EL SÍNDROME HUBRIS:
Fase 1. Una persona normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Tiene un principio de duda sobre su capacidad, pero surge una legión de incondicionales que lo felicitan y empieza a pensar que está ahí por méritos propios; recibe halagos por su belleza, inteligencia y sabiduría.
Fase 2. No le dicen "qué bien lo hace", sino que "menos mal que esta allí para solucionarlo" y, entonces, entra en la idea megalomaníaca, se cree infalible e insustituible. Comienza a realizar planes estratégicos para 20 años, obras faraónicas...
Fase 3. Empiezan a padecer el llamado desarrollo paranoide. Todo el que se opone a él o a sus ideas son enemigos personales, llega a sospechar de todo el que le haga una mínima crítica y a aislarse de la sociedad. Y, así, hasta el cese o pérdida de las elecciones, donde viene el batacazo y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no comprende.
El poder no está en manos del más capaz, pero quien lo ostenta cree que sí y empieza a comportarse de forma narcisista. El hecho de que este síndrome sea tan común en política se debe a que en otros ámbitos es más frecuente que el que esté arriba sea el más capaz, pero en política no es así, porque los ascensos van más ligados a fidelidades.
Como castigo al Hubris está la Nemesis, que devuelve a la persona a la realidad a través de un fracaso.
Al cerrar una emisión de su programa "El juego limpio", el periodista Nelson Castro recomendó a la presidente Cristina Kirchner "que se cuide del Síndrome Hubris. Es una enfermedad del poder que hace estragos". |