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El último ruiseñor
Eduardo Saez Maldonado. 25.11.13 
Y entonces, el último ruiseñor que aliente sobre el Mundo, fabricará su nido y entonará sus cánticos, como una despedida, entre las ruinas gloriosas de la Alhambra.*
Oía con asombro el otro día en la radio una entrevista a uno de los directivos de una empresa que, al parecer, se va a encargar de climatizar los campos de fútbol de Catar de cara a los mundiales que se celebrarán allí en 2022. Comentaba el entrevistado, que en verano (que es cuando se celebrará el mundial) se suelen sobrepasar allí los 50 grados frecuentemente. El tono de la entrevista era de admiración ya que se enfrentaban a un enorme reto tecnológico puesto que los campos están descubiertos y son, como todos sabemos, bastante grandes. Se trataba al parecer de que la temperatura media no superara los 30 grados ni a ras de césped ni en las gradas, aunque fuera hubiera 52 ºC.
Es posible que yo sea muy alarmista, pero en un mundo en el que la mayor parte de la población pasa hambre, en el que la presión sobre los recursos naturales del planeta, la ocupación del suelo, la deforestación y destrucción de ecosistemas ha superado ya el umbral de lo recuperable, en el que la contaminación que hemos creado al basar todo nuestro desarrollo industrial de los últimos dos siglos en la quema de petróleo está cambiando el clima… en un mundo así, decía, organizar unos mundiales en un país donde hay 50 grados y tener que derrochar energía de forma inmoral para convertirlos en 30 para, al final, jugar al fútbol (¡!!) es, en mi opinión, un síntoma de la deriva moral en la que nuestra civilización ha entrado.
Pero no es el único ejemplo de decadencia moral que va ganando terreno. Una de las cosas que más me llama la atención en los últimos años es la aceptación popular de la corrupción. No pocos políticos imputados (y hasta condenados) por delitos varios son reelegidos, incluso por mayoría absoluta. El alcalde de Alahaurín el Grande, que fue condenado hace unos años por cohecho y poca vergüenza, se ha visto obligado a abandonar la alcaldía porque el Tribunal Supremo ha ratificado la condena de un año de inhabilitación. Pero ya ha anunciado que volverá pasado el año. Y, como ya pasó en las últimas elecciones, a las que ya se presentó estando imputado, no me cabe duda de que volverá a ser elegido por aclamación por el mismo pueblo soberano al que ha robado. Por otra parte, el sin duda magnífico futbolista del Barcelona, Leo Messi, fue también aclamado por la gente hace poco cuando se hubo de presentar en el juzgado como imputado en una causa de fraude fiscal. Preferimos acordarnos de los buenos ratos que nos hace pasar jugando al fútbol que de los millones de euros que defrauda a la hacienda pública: a todos nosotros en definitiva, que pagamos religiosamente nuestros impuestos para que con ellos se hagan cosas en beneficio de todos. Pero Messi no. Él, como en su día Lola Flores, no sabía que tenía que pagar impuestos. Fíjate. Y nosotros venga a aplaudirle. Como es el mejor del mundo…
Esta aceptación general y aplauso colectivo de situaciones que van en contra del bien común, denotan una cierta crisis de los valores morales que empieza a caracterizar nuestra civilización y que, en opinión de cada vez más personas, anuncia una decadencia ya imparable.
A lo largo de la historia de la humanidad se han ido sucedido apogeos y caídas de civilizaciones que han ido dejando sus huellas, más o menos persistentes, en su entorno, desde las pirámides de Egipto hasta la Alhambra de Granada, pasando por el Acueducto de Segovia. Todas ellas han tomado de la naturaleza que les rodeaba lo que necesitan para vivir lo mejor posible, como también han hecho, por otra parte, todos los seres vivos que han habitado la Tierra en estos últimos 3.500 millones de años. Sin embargo, las exigencias que la vida sedentaria impuso a los primeros habitantes de poblados, y el éxito demográfico que supuso, hicieron que la alteración del entorno, debida sobre todo a la deforestación, empezara a ser apreciable. Coger lo que necesito de donde esté sin contemplaciones ha sido el criterio seguido por todo el mundo a lo largo de toda la historia, y más allá de los infinitos conflictos que este criterio ha provocado, ha sido el motor de nuestro desarrollo.
Pero la revolución industrial introdujo un parámetro que iba a cambiarlo todo: la sustitución de la limitada energía muscular por la almacenada durante millones de años en forma de combustibles fósiles. La capacidad de alteración del entorno que el desarrollo tecnológico ligado a esta “inagotable” fuente de energía ha puesto en nuestras manos en doscientos años es descomunal.
El enorme crecimiento económico (y demográfico) ligado a esta disponibilidad energética ha sido el motor de nuestro sistema desde entonces, y lo sigue siendo ahora. Sin embargo estamos empezando a llegar a ciertos límites con los que nunca antes se había encontrado la humanidad:
El petróleo se acaba, y el ritmo de crecimiento en la demanda energética no puede crecer eternamente al mismo ritmo. Las alternativas que conocemos y que quizás permitieran el mantenimiento de este crecimiento (como la energía nuclear) tienen unos riesgos inasumibles.
Por otra parte, junto al petróleo, empieza a haber escasez de materias primas minerales para la fabricación de los productos que nos permiten vivir en estas condiciones de derroche energético.
El enriquecimiento fácil e improductivo (especulativo) que nuestro sistema capitalista ha puesto en manos de los más listos hace que una parte importante de la humanidad viva de la miseria de la mayoría con un flujo de energía totalmente desproporcionado del tercer al primer mundo. Los pobres, por su parte, cada vez con más acceso a la información, no se conforman con ser explotadas eternamente y empiezan a rebelarse.
Por otra parte, la degradación ambiental, el cambio climático etc. amenazan nuestro bienestar cada vez con más fuerza.
Y nosotros, mientras tanto, en plena decadencia moral, aceptamos que las élites vivan de los trabajadores, que los políticos roben a mansalva y luego vuelvan a ser elegidos, que sigamos enviando nuestros desechos más contaminantes al tercer mundo por si la explotación histórica no fuera suficiente.
Y por último, antes de nuestra caída definitiva, dejamos nuestro legado arquitectónico a las futuras civilizaciones en forma de un campo de fútbol en pleno desierto con aire acondicionado. Las Pirámides de Egipto, el Acueducto de Segovia, la Alhambra de Granada y los Campos de Fútbol Climatizados. Como símbolo de la decadencia moral de una civilización que no supo darse cuenta a tiempo de que se estaba suicidando. Y de que “suicidaba” con ella a gran parte de los ecosistemas planetarios y su biodiversidad.
Yo, desde luego, si fuera “el último ruiseñor que aliente sobre el mundo”, lo tendría claro.
 
 
*Del texto de F. Villaespesa que puede leerse en los jardines de La Alhambra
 
Eduardo Sáez Maldonado

 
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