“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, nos decía hace tiempo Pablo Neruda. La verdad es que el tiempo nos pasa, nos sobrepasa y nos pasa factura. El tiempo, a pesar de no ser nuestro y también por serlo, no es el mismo: cada año es cada año. No hay dos años iguales. Cada año “tiene su afán” en contra de cualquier rutina. El darwinismo parece ser que se ha cebado con nosotros y ha hecho evolucionar hasta al mismo tiempo. No hay que ir muy lejos para ser espectadores del evolucionismo, del camaleonismo, de la capacidad de adaptación de todo bicho viviente y de toda idea que se tercie, incluso desde el Cuaternario para acá. La Naturaleza se ha hecho consciente, pero algunas veces parece que los seres humanos hacen caso omiso a su parte alícuota de conciencia y por ello sus argumentos y sus propuestas parecen harto inconscientes. |
Podemos ver cómo se pide al Gobierno que se deje, de una vez por todas, la maldita costumbre de que los padres y tutores del alumnado tengan que pedir todos los años que sus hijos den clase de Religión. Por tanto, con que la soliciten el primer año, ya basta. No sabemos si esto viene dado, porque, al adelantar la edad de la Primera Comunión, se pierde un curso de seguir pidiendo la clase de Religión, y es mejor que la inercia mande y dirija los pasos de los que la eligieron la primera vez. Nos sorprende esta petición al gobierno, porque, como se dice: “para poca salud, ninguna”, lo suyo sería no solicitar la clase de Religión ni una sola vez (hemos tenido en clase alumnos que no daban clase de Religión, aunque después sí hicieron la Primera Comunión) y que la Religión y la familia se responsabilizaran por sí mismas de instruir a sus afiliados con sus propios medios y recursos, no sea que de tanto dar facilidades se tengan que ir cerrando templos, sinagogas o mezquitas. También nos sorprende que pueda ir esta solicitud en contra de todas las fatigas y trabajos de San Pablo por la conversión de los gentiles. Una vez puestos, que cada uno tire para adelante con la religión (o no religión) que le haya caído en suerte. Nos sorprende mucho más, si comparamos el argumento de no tener que manifestar las creencias cada año, cuando cada año, sí, cada año, se despliega una publicidad que pide a los fieles, sean practicantes o no, creyentes o no, ya que se hace por medios de comunicación laicos, que pongan la crucecita o la equis en la declaración de la renta en una casilla determinada. Nos sorprende aún más, cuando los criterios emanados del Ministerio de Educación Wert nos proponen unas pautas de consideración de un conocimiento suficiente en un 6.5 ó en un 5.5 (con las rebajas) para poder acceder a una beca. Nos sorprende, porque todos aquellos que en Religión no consigan esa calificación, tendrán la desdicha de ser descalificados y no conseguirán una beca de vida eterna. De camino se tendrán que dedicar a otra cosa, lo que no resultaría muy agradable para algunas jerarquías. Y todo esto porque, además, se confunde calificación con cuantificación. Nos sorprende que después de tantos siglos de adaptación de las religiones a la continua evolución de la historia humana, se prefiera no permitir, con generosidad, que la humanidad siga el proceso y sea ahora convocada a una involución, que sólo responde a intereses, que se nos antojan que son bastante materialistas. Cada año es cada año, pero siempre será nuestro mérito reconocernos a pesar de los cambios y no por la foto fija a que nos quieren someter con la muy discutida nueva Ley de Educación, que parece una réplica del antiguo “Santiago y cierra España”.
Josemª
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