Hace tiempo, un compañero nuestro propuso a su clase una ficha, con un niño leyendo en la playa, que decía: “...Y durante el verano,/ poco sol, mucha agua / y un buen libro a mano”. Un libro es la mejor mascota para el verano, porque no te causa los problemas que nos acarrea cualquier mascota. Para empezar, te lo puedes llevar a todos sitios, incluidas las iglesias, que en verano están la mar de fresquitas. Un compañero de mili nos contaba que, cuando la biblioteca del cuartel estaba cerrada, se iba con el libro a la capilla y allí no lo molestaba ni Dios. La verdad es que un libro no molesta a nadie, y, aunque hubiera alguien que se molestara, no te enteras, porque el problema no salta ni salpica ni entorpece las relaciones con los demás. Lo más que pueden decir de ti es que eres un sobaco ilustrado.
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Un libro no tiene prohibida la entrada en ningún restaurante, en ningún hotel, en ningún espectáculo: sabe mantenerse prudente y a cierta distancia de la gente; por muy charlatán que sea, no se entromete en las conversaciones; tampoco pone cara de asco, si el lugar o la comida o las canciones no le gustan. Un libro no te exige un horario para comer ni para hacer caquita. Aunque el argumento o la historia te parezca una caquita, no suele oler mal ni te obliga a llevar una bolsa de plástico para recoger las heces. Lo más que puede hacer un libro, si consideras que no se porta bien contigo, es ofrecerte, generosamente, alguna palabra del vocabulario, que no conocías, alguna frase que tenías olvidada o algún pensamiento que pudiera servirte para los duros tiempos que nos están tocando vivir. “No hay libro tan malo que no tenga algo bueno” (Cervantes) Un libro es siempre muy responsable y no te obliga a tener que invertir en una jaula, un comedero, un arnés, una correa o un bozal. ¡Qué más quisieran algunos, sobre todo, los que detentan el poder, que los libros necesitaran al menos una combinación como las de las cajas fuertes para poder abrirles la boca! Un libro te aligera la bolsa de la compra, ya que no tienes que echarle una lata de algo para que coma (lo que es otra lata) y, por supuesto, te hace más copiosa tu cartera. Puedes, incluso con ese dinero, regalarte con un helado. Un libro no te obliga a estar pendiente de la información sobre la previsión del tiempo que va a hacer. Le da igual ir a la playa o a la montaña, porque no le importa si va a hacer sol o si estará nublado. Un libro sabe campear, como los niños libres, pero sin incordiar a nadie. Tampoco te pide que le busques una guardería, en vacaciones. A un libro no hay que llevarlo al veterinario, quien etimológicamente se ocupa de los animales de carga, porque un libro sabe hacerse cargo de la cultura y no es un animal de carga. Tampoco necesita póliza de seguro; ¿quién te lo va a robar hoy día? Un libro no molesta a los vecinos, si alguien pasa por la calle o llega de madrugada. Un libro respeta nuestro sueño y el de los vecinos. Sabe dormir con nosotros. Y, ¡cómo no!, nos deja dormir y nos ayuda a soñar. Un libro, sin embargo, no es perezoso, si tiene que levantarse temprano para atender a un servicio que se le requiere, cuando los demás todavía descansan. Un libro tampoco maúlla, porque su hambre y sus celos pasan desapercibidos y silenciosos ante sus lectores y sus vecinos. Además, cuando se termina de leer un libro, no suele quebrantarte el ánimo con ninguna tristeza. No necesita que expresemos nuestro dolor ni nos obliga a cantar con la pena de Garcilaso de la Vega: “Salid sin duelo (sin desafío), lágrimas, corriendo”.
Josemª |