Según nos dicen, suponemos que los de siempre, y poniendo en valor la redundancia, “siempre ha habido clases”. El conformismo atroz, mucho más que audaz, por supuesto, no ha dejado de hacer balance de la “voz de su amo”. Parece ser que todo el mundo se cree lo que le digan. Si le dicen “blanco”, pues será blanco; si le dicen “negro”, pues será negro. Si echamos una ojeada a la historia, no siempre nuestros antecesores se comportaron de la misma manera ni se organizaron solamente en distintas clases. Si echamos otra ojeada a nuestro alrededor, tampoco podemos asegurar que en todos los rincones de la Tierra hay una sola manera de organizarse, o sea, por clases. Antes y ahora se han dado distintas formas jerárquicas y asimétricas de organización: clases, castas,...y también distintas formas horizontales, igualitarias, de convivir. No nos detenemos ahora en si unas u otras formas son más adecuadas para la supervivencia o para la sola subsistencia, porque sería un tema interesante por sí solo. |
Hoy, a la luz y, ¿por qué no?, a la sombra de los acontecimientos, no podemos dejar que nuestro pensamiento se vuelva vago, ocioso, inútil, estéril, inválido, en una palabra: “parado”, en un éxtasis perverso de alienación que nos invada todo el cuerpo. Nuestro pensamiento se ha dado de bruces con la realidad más lamentable de la famosa “unidad de destino en lo universal”, y se ha hecho provinciano. Nuestro pensamiento se ha doblegado demasiado a las interpretaciones vicarias de la realidad, que solamente sirven al administrador, el gobierno, que se ha apropiado el titulo cesarista de amo. De un amo que no nos ama, que no se sincera con nosotros, que robó la voluntad popular con mentiras y, como no sabe trabajar de otra manera, con las mentiras nos gobierna intentando por todos los medios (“Mass Media”) que “le sigamos la corriente” lo mismo que nos cantaba la canción de “María Cristina”. Pero en todo este insolente panorama de ocultación de las verdades, de creación de opinión doctrinariamente dirigida, lo que nos ha molestado más es que, en esta descarada sociedad de clases, se hayan podido traspasar las líneas rojas. Se ha ido un poco lejos, como mínimo, al no tener en consideración o haber olvidado el mandato constitucional de que “todos los españoles son iguales ante la ley”. Nos hemos dado cuenta de que podría ser un cuento, una fantasía, ese mandato. Hemos sido testigos de una discriminación que diríamos clasista. Ante la oleada de suicidios por desahucios, no nos podemos quedar quietos. Nos tenemos que incorporar para dar movimiento, por lo menos, a nuestros pensamientos. Ahora si que es tiempo de reflexión. Nos parece que se nos ha dejado ver que no todos los “desahucidios” son iguales, que uno solo puede valer por un montón, como si estuviéramos jugando a los botones, que, dicho sea de paso, nos pueden servir para preservarnos del frío o liberarnos de un ahogo. La verdad es que se nos ha agarrado a la garganta la helada diferencia del tratamiento de los “desahucidios”. Nos hemos quedado casi sin voz al comprobar que en esta sociedad hasta hay clases de “desahucidios” y, cómo no, “desahucidios” de clase. No han tenido la misma consideración ni resonancia social, sin ir más lejos, el de “La Chana” y los de la provincia de Málaga, incluidos los dos “a lo bonzo”, que el de Bilbao. Pero es peor aún, en este mundo de la comunicación y el conocimiento, la ignorancia en la que estamos de otros muchos casos. Para todos es demasiado fuerte la contemplación de este espectáculo, que añade indignación sobre indignación. Puede ser que pensáramos que nunca íbamos a llegar tan lejos ni tan pronto, y además con este coste tan alto, del que nadie, ningún administrador, ningún gobierno, nos pone boca arriba las facturas, “como Dios manda”.
Josemª
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