¿Y yo aquí, intentando avanzar en una tradición espiritual cuyas raices están en un pasado remoto, lejos de todos los desafíos del momento presente? Junto a F. al que llamo mi maestro aunque empiece a tener dudas al respecto, camino hacia el roble sagrado, que lleva ahí más de quinientos años, contemplando impasible las agonías humanas; su única preocupación es entregar las hojas en invierno y volver a recuperarlas en primavera. Ya no soporto escribir sobre mi relación con F. mi guía en la Tradición. Tengo decenas de diarios llenos de anotaciones de nuestras conversaciones, que nunca releo. Desde que lo conocí en Alhaurín 1982 aprendí y desaprendí a vivir un centenar de veces. Cuando F. me enseña algo nuevo, pienso que tal vez sea ése el paso definitivo para llegar a la cima de la montaña, la nota que justifica toda la sinfonía, la palabra que resume el libro. Paso por un período de euforia, que poco a poco va desapareciendo. Algunas cosas quedan siempre, pero la mayoría de los ejercicios, de las prácticas, de las enseñanzas acaban desapareciendo en un agujero negro. O, al menos, eso parece.
El suelo está mojado, imagino que mis zapatillas deportivas, meticulosamente lavadas hace dos días, estarán otra vez llenas de barro cuando dé alginos pasos más, a pesar del cuidado que pueda tener. Mi búsqueda de sabiduría, paz de espíritu y conciencia de las realidades visible e invisible se ha convertido en una rutina que ya no da resultado. Cuando tenía veintidós años, empecé a dedicarme al aprendizaje de la educación y el empleo. Pasé por diversos caminos, anduve al borde del abismo durante muchos años, resbalé y caí, desistí y volví. Imaginaba que, cuando llegase a los cincuenta y nueve años, estaríamos en España más cerca del Paraíso, y de la tranquilidad absoluta que creía ver en la sonrisa de política española. Al contrario, parece que estoy más lejos que nunca de cobrar una jubilación mientras mis vecinos rumanos buscan alimentos en los contenedores de basura cerca de mi portal. No estoy en paz, de vez en cuando entro en grandes conflictos conmigo mismo, que pueden durar meses. Y en los momentos en los que me sumerjo en una realidad mágica duran tan sólo unos segundos. Lo suficiente para saber que este otro mundo que me dice R.D. existe, y lo bastante para dejarme frustado por no ser capaz de absorber todo lo que aprendo. Llegamos. Cuando acabe el ritual voy a hablar seriamente con él. Ambos colocamos las manos sobre el tronco del roble sagrado" CAPÍTULO I , "ALEPH" del autor Paulo Coelho, Editorial Planeta, 2011 (texto adaptado) |