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El cabrero ecologista | | Eduardo Saez Maldonado. 04.11.13 | |  Es frecuente que tendamos a ningunear a los habitantes del mundo rural desde la prepotencia de urbanitas con muchas leyes. Sin embargo, conviene tener en cuenta sus opiniones que, a veces, nos sorprenden por la sencillez con que llegan a conclusiones profundas aunque desprovistas de parafernalias inútiles. Me pasó el otro día charlando con un cabrero que esperaba que sus cabras bebieran en unas charcas del cauce del Guadalmedina, no muy al norte del embalse del Agujero. Le comentaba yo que, debido a las pocas lluvias del otoño, se iba a acabar secando el río a pesar de haber aguantado vivo (aún llevaba un hilo de agua) todo el verano. En las charcas había peces, infinidad de ranas, y hasta un galápago y una culebra de agua llegué a ver en la zona unas semanas antes. A raíz de este comentario, y entre gritos y pedradas (con onda) dirigidos a las cabras que osaban separarse mucho del rebaño, comenzó una interesante disertación que trato de resumir a continuación. | Primero me informó de que el Guadalmedina, en contra de lo que yo pensaba, no se secaba nunca, y que unas curvas más arriba, y otras más abajo, corría abundante agua. Me aseguró que el hecho de que el tramo en el que charlábamos estuviera casi seco se debía a que no era su cauce original, sino que había sido desaviado cuando se construyó la primera carretera de Las Pedrizas hace más de 30 años (los que ya alcanzan los 50 recordarán que entonces se llamó el Nuevo Acceso). Originalmente, me dijo, el río tenía muchísimas “curvas” que hacían que el agua bajara “mansa” tardando muchas horas desde Las Pedrizas hasta Málaga. Poco más abajo de donde estábamos, me comentó, el río volvía hacia atrás un buen tramo formando casi una isla donde crecía mucha vegetación en un agradable lugar. Pero cuando hicieron la carretera, “para ahorrarse puentes”, desviaron muchos tramos suprimiendo muchas de esas curvas por lo que ahora el río tardaba un par de horas en bajar Las Pedrizas. Esto suponía que algunos pequeños puentes (como el que teníamos a la vista) y las escolleras que ponían para proteger los caminos (como el que llevaba a un campo de tiro que había allí cerca) se los llevara el río todos los años, y tuvieran que arreglarlo continuamente. Esto hacía además que se arrastrara gran cantidad de sedimento que cegaba rápidamente el embalse: “luego cogen ese fango y lo echan a la playa de La Misericordia”. Hablaba con nostalgia, me aseguró que lo que allí se hizo fue “una barbaridad” y que los responsables deberían estar “todos en la cárcel”. Por último me dejó pensando con una interesante reflexión: “Entonces es que no había ecologistas, porque ahora no dejan que se haga esto”. De haber existido en aquellos años los Estudios de Evaluación de Impacto Ambiental, este cabrero hubiera sido un buen asesor. Quizás mejor que los que ahora tienen las instituciones por cientos cobrando 100.000 €. A pesar de que el rebaño era grande (“y eso que he dejado muchas en el corral porque están ya para parir…”) no llevaba más ayuda que la de dos pequeños y desconfiados perros. Pensé en preguntarle si no tenía algún hijo (o nieto) que le echara una mano (y que le relevara en el futuro), pero no me dio tiempo: se disculpó él por tener que dejarme bruscamente, porque algunas cabras se estaban metiendo bajo un algarrobo a comer y salió corriendo, dando gritos y manejando con habilidad su onda, a evitarlo. No corría mucho: era ya mayor.
Eduardo Sáez Maldonado
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