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Viaje a Japón, 6
La Represa, Yamba, Japón
Miranda Collet. 25.12.13 
Noviembre, 2013. De la cena de antenoche salió algo interesante que hacer: viajar a Yamba, donde el año que viene el gobierno japonés inundará todo un valle para hacer una represa. Ésto en contra de los deseos, en contra de los 50 años de lucha de l@s pobladores, más un par de activistas que ha pasado su vida unida a esta justa lucha. Es una lucha justa porque la represa es innecesaria, pero una lucha perdida; la construcción ya está 80% acabado.
“Sólo un milagro puede salvar estos árboles, este valle” me dice la mujer a mi lado.
El profundo valle tiene caseríos y fincas que estarán pronto debajo del agua, y venados, y la tierra llena de plantas y miles de insectos y pájaros y animalitos. Miles de árboles en que viven, conviven y comparten la vida en esta hermosísima y completa manifestación de la belleza terrenal.
La pena de la situación me ahogó. Le pregunté a la mujer que está a mi lado, que ha visitado este valle más de 400 veces, “¿y tu crees que los árboles se dan cuenta de lo que les viene?”
Y ella me contestó con una tristeza infinita en su voz, “Este año los árboles son más guapos que en ningún otro otoño que me acuerdo. Sí, se dan cuenta de todo.”
Me conmovieron los miles de árboles de color ocre, rojo, anaranjado en todas sus variantes, rosado y amarillo, que alcolchonaban la sierra con su exuberancia.
No me acuerdo de haber entendido la vida de los árboles antes. Ni tampoco me acuerdo en ningún momento de mi vida de haber sentido tanto agradecimiento por los árboles. ¡Tanto esfuerzo cuando los días se hacen cortos y fríos; tanto esfuerzo para calentarnos el corazón con sus vívidos colores en el otoño!
Estos son los colores de japón, los colores que usa la gente, los colores de los parches de la ropa de l@s campesin@s japones@s. Estos son los colores que fluyen en la venas y en la conciencia del pueblo japonés.
Me dio ternura unos cuantos pedregales de color rojo tierra en estas montañas puntiagudas. Me parecía que se asomaron de la espesura vegetal para dar un descanso al ojo, para hacer una pausa y para juntar la vista con el horizonte, creando un intenso contraste rojo con el pulcro y absoluto azul del cielo.
En un recodo de la angosta carretera paramos. Habían dos mujeres más, esperándonos, y un hombre mayor con su perro amistoso.
Allá paramos, entre la indescriptible y incomparable belleza del otoño, con las hojas de colores que volaban en el aire, que se caían al suelo, que se te caían en el pelo, en la camisa y en las latas de pintura que iba abriendo.

De los coches sacamos un cuadro de madera, las pinturas, agua, platitos, los pinceles, periódicos, y con cara a esta hermosura natural se comenzó el cuadro de creación social.
Durante cuatro horas y medio nos quedamos allá, hablando con la gente que llegó a ver la belleza de Yamba en otoño por última vez. Y a invitarles a pintar la belleza que veían. No sentimos el frío ni el hambre y 75 peronas han de haber pintado aquella mañana.
Después pasamos a tomar yogur de una finca que iba a quedar debajo del agua. De allá a un manantial con agua caliente donde calentamos los pies y las piernas, agua tan caliente que en ella cocimos huevos de gallina. De allá fuimos a la casa de un luchador en su finquita, un hombre con profundas arrugas en la frente. Ya era casi de noche, pero detrás de él se asomaba un inmenso y terrible muro con una dureza de material, con una rectitud de línea que simplemente no existe en la naturaleza: era el muro de Yamba Dam, la represa.
De allá fuimos a la casa de otr@s luchador@s, ya ancian@s: una mujer de 86 años que nos regaló caquis, y un hombre, un viudo cuya soledad se palpaba, que nos regaló dos tomos que él había escrito: La Verdadera Historia de La Represa en Yamba.
De allá pasamos por unas lindas casas tradicionales japonesas de unos 150 años. Eran siete posadas, siete hostales en un caserío. Elegantes en su sencillez, gustosamente colocadas entre los árboles, a cada lado de una angosta calle. Sencillos hoteles donde se quedaba la gente que viene huyendo del calor de verano en las ciudades, o para ver la famosa hermosura del otoño en Yamba. Todo quedará debajo del agua. Nuevas casas han sido construidas en lo que serán las riveras de la represa.
Sentí una confusión de dolor, ira, impotencia: todo lo normal frente a una situación tan tremenda.
“Sólo una acción internacional de solidaridad podría salvar el valle de Yamba,” dije. “ Sólo una gran acción prolongada de ocupación nacional e internacional podría salvar este lugar.”
“¿La gente de todo el mundo no sentiría animada, excitada, ante la posibilidad de semejante aventura?”
A la vez me invadió un pesimismo que no me gustó y que no acepto. Es que en lugar de buscar verdaderas aventuras como en el pasado, como en los libros, la juventud ahora vive sus aventuras a solos, sentada en su dormitorio con un ordenador en el regazo.
No! Tanta energía, tanta creatividad, tanto afecto, tanta curiosidad.. y con mis ojos y con mis oídos he comprobado que en la juventud de hoy estas cualidades sobreviven. ¡Levántense jovenes! ¡Guarden un rato sus ordenadores! ¡Gasten sus maravillosas vidas en la lucha por la justicia social! Es más divertida que cualquier videojuego, conocerás a tanta gente interesante como tu. ¡Aprenderás al experimentar por ti mism@; te sentirás conectada!


Miranda Collet
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