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EDUCACIÓN Y ABORTO CERO (5)
| | Jose Maria Barrionuevo Gil. 26.01.14 | | Hace unos meses, un albañil, amigo nuestro, nos decía que “las mujeres y los hombres somos iguales, a lo sumo, en el comer y el descomer; en todo lo demás somos muy diferentes”. No le faltaba razón a nuestro amigo. Lo que nos pasa es que en el afán igualitario que pregonan las diferentes instancias del poder, que consiste en que todos piensen y actúen igual, hay una pretensión interesada que lo que quiere conseguir es que todos estemos cortados por la misma tijera (¿les suena?) que nos convierta en unos mansos borregos. | Cuando nos ilustramos sobre los temas, por otro lado tan nuestros, como son los de la mujer y el hombre, nos encontramos que Pilar Sordo, psicóloga chilena, después de años de investigación, nos dice que “Viva la diferencia”. Su trabajo nos arroja unos datos fehacientes de las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres y que la educación y el conocimiento nos pueden ayudar no sólo en la comprensión del otro sexo, sino también en el acercamiento hacia el otro, lo que nos lleva a compartir más que a distribuir los roles de cada sexo, consagrados por la tradición.
Así nos dice que “el hombre funciona por objetivos, porque tiene en su mente, como punto fijo, el punto final. La mujer, sin embargo, se mueve por la atención que dedica a los procesos, al trayecto, y así le gusta detenerse en los viajes y disfrutar del paseo”. De esta manera nos encontramos con que “para el hombre la mujer es una conquista y una vez que ha cumplido su objetivo, la deja de cuidar. La mujer es cuidadosa, necesita que la necesiten. El hombre da la impresión de ser autosuficiente, casi nunca pregunta ni pide ayuda. Esto viene dado porque el hombre piensa que lo sabe todo, que lo ha visto todo; es visual, incluso sus órganos sexuales están expuestos a su vista, y de ahí su propensión a la pornografía. La mujer, en cambio, no ve nada, en general solamente oye el ruido de la micción. Frente a la imagen visual, propia del hombre, que es totalizadora, la imagen de la mujer, en cambio, es auditiva, y de ahí su preferencia por el “chateo”, la conversación; y ya sabemos que la palabra funciona desde la falta (tiene que ser completada), no desde la totalidad. El hombre sabe que su mujer lo quiere, lo da por supuesto y nunca se lo pregunta, mientras que la mujer pregunta, no porque quiera saberlo, sino por la sencilla necesidad de escucharlo”.
No descendemos a más detalles, pues podemos completar todos estos datos por internet (Ver en Google: “Viva la diferencia” por Pilar Sordo). Como lo que nos interesa es convencernos a nosotros mismos del valor insustituible de la Educación Sexual y de la Salud Sexual, no tenemos más que seguir pensando que es nuestra responsabilidad, conseguir la libertad de compartir nuestros conocimientos en nuestras conversaciones y aplicar nuestro interés en la lectura, porque lo que nos venden a fuerza de publicidad está demasiado mediatizado y ya podemos ver cómo se adoctrina con libros que no se sustentan en ningún tipo de investigación seria, sino que propalan opiniones añejas y rancias, con las que, por interés de algunos, deberíamos retroalimentar nuestra cultura, que, queramos o no, se tiene que mover ya, y necesariamente, en los inicios del siglo XXI.
Siempre se ha dicho que “no somos gallinas y que sin embargo sabemos distinguir cuándo un huevo está fresco o no”. Algo parecido podríamos decir de instituciones célibes que nos hablan “del matrimonio y de la sexualidad”. Tienen todo el derecho del mundo a expresar su opinión. No obstante, tendremos que analizar en qué estriba la diferencia del tratamiento que podemos dar a los hechos, cuando falta experiencia de la realidad, porque no es lo mismo saber de memoria lo que nos han dicho infinidad de veces, sin cuestionar nunca lo que se nos decía, que partir de conclusiones de unas investigaciones que se han jugado el tipo viendo que las variables eran muchas y que había que encontrar una explicación nueva, porque lo sabido había colapsado al enfrentarse con los hechos. Los hechos están patentes a la mirada de todos, el problema está en el color del cristal que se usa para su estudio. Por eso es craso error pensar que la sexualidad de la mujer tiene un comportamiento similar, si no idéntico, al del hombre. Los prejuicios son apriorismos claros que nos vienen dados con el marchamo de una supuesta autoridad indiscutible o infalible. (Continuará)
Josemª |
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