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Tu diario. Libertad de expresion

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Ya no cuela
Diego Porras Romero. 19.02.13 
Cuando no se arregla un problema, sino todo lo contrario, los implicados en el mismo se empecinan en persistir en los errores, éste se agranda y sigue hasta convertirse en un monstruo que se devora a sí mismo. Tal es el caso del cine español, sobre cuya financiación, surgen suspicacias hasta entre sus propios integrantes. Ya se sabe, cuando la carne escasea, o se presume que va a hacerlo, las hienas se pelean. Que siga existiendo subvención pública para el “glorioso cine español” con los recortes que ha habido en partidas de interés social tan importantes como la sanidad, la educación, la investigación etc. es difícil de mantener y más de justificar, porque eso de que el arte, amén de lo que se entienda por arte, no tiene precio, ya no cuela.

Se habla de problemas de distribución, de mala publicidad e imagen, de que hay que aplicar criterios de gestión más mercantilistas, incluso, para mi asombro, dadas las constantes críticas que desde el sector, permanente y enconadamente, se han vertido, se apela a Hollywood como ejemplo a seguir,- y eso que, desde hace años, no está pasando precisamente por sus mejores momentos-, aunque sea parcialmente, para el cine español. Todo ello, desde el punto de vista de este humilde, pero gran aficionado al séptimo arte, no es más que otro intento de seguir “mareando al perdiz” para continuar en candelero sin querer afrontar realmente el problema.

Partiendo de la base de que hay excelentes profesionales en el ramo -cada vez menos, por desgracia y por el inexorable paso del tiempo-, la realidad, puede que excesivamente simple pero no menos cruda, es que el cine español es malo, especialmente en lo que a actores y actrices se refiere. Es cierto que el aspecto de los guiones, y también en alguna medida la dirección, han mejorado algo gracias a suaves-no fuera que alguien se molestara- pero constantes críticas de reconocidos profesionales, y van desapareciendo los llamados “cuatro pilares”, a saber: la guerra civil, la prostitución, la drogadicción y la homosexualidad. Por fin se van dando cuenta de que en la vida, real o ficticia, hay algo más, y de que todo en exceso cansa. No obstante, se sigue abusando de un intimismo existencialista y de un toque psicológico, al más puro estilo argentino, que hacen insufribles la mayoría de las películas españolas.

Pero lo de la actuación, es decir, actores y actrices, poco o nada ha mejorado, y aunque en cada película suele haber alguno que destaca por su bien hacer, un jugador solo no puede hacer el equipo ni cargar con toda la responsabilidad a sus espaldas. Todo artista tiene que nacer y hacerse. Si falla uno de los dos aspectos, malo; pero si lo hacen los dos, horroroso. Y ese es el caso, insisto, en la mayoría de los mentados. Se les ve, pero no saben estar, no transmiten nada, mucho menos credibilidad; son monocordes, inexpresivos, incluso se les nota nerviosos y fuera de lugar delante de la cámara, no así en cualquier “fiestorro”; porque para realizar un buen trabajo, hay que tener el don, pero también hay que emplear un esfuerzo en formación y dedicación que ellos ni han hecho ni hacen. Pero eso sí, de soberbia y prepotencia están bien servidos. Pensemos en una entrevista a cualquiera de ellos: adoptan unas posturas y poses que cuando terminan yo creo que necesitan la atención de un fisioterapeuta; estética muy al uso, muy de ellos, se supone que para afianzar su personalidad y su expresividad, dando a entender que siempre están por encima de convencionalismos, cuando la realidad es que han estado horas delante del espejo cuidando la posición de cada pelo y de cada hilo; gesticulación exagerada y fuera de lugar; risa sardónica y una sabiduría que para sí quisieran los siete sabios de Grecia, porque lo mismo sentencian sobre lógica aristotélica que sobre física cuántica, y no digamos ya sobre macro y micro economía, pero “de penita”, da vergüenza propia y ajena (demuestran lo que es obvio: que la mayoría tiene la ESO, y porque en este país se regala. Que nadie piense que están ahí tras haber superado arduas pruebas y largos años de formación, porque no es así. Llega antes, se mantiene y sube más alto el que más y mejor monta el espectáculo y se hace notar); Todo ello aderezado con una abundante dosis de supuesta lección moral sobre cómo vivir y pensar que, naturalmente, es como ellos lo hacen. Por supuesto, Hollywood es el anti-cine, el mercantilismo llevado a su cenit; fíjense a que grado llega, que cuando una película no obtiene beneficios, las pérdidas recaen sobre los productores y realizadores de la misma y no sobre el erario público; claro, así, teniendo que estar pendiente del vil metal, no se puede realizar buen cine, no pueden salir a flote los sentimientos y la emotividad más profundos – eso manifiestan ellos-. Con decir que, hasta hace poco, el mismísimo John Ford era bueno, “pero tampoco para tanto”, está todo dicho, aunque hay que reconocer que, en algunos sectores, parece que se está imponiendo la cordura, y ya hay quien le llama Maestro. Ahora bien, cuando se trata de ir a “la meca del cine”, todos pierden lo que haya que perder, y no digamos ya por asistir, aunque sea como meros invitados, a la entrega de los Óscar – ceremonia execrable donde las haya, hasta hace bien poco-, al igual que por hacer “denostados” anuncios publicitarios de lo que sea y cómo sea.

Y todo me parece muy bien; en principio no tengo nada que objetar a la labor de cada cual –con no ir a ver este tipo de cine lo tengo solucionado, yo y la mayoría de los aficionados-, pero el problema radica en que a mí, y a esa mayoría, nos está costando el dinero el ansia artística de esos pocos, y no quiero pensar que los interesados en mantener esa situación la van a justificar con aquello de que: la cultura es sólo para una minoría, entre otros motivos porque en el caso que nos ocupa, los que estamos pagando, obligados eso sí, con nuestros impuestos, somos una gran mayoría.

El resumen es que el cine español es rematada y objetivamente malo. Tanto que, para existir, le son imprescindibles las subvenciones establecidas por ley, la cual también obliga a los distribuidores a exhibir en sus salas un determinado número de películas españolas y, aún así, algunos se decantan por pagar las correspondientes multas antes que exhibirlas. Pero si hasta la misma gala de los Goya está subvencionada porque de lo contrario no se podría realizar la ceremonia en la que ellos mismos se auto-entregan sus “preciados galardones”, eso sí, exigiendo, no opinando, o sugiriendo, no, exigiendo con un halo intenso de lección ética y moral, que impere la justicia y la solidaridad, y ya de camino, que no se corte el grifo del dinero para el cine español que, y esto ya es el colmo, debería ser considerado como bien de interés cultural.

La solución es obvia: para lo bueno y lo malo, los autores, guionistas, directores, actores, actrices y todo el elenco de partícipes en la realización de un film, deben ser los responsables del mismo, y si hay dinero ganan, y si no, pierden, como cualquier negocio. Partiendo de esa premisa, yo veo perfecto que hagan lo que quieran, incluidas todas las “operas primas” que les vengan en ganas. El público es el que debe mandar y no lo “políticamente correcto” por muchos votos que dé, que tampoco serán tantos, supongo; y el público es el que, en cada momento, debe decidir lo que es buen o mal arte, sobre todo cuando el dinero para la realización de ese arte sale del público

Diego Porras Romero

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