 Hace pocas semanas un intrépido piloto de motociclismo se fracturó la clavícula en una caída. Al día siguiente estaba corriendo con una placa de metal sujetándosela. Se volvió a caer, y se rompió ahora la prótesis metálica. Pues bien, a los pocos días estaba de nuevo compitiendo. Los medios de comunicación de masas elogiaron abundantemente tamaña heroicidad que a mí, en mi ignorancia, se me antojaba estupidez. ¿No ve este chico (o sus asesores) que está jugando con su salud futura? ¿Quizás crea que siempre tendrá 20 años? ¿Nadie se atreve, en los grandes medios de comunicación, a desmarcarse de la general alabanza y analizar con algo de sensatez el asunto? Porque no es sólo la peripecia de un pobre chico envalentonado por su desproporcionado éxito mediático. Es un síntoma de que algo en nuestra sociedad no acaba de funcionar adecuadamente, de que se da importancia a cosas que, quizá, no son tan importantes. Y viceversa. Lo que da pie a una reflexión estival. |
Trabajar sin descanso en actividades de ayuda al prójimo son actitudes admirables. Como las de miles de trabajadores de los sectores de la sanidad y educación en condiciones cada vez más precarias. Ser donante de médula ósea por si, en algún lugar del mundo hay algún enfermo histocompatible al que un trozo de tu médula le puede salvar la vida es admirable. Sacrificarse atendiendo niños en situación de exclusión social para que tengan una familia normal en la que crecer al menos durante un tiempo es admirable. Arriesgar incluso la vida apagando un incendio como el que quemó nuestra Sierra el verano pasado es heroico. Actitudes, todas ellas, que merecen el reconocimiento público de la sociedad. Pero levantarse después de romperse el hombro en una banal carrera de motos para seguir corriendo arriesgándose a tener una lesión irreversible es, perdóname Lorenzo, una estupidez. Una estupidez jaleada por una sociedad que está elevando el concepto de competitividad a extremos preocupantes.
Probablemente uno de las características que diferencian al ser humano del resto de las especies que han evolucionado en la Tierra desde hace cerca de 4.000 millones de años es la capacidad de amar. Los sentimientos hacia nuestros compañeros que en algún momento de la evolución nos llevó a ayudar a los heridos, enfermos y ancianos para que no murieran a pesar de no poder valerse por sí mismos y, finalmente, a enterrar a los muertos nos hizo una especie ciertamente singular en el planeta. En la naturaleza son muy infrecuentes los casos de altruismo más allá de los de las madres por sus hijos (lo que, en términos estrictamente evolutivos, no se puede considerar altruismo, aunque ese es otro asunto). La especie humana sí lo es y no es raro encontrar gente que trabaja e incluso se sacrifica en defensa de otros o del bien común como hemos visto antes. La Revolución Francesa, la abolición de la esclavitud, la Declaración Universal de los Derechos Humanos son hitos históricos que nos hacen estar orgullosos de nuestra especie. En esta línea, la superación personal es un valor a cultivar pues supone que cada persona, a base de estudio, trabajo y dedicación va mejorando y haciéndose cada vez mejor en beneficio propio y de la sociedad en la que vive. Como reza el eslogan olímpico que da título a este escrito.
Sin embargo la competencia feroz por la vida no ha dejado de existir, y nuestro sistema capitalista tiene este concepto perfectamente integrado. La competitividad sirve para abrirnos camino en la sociedad a base de buenas artes, pero también si hace falta, de trampas, codazos y hasta del pisoteo del prójimo, de ser necesario. Es la ley que siempre ha regido. La ley del más fuerte. La ley que hace que mientras en Occidente derrochamos preciosos recursos, en el tercer mundo mueran por no tenerlos. Nuestra cultura está elevando la competitividad hasta la cumbre de los valores a perseguir. Por encima, me temo, de otros valores más “humanos” como la solidaridad y la cooperación. El actual gobierno de España ha cambiado incluso el nombre del tradicional Ministerio de Economía por el de Ministerio de Economía y Competitividad. Para que nadie se despiste. Se restringen las becas de estudios a los menos brillantes y se privatizan servicios elementales para que los poderosos sigan lucrándose eternamente, aun a costa de los desfavorecidos. La competitividad no mira hacia atrás, no puede perder tiempo (y recursos competitivos) en ayudar a los demás, a los que no han sabido (podido) subirse al carro. El individualismo gana terreno. El único que cuenta es el primero. Y si para ser el primero hay que correr con la clavícula rota, pues se corre. Y si, lo que es peor, hay que dar algún navajazo por el camino, pues se da. Y si hay que acabar con el planeta…. Oye, pues se acaba. Eduardo Sáez Maldonado. |