Cuando mis hijos me dicen: “papá, frío”, junto a un fingido temblor y estrechamiento de hombros, a mí lo que me entra es miedo, mientras corro a encender una estufa. Pienso en los desahuciados, en las chabolas, en todos los niños del mundo que estarán pasando frío de verdad en ese mismo momento. Pienso en mis propios hijos, en otras-peores- circunstancias, en la incertidumbre ante el futuro. |
Pienso en la intemperie de la vuelta de la esquina; esa que tan bien describe Joan Margarit, cuando las madres, viudas de la posguerra y la sinrazón, dejaban a sus hijos en terribles Casas de Misericordia porque “peor era la intemperie”; siempre es peor la intemperie. Y miro a mis hijos con los ojos clavados en la pantalla, veo la estufa y su calor alejarse de los viejos hospicios que imagino de ladrillo visto, que sueño con la imagen de las fábricas derruidas, fábricas de miseria, de cunas desportilladas en fila, de frialdad en duchas colectivas; imagino el griterío domesticado, el silencio grave, la disciplina casi militar segando sueños, las ollas grandes, los alimentos infames “para colectividades”. Recuerdo a Juan José Millas cuando afirma que “el frío que se pasa de niño ya no te abandona nunca”, se aloja, anida en los huesos. Vuelvo a mirar a mis hijos. Cierro los ojos para aligerar el alma y me sumerjo en la rutina, como una ballena que salió un momento a respirar; al igual que ellas, en un mundo tenemos nuestra vida, pero el aire que nos mantiene, está en otro.
Diego Navajas. Movimiento 15M |