Por: Walter E. Pimienta Jiménez.
A los poetas: Fermín Molina V. y Ángel Alfonso Molina M. Era Viernes Santo y el cielo de Juan de Acosta, de pronto se volvió gris. El gris, desde niño, me enseñó mi mamá, es ese color de ropa conque las mujeres de antes guardaban luto de consideración, y por algunos días, a una persona fallecida amiga o conocida. El gris, desde entonces, ha sido siempre para mí, más que un color, un sentimiento denso, oscuro y al que siempre relaciono con la Semana Santa y con sombríos celajes y cúmulos, niebla y humo… Sin que nadie lo esperara, de súbito, comenzaron caer algunas escandalosas y repentinas gotas de lluvia que golpetean en el suelo como tacones; el invierno en su intento de inicio, desafiaba al intenso verano y el paisaje oía el clamor de los árboles pidiendo siquiera un chaparrón. |
De los tejados de las casas, débiles chorros de agua al alcance de la mano arrastraban consigo las polvaredas de marzo. -No te bañes con el primer aguacero del año – me advirtió mi madre- es Viernes Santo, lo que llueve es la sangre de Cristo y si lo haces, te dará fiebre y dolores musculares. Breve y queriendo ser enérgico, por el poniente, salió el sol y, entonces, la tarde tomó unos colores vibrantes. -¡Fueje! Se está casando una viuda vieja - le oigo decir. Era como si todo Juan de Acosta estuviera vacío. No había nadie por sus calles… Ver llover con sol no es más que darnos cuenta que llora el hielo que quiere ser diamante… Mi abuelo Ismael, cansado de viejo y de estar cansado, se sentó en taburete que recostó a la pared. - A mija –le dijo a mi mamá- El Sermón de las Siete Palabras, estará bañado por un cielo que amenaza con romperse a llorar y resultarán bañadas y rezadas las palabras del sacerdote y del poeta. En esa Semana Santa, como en otras, me lo habían prohibido todo. Debajo del árbol de acacia estaba inmóvil y olvidado el último columpio que mi herma Cristina y yo hicimos. Lo veía melancólico y triste… carecía de niños y de risas a los que tenía que hacer felices. -Si te caes de él, te fracturas un brazo… Recuerda, es Semana Santa… época del misterio pascual- volvió a decirme mi madre y me quedé sin entender nada… El sol, coqueto, no quería dejarse vencer por la lluvia; la lluvia, sin ser fuerte, no se hacía ausente. De la cocina salía un olor a dulce de papaya y en la radio dramatizaban el momento del juicio… ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Se escuchaba sin sosiego. Hablaba Pilato y todo seguía igual en contra de Jesús… ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Se volvió a escuchar. Yo no seguía muy atento el dramatizado; me interesaba más el caldero de dulce que mi mamá había guardado en la alacena. - Ni lo pienses. Hay que darle a todos, incluso a los vecinos, me recriminó como si hubiese adivinado mi intensión… ¡A Barrabás! ¡A Barrabás! Gritaban en la radio… Y el sol ahí y la tenue lluvia ahí. Sin aviso, como si el tiempo se detuviera para dar paso a lo eterno, dejó de llover y las inoportunas gotas se fueron buscando otras montañas. Era Viernes Santo y ahora, de la mamo de mí abuelo y de mí madre camino en la procesión del Vía Crucis, muchas personas van descalzas, otras dan dos pasos hacia adelante y enseguida uno hacia atrás: pagan una manda. No sabía qué era eso. Las mujeres llevaban ropa negra. Algunos hombres cargan rústicas cruces. Todo olía a incienso. La banda de músicos del pueblo tocaba la más triste de las marchas luctuosas y ahora tenía más claro por qué estaba allí. -Vamos a agradecer a Dios lo bueno y hermoso que la vida nos ha brindado- me dijo mi madre Ahora entendía por qué estaba allí, en medio de una muchedumbre con cara de abandono; pero no comprendía por qué lo mataron. El Vía Crucis tomó una calle lateral y estrecha que conducía a una elevada colina. Allí el pueblo se acababa con sus casas dispersas. A la luz de las velas que todos portábamos, una sombra difusa en la penumbra se paró en frente. No era el padre Robles, era otra persona. La marcha y la música se detuvieron. -Va a hablar el poeta, escúchalo- me dijo mi abuelo. Al poeta, le tiemblan las manos. Gruesas lágrimas corrían por su rostro. Le temblaban las manos. Llegué a pensar que no se sabía la poesía porque estaba allí callado, perdidas las coordenadas de su existencia. Las gentes se miraban unas a otras y por sus mentes cruzaban las mismas ideas. La cara del poeta se llenó de un arrepentimiento profundo y estremecedor y, sin más, haciendo a un lado lo funesto y sombrío del momento, con una potente voz que le salía del corazón, dijo:
 Época fue de sórdidas pasiones El pueblo estaba de rencor henchido Y el Gólgota en sombras convertido, De sus cruces colgaban tres ladrones.
De un lado, y en rabiosas contorsiones, Se agitaba un ratero empedernido, Y en el otro un ladrón arrepentido, Y en medio, un robador de corazones...
De luto se cubrió la vasta esfera; Gestas, el malo se retuerce y gime; Dimas, el bueno en su tortura espera.
Y el otro el de la luenga cabellera, Que sufre, que perdona y que redime, Se robó al fin, la humanidad entera. -¿Lo entendiste, hijo? ¿Entendiste lo que dijo el poeta? Lo que recitó expresó la teoría del puro amor a Dios- escuché que una señora cercana a nosotros le explicaba a su pequeño hijo. -¿Quiénes eran Gestas y Dimas? –le pregunté a mi mamá. -Los ladrones: Gestas, el castigo eterno, el infierno. Y Dimas, la necesidad de un premio igualmente eterno, el cielo- me respondió EPILOGO Nunca sabrá qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanizarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres. Walter53pimienta@hotmail.com |