Sabemos que por la ley d`Hondt a un partido le puede costar unos 227.000 votos un diputado, mientras que a otros el coste pasa por 152.000, o 63.000, o 58.000, o 47.000. Ahí es nada, o casi nada, el valor de un voto. En estos numeritos se ve el baile de los votos y la gala (y galería desigual) de los diputados. Está claro que ni los votos son todos iguales ni los diputados, tampoco. No digamos nada de los votos que quedan desahuciados ni de los candidatos posibles que quedan en las afueras del Congreso, sólo con el ilustre consuelo de poder rodearlo, quedan huérfanos, como gamines que se tienen que buscar la vida por las calles y plazas.
Tampoco tenemos en nuestras manos la posibilidad de dejar escaños en blanco con el millón y pico de votos en blanco. Según los votos necesarios para los escaños más costosos, tendríamos tres escaños en blanco actualmente, con el consiguiente ahorro para todos de dinero público. Esto solo se notaría en las arcas o en el arqueo de las cuentas del Estado, ya que ante el absentismo consuetudinario no se percibiría su verdadero pequeño poder.
No queda aquí totalmente definido o enmarcado el tema de los votos, ya que hay votos que no pueden ser contabilizados y son rechazados y desechados.
Quizá la definición dogmática de democracia del señor Ministro tiene su base argumental en la ignorancia de la contrapartida que posee un voto, como adhesión o conformidad con una palabra dada durante la campaña electoral. Por tanto no se puede hacer dejación de lo prometido (que es deuda, según el saber popular, apelativo este que por otra parte desdice del partido que lo ostenta). El voto no se hace a una papeleta, muda con su nómina de candidatos por delante y cándida por detrás, sino que por detrás conlleva tácitamente las voces y promesas de la campaña. Es decir, que el voto además de voto es palabra, es la adhesión a una palabra dada. No se trata de que el voto sea un cheque en blanco, sino que tiene un valor concreto: la palabra electoralmente dada.
El error del señor Ministro está, por tanto, en que ni él mismo sabe el valor que tiene su propio voto. Esto no es grave, porque parece ser que no conlleva ninguna pena (ni necesita una excepcional convocatoria de los antidisturbios), pero es una pena que, con tamaña ignorancia, se pueda llegar a ser Ministro, o sea, administrador de la voluntad popular y también del saber popular, incluida la administración de la justicia. Consideramos que estamos ante una apropiación indebida y que se ha convertido la Democracia en una "participación preferente" más, que deja a la ciudadanía desposeída de sus derechos conseguidos con tantos esfuerzos y trabajos.
La ciudadanía ya ha cumplido con su voto, pero se ha dado cuenta de que su gobierno no ha cumplido con su programa. De hecho, lo único que ha cumplido el señor Presidente, como ha dicho ya alguien, ha sido años. Por tanto: Feliz Cumpleaños, señor Presidente. La ciudadanía le ha regalado la presidencia, pero será cuestión de ver cómo se porta. La ciudadanía espera que el Presidente no le tire el regalo a la cara, ni sea él quien le rompa el juguete o no deje jugar a nadie. La ciudadanía no se conforma solo con ver jugar a unos pocos, que son los privilegiados en esta crisis. La ciudadanía no quiere romper la baraja de la democracia, sino, como proclama la Constitución, coger la baraja, porque es suya y ser ella quien da juego, no quien se queda sin jugar. No se trata de hacer recortes, sino de recuperar la baraja, barajar, cortar y dar cartas a todos para poder seguir jugando todos. No podemos olvidar que las cartas boca arriba no soportarían tantas mentiras: ni de las bocas ni de los de arriba.
Josemª. Maestro de Primer Ciclo de Primaria.
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