Francisco no podemos esperar una total revolución de la doctrina. Es su deber más mantenerla que enmendarla, pero se nos ha puesto al lado de la gente a la que respeta y acepta sin meterse en la vida de nadie, a no ser que la falta de amor y la sobra de crueldad estén desmantelando la vida de tantas personas y de tantos pueblos. Parece ser que en España el profetismo rancio, como un buen añejo, se ve obligado a seguir haciendo un caldo que cada vez gusta a menos gente. No pensábamos que en nuestra casa, España, y en el siglo XXI, no nos entrara el aire fresco y nuevo que ya se respira en Roma. Si en el mundo es posible que se vaya aclarando la atmósfera, aquí también todos tenemos derecho a un poco de ventilación. Si la luz viene de Oriente, esperamos que no se nos recomiende seguir con las ventanas empestilladas. Si la primavera ha venido, que nadie nos oculte la luz ni la diversidad de colores que brillan en su viva paleta.
Josemª |
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