El actual alcalde de Alhaurín el Grande, sin ir más lejos, sigue en su puesto con mayoría absoluta a pesar de haber sido condenado por corrupción recientemente, pero parece que espera (él y su partido, el PP) a que la sentencia sea firme. En Alhaurín de la Torre, por su parte, sigue con mayoría absoluta un alcalde, también del PP, que ha hecho lo indecible buscando vericuetos legales parar mantener abiertas las descomunales canteras ilegales a pesar de la sentencia de cierre del TSJA de 2005 y, eso sí, contando con el apoyo incondicional (“cosas veredes, amigo Sancho”) de la Junta de Andalucía. Mientras sigamos dando el poder a personas que han demostrado que su interés no es el bien común sino otros intereses que no podemos más que imaginar, no podrá irnos bien. El foco inicial del incendio fue en Barranco Blanco, una bonita zona objetivo urbanístico desde hace años. Quizá sólo una coincidencia, pero esperemos (más que esperemos, exijamos) que la ley vigente se cumpla y toda la zona quemada quede sin posibilidad de recalificación hasta, por lo menos, el año 2042.
Aunque quizá debería enfocarse el tema de otra manera: desde el punto de vista de la gestión integral del territorio. La alteración del medio que nuestra sociedad hace, está llevando, a medida que crece la población, la demanda de recursos y de espacios, a una ocupación del territorio casi total, de manera que ya no quedan espacios que podamos considerar vírgenes. Esta alteración de la vegetación original transformando los bosques autóctonos en bosques monoespecíficos (muchos de ellos explotados antaño pero abandonados ahora), casas diseminadas por todos lados sin planificación alguna, unido a los turbios intereses que nos rondan la cabeza a todos y a la poca educación cívica y respeto al entorno que caracteriza a nuestra decadente y devastadora civilización, todo ello aderezado con un cambio climático global que no queremos ver y que nos trae veranos calentitos cada vez con más frecuencia e intensidad, tiene como consecuencia, entre otras cosas, estos aterradores incendios.
La Sierra de Mijas se ha librado por los pelos de ver arder sus densos pinares de los dos Alhaurines gracias a que el viento, inicialmente de poniente, roló a levante empujando el fuego hacia el oeste, quemando una valiosa y extensa área natural que, además de su valor intrínseco, es (era) una importante zona de conexión entre las sierras del oeste de Málaga (Sierra Blanca, Sierra de las Nieves) y la Sierra de Mijas con su extensión por el Valle del Guadalhorce y zonas más orientales de Málaga. Es precisamente con el objetivo de preservar estas zonas, de acuerdo con los actuales criterios de protección ambiental que no buscan sólo proteger zonas aisladas sino interconectarlas para permitir el trasiego genético, por lo que Ecologistas en Acción defiende hace ya tiempo un interesante y ambicioso proyecto de Parque Natural que engloba la Sierra de Mijas y toda la zona ahora quemada. La Plataforma en Defensa de la Salud y la Sierra (PDSS), por su parte, apoyó este proyecto y llevó a cabo una acción paralela recogiendo casi 5.000 firmas pidiendo la protección de la Sierra de Mijas como Parque Natural. Ha llegado el momento de tomarnos en serio estas viejas reivindicaciones. No se trata de pedir protecciones totales que impidan toda actividad humana intervencionista, como ocurre en los Parques Nacionales y que debería dejarse, eso sí, para ciertas zonas particularmente sensibles e interesantes (Sierra de las Nieves, Sierra Bermeja), sino usar la figura de Parque Natural que permite, con un adecuado plan de gestión, el desarrollo ordenado de actividades económicas (madera, caza, corcho, miel, agricultura y ganadería ecológicas) potenciando además actividades relacionadas con el disfrute del entorno (turismo rural, senderismo etc.), preservando de grandes impactos las zonas más interesantes ambientalmente, y manteniendo una adecuada red de conexiones y pasillos ecológicos. En una época de crisis, buscar opciones económicas distintas del ladrillo debería ser una prioridad para nuestros representantes, que además deberían abordar desde un punto de vista social (y no bancario) la gestión de las miles de viviendas vacías antes de volver a pensar en nuevas construcciones, que es en lo que parece que piensan. Y es que una sociedad que desprecia los servicios públicos como el de los trabajadores que, heroicamente (aunque no tan aclamados como los jugadores de “La Roja”), arriesgan su vida apagando incendios, premiándolos con disminución de salarios; una sociedad que apoya a los dos partidos políticos que llevan décadas conduciéndonos, lento pero seguro, hacia el abismo; una sociedad que premia a los corruptos; una sociedad que entiende su agonizante entorno natural como un instrumento del que valerse para enriquecerse y vivir mejor, caiga quien caiga, es una sociedad a la que quizá pueda aplicarse la apocalíptica sentencia de San Juan que encabeza este escrito. Quizá aún estemos a tiempo: de nosotros depende. Eduardo Sáez Maldonado
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