En estos 11 años que estoy lejos de Uruguay todavía no me decido. No sé si quiero ser extranjero o inmigrante, o las dos cosas a la vez. En realidad, sé que soy ambas cosas: extranjero, porque nací en otra parte, e inmigrante porque, siendo de otra parte, me quedé a vivir aquí. Supuestamente, esa es la única diferencia: un inmigrante es un extranjero que, en vez de volver a su casa con unos cuantos souvenirs en la maleta, elige afincarse en un país que no es el suyo. Pero claro, una cosa es el diccionario y otra cosa la vida diaria, que va por donde le da la gana y se salta las reglas que quiere.
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En este lado del mundo se habla mucho de la inmigración, una palabra que casi siempre aparece en los medios con guarnición peyorativa. El menú suele ofrecer raciones de “problema”, “pobreza”, o “delincuencia”, y algunas veces también trae algo de “desesperación”, “suciedad”, “hambre” y “tercermundismo”. Es una carta de lo más completa donde los países pobres nunca están en vías de desarrollo, como nos enseñaban a nosotros en la escuela cuando trataban de explicarnos lo que era una balanza comercial. En esta carta (que bien podría ser de intenciones), los países pobres siempre son subdesarrollados. Además, los africanos no desembarcan en las costas de Canarias o del estrecho; lo que provocan es una avalancha o una oleada de pateras, esos barquitos diminutos y endebles como la cáscara de una nuez en los que navegan jugándose la vida. El uso del lenguaje resulta a veces perverso. Con lo que acabo de decir, es evidente que la palabra “inmigrante” ha adquirido una connotación negativa, que es casi como un insulto. El rótulo de inmigrante se reserva para “esta gente”, la pobre, mientras que la etiqueta de extranjero es una cosa distinta. Extranjero es un alemán, un inglés o cualquier nórdico europeo, ya sea turista o residente en España, algo que se da con frecuencia en las provincias del sur, donde hay buen clima y auténticos barrios con colegios y con bares tipo injertos culturales. Digo barrios, sí, que los guetos son para los chinos.
Lógicamente, aquí en el periódico hay discusiones entre los propios españoles, que se acusan o se avergüenzan de la xenofobia y el racismo, de la intolerancia o de la falta de buena voluntad. Quiero decir, hay autocrítica y una cierta consciencia colectiva de que por esta senda no se llega a ningún sitio. Y sí, es evidente que todavía queda mucho por andar, pero al menos se lo plantean. No recuerdo que en Uruguay discutiéramos sobre este tipo de cosas, porque aún no hemos tenido la ocasión de demostrarlo.
¿Quizas alguien escuchó decir que Uruguay fue “la Suiza de América” y que todavía hoy somos distintos a los demás sudamericanos? ¿Quién no vió a alguien jactarse de ser más español que inmigrante, o actuar diferente ante un inglés o ante un peruano que toca la quena en el autobus? Francamente, no creo que los españoles sean xenófobos o racistas porque si uno lo piensa con detenimiento no molestan los extranjeros o la gente de otras raza. Lo que si joroba es que sean pobres. Da igual si la carencia es material o intelectual; los que tienen menos afean el paisaje, no son lindos de ver y si son de otro país, no son bienvenidos. Sobran. Eso no es racismo ni es xenofobia. Se llama peniafobia y es el miedo a la pobreza. Lo demás es una degeneración del lenguaje que deberíamos corregir cuanto antes.
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