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La mayoría silenciosa | | Jose Maria Barrionuevo Gil. 06.10.12 | | Siempre estamos haciendo trajes a medida con el paño de algunos refranes. En estos días se pone en las ondas y se distribuye entre la opinión pública el conocido refrán “Quien calla, otorga”. Quizá no hayamos llegado al núcleo del tema, que en su raíz se refiere, como no puede ser de otra manera, a que “quien calla, cuando tiene que hablar, otorga”, porque le faltan argumentos o ganas de argumentar. Y además, siempre que se permita la audiencia del que se encuentra en la situación de tener que decir algo. Cosa muy distinta es, cuando se hace una convocatoria de manifestación, el que el pueblo se una a ella o no. Como vemos, son escenarios bastante distintos. Lo mismo que es distinto el que la policía cobre horas extras y los manifestantes palos extras. | Tampoco estamos ante un caso de silencio administrativo, porque la ciudadanía en este caso está por encima de la administración. El administrador del reino no se puede arrogar haber conseguido ningún tipo de reconocimiento. No puede hacer una apropiación indebida (una más) de un silencio que no tiene nada de homogéneo, de ese silencio mayor que puede resonar y denunciar, silenciosamente, por defecto, una situación más grave, si cabe, si es el miedo el que ha entrado en barrena en nuestra convivencia democrática, por mor de una dictadura de los mercados. La voz de su amo (los mercados) hace estragos donde puede y con quien puede, sobre todo, con los poderosos que aprendieron a obedecer sin más, haciendo de la obediencia una adicción (no una virtud) y sin poder criticar ni, lo que es peor, saber lo que quieren decir, amparándose bajo el palio del deber y la responsabilidad. Responsabilidad que toma la acepción más estricta de responder obedeciendo. El celo de la política no debe llegar a apropiarse de todas las voluntades que se mantuvieron a distancia de la manifestación del 25S, distancia mucho menor, en todo caso, que la del señor Presidente y su séquito en tierras de América. La cortina de humo, incluida la del habano, no puede alimentarse con la no participación y el silencio de la mayoría. El que la mayoría de los españoles se quedaran en casa puede estar determinado por un sinnúmero de razones; entre ellas la de estar trabajando, que en la mayoría de los casos no estaban ni siquiera en casa. Es verdad que la mayoría estaba silenciosa, pero estaba atenta, a pesar de que estuviera fumando o no la pipa de la paciencia. Una paciencia que no es la misma para todos los no asistentes a la manifestación. Unos estaban temiendo algún desastre según las videncias y pronósticos de las agoreras personalidades del gobierno. Otros estaban tranquilos y se sentían representados en esa presencia unánime y muy mayoritariamente pacífica. Las guerras de los medios de comunicación eran, a nuestro parecer, incluso más virulentas que los enfrentamientos que presenciamos en directo y que nos sorprendieron a todos con el aliñado de los excesos de la parte que tenía que garantizar el orden. Ya quedan atrás aquellos tiempos escolares de los cincuenta, tiempos de desafíos personales que, bajo el paraguas de la sentencia “nos vemos en la calle”, era la mano de santo para solucionar las diarias diferencias que anunciaban un duelo de titanes. Tiempos después nos quisieron quitar la calle y ahora nos quieren descerrajar el silencio haciéndolo cómplice de una política injusta, que encima permite parlamentar a los privilegiados y se columpia con los sacrificios de la mayoría silenciosa queriéndola hacer cómplice de los desmanes de unos seguros servidores de los mercados. No se quieren dar cuenta nuestros padres de la patria de que sus palabras nos sobran igual que nos vinieron de sobra sus promesas. No se quieren dar cuenta de que se está acabando el tiempo del silencio de esa mayoría que, sin dejar de ser mayoría, se vea en la obligación de tener que gritar.
Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria. |
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