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'Ventanas de Manhattan'
| | Conchi Navarro. 01.01.14 | |  Gracias a un par de días de enfermedad menor he encontrado el sosiego necesario para enfrascarme en "Ventanas de Manhattan" de Antonio Muñoz Molina, Seix Barral, 2004. La ciudad de Nueva York vista a través de los ojos y experiencias del escritor de Úbeda. Aunque la palabra "ver" se queda excesivamente corta puesto que Muñoz Molina nos muestra las calles, barrios y parques de Manhattan con todos los sentidos a su alcance: olores de comida de puestos ambulantes o de inmundicia y basura de calles donde ésta no se recoge diariamente, también los que emanan aquellos que no tienen un techo donde cobijarse, pordioseros o desquiciados; y podemos saborear junto al escritor un capuccino en un Starbucks o una cena con sus amigos. Pero sobre todo “escuchamos” Manhattan: ruidos de motores, taxis y sirenas de ambulancia, el bullicio del metro, los pasos del vecino de arriba… y acompañándonos, alegrándonos y explicando la vida: la música. Todas las melodías de músicos callejeros que ejecutan su maestría con instrumentos o con piezas recuperadas de la basura se mezclan con la elegancia de una sinfonía en el Metropolitan Opera House. Y en especial los ritmos del jazz y el blues en los clubs, canciones de Ella Fitzgerald, Duke Ellington y otros muchos maestros con cuyos nombres debo familiarizarme. | Muñoz Molina camina y camina por la ciudad con la curiosidad inacabable de los grandes exploradores que buscaban las fuentes del Nilo, pertrechado con mochila, cuaderno y bolígrafo de punta fina. Resulta ser el paradigma práctico del famoso verso de Machado. Cuando no camina, mira por la ventana en las noches de insomnio. Describe edificios, tiendas, árboles y lagos. Pero su sensibilidad y empatía nos lleva a pasear por Nueva York mirando a la gente: retazos de vida en los edificios de en frente; aquellas personas con las que te cruzas un momento en el supermercado o en el ascensor; amigos y conocidos descritos con la pericia de un psicólogo y con el cariño que se ha puesto en observar sus inquietudes y motivaciones. Admirables las descripciones de los variados tipos de personas que duermen tapados con cartones y viven entre la basura arrastrando sus pertenencias en un carrito de la compra.
Sin duda, después de leer el libro visitaremos Manhattan mirando con una calidad añadida a nuestros ojos y sentidos, pero también lo haremos con todo lo que tenemos a nuestro alrededor: nuestra propia ciudad, el lugar donde trabajamos y la gente que nos rodea. “Atención plena” recomiendan los nuevas corrientes psicológicas para una vida feliz, y el autor de Ventanas de Manhattan la ejerce de manera intuitiva y natural, para satisfacer el impulso de una curiosidad inagotable y saludablemente insaciable.
Y envolviendo su vida y protegiéndola como una campana de cristal, el arte que lo ennoblece todo.
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