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Los amos del mundo: una reflexión conservacionista

Eduardo Saez Maldonado. 08.07.13 

En el número del pasado mes de junio de la revista Quercus, tuvimos ocasión de leer un interesante artículo de Pedro Galán sobre uno de los mamíferos que, en tiempos recientes, nuestra civilización ha llevado a la extinción de forma lamentable. Y me llamó precisamente la atención el hecho de que, al datar la extinción de la primera mitad del siglo XX, existen más allá de fotografías muy interesantes, algunos vídeos cortos, de menos de un minuto (que se pueden ver en los enlaces que se adjuntan al final de este escrito), de un gran interés científico, pero también sentimental, que me sugieren algunas reflexiones estivales.

No nos pilla cerca, desde luego, pero el caso del lobo marsupial (“Thylacinus cynocephalus”) es uno de los episodios de extinciones mejor documentado.
El nombre de lobo hace referencia a que su aspecto nos lo recuerda, pero evolutivamente, en tanto que marsupial, está mucho más emparentado con los canguros, koalas, diablos de Tasmania etc. que con los mamíferos placentados (la gran mayoría) con los que nosotros estamos familiarizados. Es un caso paradigmático de convergencia evolutiva. Se trataba de uno más de los mamíferos que habitaban Australia y las islas cercanas de Nueva Guinea, etc., y a los que la llegada de nuestra civilización occidental les pilló a contrapié. La persecución de los carnívoros (llamados alimañas) fue una actitud generalizada de nuestra civilización (una de cuyas características más destacadas desde un punto de vista ambiental es que se siente propietaria de todo lo que esté a su alcance y dueña de su destino). De hecho, en Europa estuvimos a punto de extinguir especies de rapaces, lobos, linces (de los que por cierto quedan pocos cientos de ejemplares en el mundo), etc. y se pagaba, hasta pasada la mitad del siglo XX, una recompensa por las orejas de lobo o garras de águila que se presentaban ante la autoridad competente.
Cuando nuestra destructora civilización llegó a Oceanía, mantuvo el mismo criterio, pero al tratarse de zonas menos extensas y de animales menos adaptados a los estresantes modos de vida “placentados”, la extinción de especies autóctonas se produjo con celeridad. El lobo marsupial no pudo resistir la presión, y cuando los primeros defensores de la naturaleza (esos locos ecologistas) empezaron a preocuparse por su conservación era ya demasiado tarde.
Cuando leemos o vemos documentales sobre especies extinguidas, frecuentemente sólo contamos con reproducciones más o menos bien elaboradas pero siempre frías hechas a partir de fósiles, como los clásicos dinosaurios. En extinciones más recientes, como las del mamut etc. contamos quizá con sugerentes dibujos hechos por artistas paleolíticos. Y ya en tiempos históricos, como el caso del dodo (extinguido en las Islas Mauricio por los “conquistadores” europeos ya que era un ave que no volaba, bastante torpona y de un buen tamaño para comer) tenemos magníficos grabados del siglo XVII que nos ilustran con precisión sobre su aspecto. Pero del lobo marsupial, tenemos emocionantes películas que nos permiten ver exactamente cómo eran, cómo se movían, cómo nos miraban. Y nos producen un desasosiego, un sentimiento de culpa colectiva y una desesperanza en nuestra civilización que nos deja desarmados. El 7 de septiembre de 1936 moría en el zoológico de Tasmania el último lobo marsupial conocido, dos meses después de haber sido protegido oficialmente por el gobierno de la isla. Nunca más nadie ha vuelto a ver ninguno.
http://www.naturalworlds.org/thylacine/captivity/films/films.htm
Eduardo Sáez Maldonado

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