“Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos”. (F. de Quevedo) Nos vienen a pelo estos versos de Quevedo para darnos cuenta de que en este erial del verano la lectura es un antídoto de la soledad y del aburrimiento. Los libros, esas mascotas que nos acompañan desde hace tantos siglos, pero que estuvieron tantísimos años acompañando solamente a los humanos poderosos en saber y gobierno, se nos abren ahora a todos, ya que hemos aprendido a descifrar sus mensajes y compartir sus riquezas. |
La “república (con perdón) de las letras” ha tardado unos siglos en abrirse paso y, pasito a pasito, se ha ido acercando a todos, en una titánica andadura que no ha estado libre de peligrosos vericuetos y abismos, con los que se ha encontrado en una historia casi interminable de dificultades. Los libros no han sido atendidos ni tratados siempre como era debido. Han recibido las caricias y los mimos de quienes los acogían en su regazo para compartir unos trozos de vida, pero también han sido objeto del abandono y del mal trato, sobre todo, porque no se quejaban, a pesar de decirnos tantas cosas, algunas incluso sublimes. La historia está plagada de malos tratos y malos ratos que han sufrido los libros. Sin embargo, han sabido estar ahí, más o menos cerca, por si se les acogía. Lo malo es que muchas veces la acogida no les ha sido muy favorable que digamos, ya que se les ha esclavizado en manos del poder. El poder ha perseguido sus andanzas y, si los libros no eran mascotas serviles, los abandonaba, los tiraba y hasta y hasta los quemaba. Los libros se nos han pegado a nuestras vidas, como mascotas que nos hacen dedicarles tiempo; nos hacen sentirnos vivos, porque requieren de nuestras miradas y hasta de nuestros latidos; nos obligan, a veces, a corregir la dirección de nuestros pasos, porque se nos cruzan o atraviesan en nuestros paseos; hasta nos asaltan dulcemente en nuestro trabajo, para que no nos olvidemos del tiempo que le hemos prometido. Los libros son esas mascotas que nos hablan de aquellas personas que no veremos nunca, porque están lejos y el mundo sigue siendo un espacio demasiado amplio. Los libros son esas mascotas que nos “hablan directamente a los ojos”, porque el tiempo se nos estira cada vez más y nos impide oír a los que se fueron. Pero los libros de texto es un espécimen tan extraño a nuestras vidas, que los libros se nos han convertido en un lastre. La mayoría de los libros de texto son un fardo pesado, que hasta físicamente son mucho más pesados que los de antes, ya que vienen tan cargados de un papel muy pesado; tan cargados de tintas de tantos colores, que también pesan demasiado; tan cargados de ejercicios, que sólo enseñan a hacer ejercicios, pero no a comprender ni a escribir. Los libros de texto son unas mascotas artificiales, como los enormes peluches de la feria, que después nos estorban en todos sitios y tenemos que terminar por desheredarlos, porque es otro calor el que necesitamos. Los libros son esas mascotas que necesitamos cerca, para que no se nos enfríe el alma. También, como nos decía F.Kafka: “Un libro debe ser como un rompehielos para penetrar en los mares congelados de nuestras almas”. Josemª |