|
Día de Reyes | | Víctor Frías. 05.01.14 | |  Víctor estaba acostado en la cama pero no dormía. Como cada año en la mañana del seis de enero, estaba despierto desde hacía un buen rato. Era el Día de Reyes. “Seguro que los regalos ya están en el salón de casa” - repetía su mente una y otra vez; imaginando el momento en que sus pupilas se llenarían con la contemplación de todos aquellos regalos, esperando encontrar entre ellos el que más anhelaba de todos. Escribir la carta era algo que hacía con gran antelación, como le había aconsejado su madre. Se tomaba su tiempo en escribirla, decidiendo qué poner y qué no; recordando las palabras de su padre cuando le decía que no podía pedir todo lo que deseaba porque los reyes no podían regalarle todo lo que quería, había otros muchos niños en el mundo. Soportando las bromas de su hermano cuando cerraba el sobre con mimo, manteniéndolo pegado a su pecho, sin desprenderse de él hasta que lo echaba al buzón. | Como siempre, sus ojos se abrieron antes de que la luz del día iluminase los visillos de su habitación con aquella tenue claridad que indicaba que ya era una buena idea levantarse para abrir los regalos.
¡Madre mía! ¿Me habrán traído el tren del oeste de los clicks?
Cada año, cuando se iba a la cama, repetía siempre el mismo ritual a pesar de que a veces funcionaba y a veces no. Imaginaba una y otra vez el regalo que más deseaba, como si a fuerza de pensar en él fuera a convertirse en realidad.
A veces, algún ruido interrumpía su ensoñación. ¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí! Y su cuerpo se contraía, se tensaba, esperando un segundo sonido que confirmara su deseo. Pero este nunca llegaba y Víctor seguía imaginando el tren de los clicks, circulando por sus vías entre montañas de juguete imaginarias; llegando al pueblo del oeste, incompleto, compuesto únicamente por el banco, la diligencia y el fuerte. El año pasado había pasado la noche imaginando que le regalaban el balón oficial de la liga y a la mañana siguiente apareció entre los demás regalos. Ahora esperaba que su ritual volviera a funcionar.
Seguía imaginando situaciones entre bostezos simulados, deseando tener sueño y quedarse dormido, para despertar poco después y que los reyes ya hubieran pasado por su casa, cargaditos de juguetes y entre ellos el tren de los clicks. Pero algo había cambiado, pequeñas cosas.
Días atrás había oído comentarios de amigos del cole. Palabras que ponían en duda todo lo que para él era la base de sus ilusiones, sembrando la duda en él. Todo aquello le había llevado a preguntarle a su madre, tal como hacía siempre que tenía alguna duda.
- Mamá, mi amigo Pablo dice que los reyes son los padres ¿es verdad?
- No, Víctor, los reyes son Melchor, Gaspar y Baltasar. Si yo tuviera que llevarle regalos a todos los niños del mundo, no me daría tiempo.
- Pero a mí no me traen todo lo que pido, si son magos ¿Por qué no me lo traen?
- Porque los Reyes no pueden traerlo todo, son muchas cosas y todo no puede ser.
- Pero mamá ¡Son magos!
- Sí, ya lo sé – decía su madre en un tono de cansancio comprensivo – pero como sois tantos niños en el mundo entero…pues eso, que todo no puede ser.
- Pues este año no voy a escribir la carta, la voy a pensar y si los reyes existen y son magos lo van a saber y me lo van a traer todo.
- Pero eso no puede ser, no ves que si lo haces así, lo que tú pidas se va a liar con lo de otros niños y seguro que te traen cosas que no has pedido.
- Pues Pablo dice que los reyes sois los padres y que no nos compráis todo lo que pedimos porque no tenéis dinero para todo.
- Ay mira, yo no sé a Pablo, pero a ti los regalos te los traen los reyes.
Víctor quiso comprobar la versión de su madre; así que a pesar de que él verdaderamente la creía, le contó a Pablo lo que le había dicho y su amigo insistió en que los Reyes Magos eran los padres, que se lo había dicho su papá. Pero Víctor pensó que eso no podía ser así, su mamá le castigaba si decía mentiras así que ella le había dicho la verdad seguro, seguro.
A pesar de todo, se descubría a sí mismo atento a las conversaciones de los mayores y había cosas que le desconcertaban. A veces les sorprendía conversando entre ellos, preguntándose qué iban a comprarle al abuelo, o hablando con sus tíos acerca de lo que le habían comprado a la abuela. También descubrió que los mayores no le escribían una carta a los Reyes Magos, ni recordaba que su madre hubiera echado una carta al buzón junto con la suya. Los mayores, en todo caso, hacían “listas” y se preguntaban constantemente por ella, se decían cosas como “Oye, ¿Has hecho la lista de los reyes?” O también, “A ver si haces la lista ya”.
Víctor no necesitaba que nadie se la pidiera, él la escribía y punto. Además, le surgió una nueva duda. ¿Por qué todas las cabalgatas de reyes eran a la vez? Las había visto por la tele. Los Reyes estaban a la vez en Málaga, Sevilla, Madrid, Barcelona, en el pueblo de su primo, en el barrio de al lado. Eran magos tan buenos que hasta imitaban el acento andaluz, madrileño, catalán…
Nunca había pensado en el modo de hablar de los reyes pero suponía que hablarían siempre del mismo modo ¿no? Así que decidió poner en práctica su idea y no incluyó el tren de los clicks en su carta a los reyes, si se lo regalaban sería la prueba definitiva de que los reyes existían.
Esa noche todas esas ideas se habían cruzado con el imaginado circular del tren del oeste de los clicks. Las dudas de que su ritual tuviera éxito y lo decepcionante que sería si no se cumpliese invadieron su mente impidiéndole dormir. Así que, cuando la luz empezó a iluminar los visillos de su ventana, permaneció acurrucado bajo su manta favorita, la que tenía el dibujo de un tigre. Miraba la ventana sin decir nada, sin iniciar la batalla verbal con su hermano sobre quién se levantaba a ver si habían llegado los reyes. Permaneció callado hasta que su hermano rompió el silencio.
- Víctor ¿Estás despierto?
- Sí
- ¿Te vas a levantar ya?
- No.
Permanecieron en silencio unos segundos y luego su hermano volvió a hablar.
- Yo me voy a levantar ya.
Le oyó incorporarse y salir de su habitación, pero él no movió un músculo. Otros años se habría levantado como un rayo y ambos habrían corrido hasta el salón. Pero ahora Víctor permanecía inmóvil; aterrorizado ante la expectativa de que no estuviera el tren de los clicks, que no había incluido en su carta a propósito, y que eso confirmase que los Reyes Magos no eran reyes ni mucho menos magos; si no que eran su papá y su mamá, los mismos que le castigaban cuando mentía.
Escuchó a su hermano vociferar excitado y a sus padres levantarse y reunirse con él. Mientras, Víctor se acurrucaba cerrando los ojos, imaginando que viajaba en uno de los vagones del tren. Hasta que sintió como una mano se posaba suavemente en su cabeza. Se volvió y vio a su madre junto a él.
- Venga, levántate, que ya han venido los reyes.
La miró. A ella, la que decía que nunca le mentía.
- No me quiero levantar – dijo
- ¿Pero por qué? Venga, que hay un montón de regalos.
- Me da igual, es todo mentira.
- ¿Pero qué dices? Están ahí, son de verdad.
- Sí, están ahí los que habéis comprado vosotros, los reyes no han traído nada.
- Que sí, están todos ahí.
- Que no, los reyes no me han traído nada por que no existen, sois vosotros.
- Los reyes existen. Yo creo en los Reyes Magos.
- Mamá no digas mentiras, tú me castigas cuando digo mentiras.
- No te miento, yo creo en los reyes – su madre le miró del mismo modo con que le había contado otras cosas de esas que no eran para niños, así que Víctor decidió escucharla – a lo mejor no son de carne y hueso como tú y yo, seguramente no los podemos ver, pero existen seguro. Viven aquí, en nuestro corazón – dijo tocándole el pecho – y nos regalan algo mágico, que es lo que nos queremos tu padre y yo, lo que os queremos a tu hermano y a ti. Esa es la magia de los Reyes Magos, y consigue que el salón de esta casa esté ahora mismo lleno de los mejores regalos posibles. Yo creo en los Reyes Magos porque con su magia consiguen que hoy sea un día especial. Si no crees en ellos algo de todo eso se perdería y sería una pena ¿No?
Víctor se levantó más rápido que cualquier día de Reyes que pudiera recordar. Tras él escuchaba a su madre cantar la misma canción de todos los años…
“… Ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos, lala-lala-la-la-la….”
… entró en el salón y sus ojos se clavaron en la mesa de comedor, donde le esperaba el tren del oeste de los clicks, y en ese momento supo que, de algún modo, lo Reyes Magos existían.
FIN
|
|
| | <-Volver |
|
|