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Calumnia, amnistía e impunidad
Jose Maria Barrionuevo Gil. 26.01.13 
Los discursos, casi insultantes e insultantes, que no cesan, se esparcen como la lluvia. Sin embargo no son obras del cambio climático político, sino de rutinas concienzudamente adquiridas en años de oposición y que se crecen, paradójicamente, en tiempos de poder, que arrecian contra todos, seamos trabajadores, funcionarios, profesionales, pensionistas. Todos tenemos que sentirnos culpables, cuando, en realidad, no somos más que víctimas.
Cuando el poder generaliza y nos ofende a todos, parece que está en su derecho; pero cuando los demás, por seguir su  ejemplo y su modelo,  lo hacen, en seguida se les llama al orden.
 Parece ser que el poder absoluto les da patente de corso para hacer y deshacer, para hacer el bien y el mal, con la salvedad de que el bien lo hacen mal y el mal lo hacen bien. Obviamos las penurias y miserias políticas de estos días, que no son más que la punta de un  ignorado iceberg.
 Quieren conseguir a toda costa y coste que la gente se quite de la calle y se quede en sus casas, si es que no la han desahuciado, y se apretuje donde pueda, debido además a lo que todo el mundo dice: “Con la que está cayendo”.
 Ya está claro que el poder calumnia, siguiendo el proverbial precepto de “Calumnia, que algo queda”. El poder calumnia antes, durante y después de haber ejercido. Y todo porque la calumnia es barata y cómoda. No va al juzgado, va a los medios de comunicación, o incluso los medios se le ofrecen, y a esperar los efectos oportunísimos que le benefician.
 Lo que no sabemos es a dónde va a llegar la costumbre de calumniar, precisamente ahora que nos han puesto tasas para llegarse por los juzgados.
 “Si te vi, no me acuerdo”, nos resulta una salida fácil para los que nos montan las calumnias. “No me consta”, puede parecernos una estrategia cómoda de quienes se quedan en los discursos, pues, como no hay papeles, además nos impiden ir a los juzgados. Está claro que la escritura nos ayuda para cuando se nos afloja la memoria, sin embargo la amnesia le sirve al poder de coartada para salir del paso. Está claro que si no registra ni codifica ni almacena los hechos, queda libre del procesamiento de esa memoria y no puede evocar nada. Por tanto no puede ejercer el beneficio de la memoria de recuerdo ni de la memoria de reconocimiento. No digamos, si amaña las artimañas de manera que sean fácilmente ignoradas por la ciudadanía, que sería la que le resfrescara la pérdida de memoria al poder. La amnistía y su cómplice la amnesia campean (4 “M” intercaladas) por el solar patrio, porque el patio de nuestra casa patria ya es particular, ya es su cortijo, el cortijo del poder. El solar patrio y el patio han sido ya privatizados. El bien común ha sido convertido en un coto. Como “no hay dos sin tres”, nos encontramos con un correlato técnico, ya que no natural, que conduce inexorablemente a la impunidad, a la descarada libertad de cargas y cargos legales. No nos consta que “todo el que la hace la paga”. Las “velas” se las puede llevar el viento bribón. Podemos concluir que la Justicia queda como la “chata”, pero a todos nos huele muy mal la “M” intercalada que constituye el armazón nominal de estas tres palabras, que deberían contar con el máximo respeto de los padres de la patria. Las medidas de gracia, como los indultos, no nos hacen la menor gracia, porque nos suenan a insultos.
  El renacentista  y noble “carpe diem”, que va de Horacio a Garcilaso, queda ultrajado por su popular y plebeyo “coge el dinero y corre”. Dice un primo nuestro que “no ha habido cambio climático político, que seguimos tan helados y congelados como siempre”. Nuestro primo nos ha hecho una previsión: “que estamos a pique de un repique,  de que la ventisca nos pueda  rachear el ánimo, el alma y la vida en común”. Y como nos decía nuestro magnífico caballero español Garcilaso de la Vega en versos premonitorios: “Marchitará la rosa el viento helado, todo lo mudará la edad ligera, por no hacer mudanza en su costumbre”.
Josemª.
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