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EDUCACIÓN Y ABORTO CERO (4)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.01.14 
En esta sociedad que permitimos, no porque seamos demócratas, sino porque somos demasiado permisivos, nos encontramos cada vez más con una publicidad que trata a la mujer  como carnaza erótica para el consumo, que es propugnada por la publicidad, o como carnaza floral para el servicio de la política y otros eventos. Con estos mimbres, con los que se tejen fácilmente unos objetos (pues así tratan a la mujer), unos recipientes, y que después ya quedan rígidos para el resto de su “utilización”, no es de extrañar, que el personal esté educado en el usar y tirar, en el no valorar ni a las compañeras de todo lo que tiene de bello el viaje de la vida, y en la creencia a pie juntillas, por parte de las mujeres también, de  cualquier “enciclopedia” de mantras que les espeten a la cara, como el libro que lleva el ya conocido título: “Cásate y sé sumisa”.
Esta Educación de la mujer, sobre todo, extiende sus influencias y educa, a su vez, a toda la sociedad. Así tenemos una cantidad de argumentos estrechos de miras, además de interesados a todas luces, que impiden que la mujer no se entere casi nunca de quién es ella y qué papel juega en esta sociedad tan estratificada y engañosa a la vez.
    En este caldo de cultivo, se le alaba, hipócritamente, su papel de esposa y madre,
pero con ello se cercena la infinidad de realizaciones personales y sociales de las que es capaz. No hay más que echar una mirada retrospectiva para darnos cuenta de cómo ha sido tratada, incluso por sus propias compañeras, cuando alguna ha destacado por algo o se ha apartado del común sentir de la feminidad al uso. Caso extremo es el tratamiento inquisitorial que ha recibido la mujer  a través de la historia, cuando a las primeras de cambio se le ha tachado de fresca, descocada o bruja.
    Ahora que necesitamos más y mejor educación, se corta por lo sano y se proclama que el sitio de la mujer está en la casa y la cocina, aunque algunos hablen del hogar, cuando lo único que parece tener calor en el hogar, además de la cocina, es el televisor, que continuamente impide la comunicación y refuerza los roles discriminatorios de hombres y mujeres, educando constantemente a todos con el fin de enclaustrar nuevamente a la mujer.
    La mujer que ha salido del hogar, cuando a la sociedad le ha sido además de útil una mano de obra barata, ahora, con la crisis, se le quita de la calle para que vuelva a su reino doméstico y domesticado. Triste panorama, porque ahora con tanto paro masculino, si no fuera por muchas mujeres, en dónde iban algunos hombres a meter la cuchara para poder comer caliente todos los días. No podemos volver a las escenas de la postguerra, en las que una mujer, hartita de trabajar, volvía a su casa y se encontraba con el hombre parado, sin pegar un palo al agua, ocioso todo el día, que se le quejaba de que no había bicarbonato.
    De casarse como de abortar nadie está obligado. Pero de ser sumisa, mucho menos. Como siempre se ha dicho: “ni mijita”.
    No es ni cómodo ni corto ni fácil el camino de la Educación; el camino de la educación de todos y todas. Con adoctrinamientos se nos ponen palos en las ruedas y piedras en el camino, que nos impiden avanzar. No solamente no nos merecemos el recorrer el camino hacia atrás sino ni siquiera pararnos ni, mucho menos, permitir que nos dejen paralizados. Hoy día podemos ver que las oleadas doctrinarias de antaño se han convocado desde distintos ministerios para constituir un tsunami difícil de controlar. La libertad está hoy a expensas de la ideología y del poder, que son lo mismo.
    Con todo, coincidimos con la autora del libro, cuando hablando del aborto, nos dice claramente que: "Creyendo (nosotras) haber tomado el control, le damos a una empresa farmacéutica el poder de controlarnos". Pensamos que el mercantilismo se ha metido hasta en nuestras relaciones de pareja, como ya apuntábamos los otros días. No nos va tanta tecnología y tanto comercio como el que nos parece que intenta  dirigir todas nuestras relaciones.
    Eso sí, nos parece que el libro en cuestión padece una carencia de conocimientos y de amplitud de miras, por falta de perspectiva y distanciamiento necesarios, cuando trata de convencernos de que el sitio de la mujer es el hogar. (Continuará)

Josemª
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