Nos podemos encontrar, en un gran supermercado, una mujer con una licenciatura en Filología Inglesa, que trabaja en la sección de carnicería, y que quizá está trabajando allí, por si se tiene que enfrentar a una partida de carne de “vacas locas”, que nos viene del extranjero. Puede ser que hablemos con un guardabosques, que tiene terminados sus estudios de Ingeniero de Montes, que, además de estar trabajando en precario, no está seguro de tener ni siquiera un trabajo fijo-discontinuo. Incluso puede ser un experto en hacer hoyos, preparar drenajes, construir alcorques y proyectar cortafuegos, pero sus conocimientos se consideran prescindibles en cualquier momento, porque hay que ahorrar, aunque el bosque termine calcinado cualquier día. No nos extrañamos ya, si una licenciada en Psicología trabaja en el ambigú de unos multicines, porque posiblemente está mejor preparada que nadie para atender el síndrome de estrés postraumático de las palomitas de maíz. Sabemos de un radiólogo que está alicatando cocinas y cuartos de baño con un familiar que se dedica a reformar casas antiguas, porque la burbuja inmobiliaria les ha ofrecido, mire como se mire y sin pantallas, una alternativa que necesita de mucha vista y mucho ojo clínico. Conocemos, en esta España de las grandes oportunidades, maestras con una especialidad por lo menos, que están contratadas en Escuelas Infantiles y donde la dirección se permite el lujo de estar en manos de alguien que, parece ser, tiene, como mucho, un FP II, y que, cuando entra en las aulas, deja a los infantes petrificados, ya que lo hace como un elefante en una cacharrería, cargándose cualquier actividad adecuada que se esté desarrollando. Así, seguro que el éxito laboral justifica el escolar. Somos muy conscientes (porque los conocimientos nos llevan a la reflexión) de que hay personas muy consideradas en la alta política, que apenas necesitan dotes para hablar en público y ni siquiera para desarrollar argumentos, que, además, se nota que son construidos y prestados por algún asesor que está ganando el doble que un profesor. Hay tanto talento “superaprovechado” en el país, que la gente se atreve a dudar si el título universitario que ostenta ha sido fruto de un irreprochable esfuerzo. Los consejeros de muchas entidades, que además están ganando una pasta gansa (que está a juego con su actividad) tampoco necesitan, en principio, una gran preparación para desarrollar su cometido de convidados de piedra. “Menos da una piedra”, suele decir el pueblo, pero sabemos que con piedras se pueden levantar obras faraónicas. Está claro que no importan ni la preparación ni los conocimientos, sino “los conocimientos”, que dada nuestra experiencia, son los que han dado “maravillosas resoluciones digitales” en nuestra babeante dedocracia. Hemos podido constatar que también nos sobran idiomas, porque sabemos que se puede ser analfabeto funcional en varios idiomas, por las perlas de pensamientos que algunos nos regalan al pueblo. Hay éxito para arreglar tanto “rotos como descosidos”. Nuestra letanía podría seguir casi hasta el infinito, como ya nos dijo Einstein al referirse al universo y a la estupidez humana; pero con estos botones de muestra, que todavía “lo tienen todo abrochado y muy bien abrochado”, nos basta por hoy. Mañana será otro día; pero nos gustaría respirar una atmósfera menos viciada y disponer de gargantas más despejadas, con más éxito ético y escolar. Josemª |