 … y en los árboles escucha voces de tiempos remotos: ha elegido caminar hacia lo salvaje. * El otro día, colgó un amigo en la red unas fotos magníficas de un grupo de ciervos en plena “berrea”. He presenciado muchas veces bromas variadas relativas a este acontecimiento que, ciertamente se presta a ello desde la “comodidad” de la ciudad. Pero oírlo en directo, en su entorno natural, en el bosque, es otra cosa. Una experiencia que, realmente, vale la pena. |
Lamentablemente sólo la he vivido una vez, cuando caminaba al abrigo de un denso quejigal, disfrutando de la paz y la belleza del entorno. Entonces lo oí. Un sonido imposible de ignorar, de ubicar, tan intenso, tan grave, tan profundo, tan sobrecogedor, tan primario… que inunda el bosque entero y te hace sentirte ridículo en un entorno en el que, de repente, te sientes vulnerable, indefenso. Es un sonido auténtico, primitivo, ancestral, salvaje, que te remonta a los orígenes, a la esencia de la vida. El bramido del ciervo quizá es sólo comparable al aullido del lobo. Nos sobrecoge, nos emociona. Y nos pone en nuestro sitio. Y piensas: ¿será posible que con nuestra arrogancia arrolladora, nuestra prepotencia suicida, estemos acabando con todo esto, con nuestros orígenes, con nuestra esencia? Pero luego regresamos a nuestro coche, a nuestra ciudad, a nuestro entorno, a nuestro partido de fútbol, y lo entiendes todo. Era tan sólo una ilusión.
Eduardo Sáez Maldonado
*Del álbum de AMARAL “Hacia lo salvaje” |