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Todas las personas somos víctimas | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 10.11.13 | | Desde que llegamos a esta Tierra parece que nos han sido ajenos los dioses. Todas las personas hemos sido, directa o indirectamente, víctimas de la kermés, de la fiesta religiosa y pagana, que con nuestros huesos se han montado todos los intereses políticos, económicos, religiosos. Todavía podemos percibir, si no nos enajenamos demasiado, los ecos de aquellas palabras de la serpiente en el Edén, que nos vaticinaban que “seríamos como dioses”. Seríamos como dioses y los humanos escogimos el peor repertorio de las divinidades. Las exigencias de sacrificios entraron a tropel en las creencias y en las autosuficiencias de nuestros antepasados, bien para calmar a una divinidad, bien para tener éxito en las conquistas. Y todos, de duelo siempre. | Los daños causados a la humanidad por las causas naturales: terremotos, erupciones volcánicas, inundaciones... han sido interpretados como castigos merecidos por la humanidad, ya que los dioses se han dado cuenta de la maldad de los terrícolas. Han sido, pues, los dioses los que han pasado factura y se han cobrado un sinnúmero de víctimas. Ellos son los dispensadores y los dueños de las vidas. Y todos, de duelo. Cuando hablamos de víctimas de accidentes de coches, aviones, trenes...ya “disculpamos” un poco a los dioses y consideramos la intervención humana, por acción u omisión, en estos sucesos. No obstante nos queda la tradición popular que nos susurra que “estaría de Dios”. Y todos, de duelo. La gente tiene claro, cuando las víctimas son causadas por intereses políticos, económicos y religiosos, es que en estos casos los dioses quedan olímpicamente libres y jubilosos. Es más, el pueblo, aunque no esté muy avisado en creencias, suele pregonar que hay cosas, como éstas, que “no tienen perdón de Dios”. Y todos, de duelo siempre. Los pueblos van entendiendo bastante bien que la vida de cada persona es sagrada, pero no víctima, no víctima propiciatoria, en aras de una supuesta divinidad. Aunque no todos los pueblos están en la misma onda cultural, poco a poco se va extendiendo la cultura del acuerdo, la exigencia de la justicia y la elegancia de las buenas y justas leyes internacionales. Por eso critican los hipócritas daños colaterales. A todos nos duelen cada día más las víctimas de todo tipo, porque no queremos que haya víctimas de ninguna clase. Por eso la gente se revuelve ante los indultos. La sentencia del Tribunal de Estrasburgo, que es propicia a los derechos humanos, nos ha zarandeado, como no podía ser de otra forma, en lo más íntimo de nuestra paciente humanidad. Pero por otro lado, es un mascarón de proa que no puede evitar el envite de unas olas que se han puesto en movimiento por unos vientos salvajes que nos vienen de lejos, desde cuando los humanos se creían dioses y señores. Como no todas las víctimas se han dejado llevar por la movida de esos antiguos aires, hemos podido recoger generosidades que han dejado pequeño al Tribunal de Estrasburgo. El problema sigue siendo complejo. (Ver en Google, incluyendo comillas: “ETA: CONFERENCIA, DIFERENCIA Y CIRCUNFERENCIA”) Hace más de veinte años, nos refería un maestro, de los que hacían coloquios libres sin censura en sus clases, que en un coloquio sobre la pena de muerte, unos alumnos de Sexto de Primaria afirmaban que no se podía castigar a los terroristas del mismo modo que ellos lo hacían con sus víctimas. Quedaba así el resquicio humano y legal, que tomaba en consideración la atenuante de la locura (política). Esa locura que puede inscribirse en el ámbito de la fuerza bruta de las causas naturales, aunque todavía pueda defenderse incluso la condenación eterna para todos los suicidas. “Dura lex, sed lex”. La ley puede ser dura y durísima, por eso la educación resulta tan laboriosa, costosa y hasta cuidadosa. La educación nos debe prevenir de las locuras y de los duelos, para no entrar en los círculos de la violencia y el victimismo. |
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