El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cita la libertad de movimiento en la que cada persona es independiente para trasladarse de un país a otro y regresar al propio cuando así lo decida. Sin embargo, esta legislación dicta mucho de la realidad social y de las políticas que los Estados aplican para quienes la inmigración, guste o no, sigue siendo entendida como un obstáculo a los ojos de los países de acogida.Esta perspectiva negativa se agrava aún más cuando la situación económica es precaria, como ocurre en la actualidad, en la que aquellas personas que en su momento fueron claves para el desarrollo del país ahora quedan relegadas a simples muñecos de trapo. |
Parecemos tener memoria a corto plazo cuando se trata de recordar que todas esas personas se ocupaban del trabajo que los nativos desprestigiábamos o cuando las cifras de envejecimiento de nuestro país se frenaron por la entrada de inmigrantes. Resulta mucho más sencillo disfrazar nuestra discriminación con justificaciones banales como la incompatibilidad de culturas, el robo de empleo o los costosos sistemas de protección social. Si posáramos un poco de sensibilidad y empatía sobre la mesa, nos daríamos cuenta que todos aquellos inmigrantes que aceptan entrar en países desconocidos se encuentran con un panorama mucho más desolador del que se habían figurado, y que aún así siguen dando gracias ya que por negativa que sea la situación siempre será mejor que de la que proceden
Por lo que, independientemente del idioma, de las costumbres o la nacionalidad, todos somos personas, y ese debería ser el único requisito a exigir para poder cruzar fronteras. |